DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS
CURSO XXXVIII
“ DEMOCRACIA, GOBERNABILIDAD
y
SOCIEDAD CIVIL :
PERSPECTIVA EN AMERICA LATINA”
REGULO H.
DIAZ VEGA
VENEZUELA
WASHINGTON,
D.C. JUNIO DE 1999.
“DEMOCRACIA, GOBERNABILIDAD Y SOCIEDAD CIVIL PERSPECTIVA EN AMERICA
LATINA”
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L |
os temas
de “Democracia” "Gobernabilidad" y “Sociedad Civil”,
están recibiendo más atención que en años pasados, en general en lo que respecta
a su aplicación al contexto de los procesos de transformación Política,
Económica, Sicosocial y Militar en América Latina, y muy particularmente en el
ámbito del Hemisferio Occidental. Las distintas instancias bilaterales y
multilaterales encargadas de efectuar este complejo proceso incluyen estos
temas en sus agendas, tanto a nivel del análisis del vínculo entre reformas
políticas, económicas, sociales etcétera y eficacia de los gobiernos como a
nivel del diseño de las estrategias y de su instrumentación en el terreno. El
fortalecimiento de la sociedad civil aparece, en ambos niveles, como un
elemento clave para garantizar la "Gobernabilidad" en un marco de
consolidación democrática, y para contribuir en forma determinante al éxito de
las operaciones de ayuda al desarrollo de los países que conforman el Sistema
Interamericano.
En
América Latina, el debate se ha vuelto más intenso debido a las profundas
transformaciones políticas, sociales y económicas que han marcado, en menor o
mayor grado, todos los países de la región en los años 80 y 90, es decir el
restablecimiento o consolidación, según el caso, de los regímenes democráticos,
y el cambio en el paradigma de desarrollo, al abandonar la estrategia de
sustitución de importaciones y adoptar la apertura a la economía globalizada -
todo ello en un período de menos de diez años en muchos de ellos.
Las
reflexiones que se presentan a continuación abarcan dos puntos principales:
En primer
lugar, se exponen brevemente la noción
histórica de la Democracia, el interés general y la gobernabilidad, la
participación popular y la representatividad
En
segundo termino, se exponen brevemente los
elementos básicos de los conceptos de "Gobernabilidad" y
"Sociedad Civil", destacando las vinculaciones entre ellos y con
el contexto de desarrollo integral y consolidación democrática que caracteriza
la agenda de América Latina. (El anexo al presente trabajo contiene elementos
adicionales para una mejor comprensión del tema desde la perspectiva de América
Latina, incluyendo la definición de "gobernabilidad para una democracia
eficiente y participativa" adoptada por la Cumbre Iberoamericana de Jefes
de Estado y de Gobierno de 1996).
1.
El tema en el contexto internacional
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U |
na diversidad
de razones explica por qué los temas de “Democracia” "Gobernabilidad"
o governance (según el término en
inglés) y “Sociedad Civil” están recibiendo una mayor atención en esta década:
entre ellas, la erosión del poder de los Estados, la difusión de las prácticas
democráticas, y los desórdenes causados por el terrorismo, el narcotráfico, la
corrupción, la delincuencia, la pobreza, a lo que se le suman los daños
causados por los fenómenos naturales . Además, la importancia de los temas
objeto de estudio han sido reforzados por el impacto de los avances
tecnológicos en las telecomunicaciones, los medios de comunicación y el
procesamiento de la información, los cuales están cambiando la naturaleza y el
funcionamiento de las democracias representativas.
Los
problemas de Democracia, Gobernabilidad y Sociedad Civil se han intensificado
en los países en desarrollo o mal llamados tercermundistas, debido al agudo
contraste entre el crecimiento de las demandas sociales y la capacidad de los
marcos institucionales - Estado, sector privado y sociedad civil- para
satisfacerlas. La necesidad de consolidar el apoyo político a los procesos de
reforma económica y de contar con mecanismos legítimos y eficaces para la
participación ciudadana también han contribuido a poner en evidencia esos
problemas. Paralelamente, a nivel internacional, en muchas instancias
bilaterales y multilaterales, governance
- es decir la manera cómo se ejercen el poder y la autoridad- surgió como un
aspecto crítico del desarrollo de los pueblos.
En
consecuencia, el tema de governance
ya no es una prerrogativa exclusiva de los gobiernos, sino también una
preocupación de las empresas privadas y de las organizaciones de la sociedad
civil (asociaciones profesionales o sindicales, organizaciones no gubernamentales
-ONGs-, grupos defensores de derechos humanos, movimientos vecinales,
religiosos, etc.), así como de los organismos internacionales y de las agencias
de cooperación para el desarrollo de los mismos.
2. La perspectiva de América Latina
En América
Latina, los años 80 y 90 se han caracterizado por profundas transformaciones tanto en los sistemas políticos - cuya
meta principal es la consolidación de la democracia -, como en el paradigma del desarrollo - se abandona el modelo
intervencionista del estado y de sustitución de importaciones a cambio de la
apertura económica y el mercado -. Ambas transformaciones, al producirse en
períodos relativamente breves (menos de 5 años en la mayoría de los países),
representan una suerte de "revolución" en la vida política, económica
y social de la región, que más allá de los cambios legislativos, modifica los
comportamientos, los esquemas de valores, las relaciones de poder y las
instituciones.
Es en
este contexto que se plantea, en los años 90, el debate en torno al tema del
"buen gobierno" o governance
y de Sociedad Civil en la agenda de los gobiernos de América Latina, vinculados
a la consolidación de los sistemas democráticos y al cambio de paradigma en las
estrategias de desarrollo de muchos países de la región[1].
"Al centro del debate actual se
sitúa la capacidad del gobierno de `gerenciar' el impacto de estos cambios,
combinando la efectividad de los mismos con su viabilidad en el largo plazo.
Para que sean legítimos los gobiernos post- autoritarios en las actuales
condiciones tienen que ser eficaces en el doble sentido de competencia técnica
y administrativa, por un lado, y de una verdadera voluntad política para
enfrentar, aunque no resolver plenamente, los problemas sociales de la pobreza,
el analfabetismo, el hambre y la exclusión."[2]
En síntesis, este trabajo de investigación plantea:
una consolidación e incluso profundización del sistema democrático medida en términos de participación popular,
representatividad de gobernantes y legisladores, transparencia y confiabilidad
de los procesos de decisión, eficiencia del Estado en sus responsabilidades de
conductor del desarrollo integral.[3]
El fortalecimiento de la sociedad civil, por ser uno de los pilares fundamentales de la
democracia, es un elemento importante en esta búsqueda de instrumentos de
concreción de "buen gobierno", en el contexto de los procesos
políticos y económicos que se están registrando en los países de América
Latina.
Desde la
aparición de la tercera ola de democratización global a mediados de los años
setenta, uno de los desarrollos más dramáticos tanto en los círculos
intelectuales como políticos ha sido el creciente interés en la "sociedad
civil". En el presente trabajo de investigación se traza la evolución de
este interés y provee una visión de conjunto del papel que cumple la sociedad
civil en la construcción de la democracia, es decir, las maneras en que puede
contribuir a consolidar regímenes democráticos de reciente instauración, y en
el mantenimiento de aquellos que tienen una vieja tradición democrática, en el
ámbito de la transformación, por algunos denominada revolución silenciosa, en
la esfera de los procesos políticos, económicos, sociales y militares en acto
en América Latina y que influyen en el Sistema interamericano como un todo en
general y en la salvaguarda de interferencias sustanciales y/o perturbaciones
del orden estatuido en el continente.
Por otra
parte, la información y los comentarios que se presentan en este trabajo de
investigación se concentran en la
dimensión social del tema del "buen gobierno y fortalecimiento de la
sociedad civil", de conformidad con el campo de acción del Sistema
Latinoamericano[4].
Con base
en estas premisas, este trabajo, ha sido organizado de la siguiente manera: En
primer lugar, se da una breve reseña histórica de la Democracia, sus avances y
desafíos; el interés general y gobernabilidad, la participación popular y la
representatividad
En
segundo termino, se exponen brevemente los
elementos básicos de los conceptos de "buen gobierno" y "sociedad
civil", destacando las vinculaciones entre ellos y con el contexto de
desarrollo integral y consolidación democrática que caracteriza la agenda de
América Latina.
CAPITULO II
E
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Desde cierta perspectiva NO. Es decir, en América Latina,
estamos en una etapa de transición hacia una verdadera democracia.
Esta no es una mera opinión hecha al azar, sino
que se fundamenta en ciertos o determinados factores de nuestra vida socio –
política - económica actual que nos insertan en un modelo no democrático.
Algunos de dichos factores son:
La economía. El problema económico actual,
indudablemente acarrea grandes dificultades básicamente en el área social. Hoy
a causa del capitalismo, la sociedad en América Latina se divide en dos clases
sociales: La alta o rica, que esta conformada por un reducido grupo de personas
que concentran la mayoría del capital y por ende aliada al poder político. La
otra es la baja o pobre, que tiene muchas graduaciones diferentes, dentro de
las cuales cabe destacar, la antigua clase media que ha sido vapuleada por el
sistema hasta convertirse en los nuevos pobres de esta sociedad; el antiguo
comerciante, empresario, empleado o campesino ha sufrido el impacto de los
hipermercados, los grandes grupos económicos industriales y agropecuarios; como
así también los empleados han perdido mucho de su poder adquisitivo, y les
espera una situación peor con la flexibilización laboral. Dentro de esta misma
clase merecen una mención especial los excluidos sociales, la clase que paso de
pobre a clase marginal quienes se han convertido en indigentes y verdaderos
minusvalidos sociales aquella clase que habitan en ranchos, fabelas debajo de los puentes ecc. y donde la desnutrición, por dar un ejemplo,
es una realidad de todos los días. En este marco social es indudable que la
igualdad y la libertad son utopías, ya que solo es libre aquel que posee dinero.
La salud, que debe ser igual para
todos, hoy no es así. Depende del factor económico, ya que es abismal la
diferencia entre la atención de un hospital publico a una clínica privada. La
salud esta relacionada con la vida y por tal es fundamental y primordial ante
cualquier otro problema. Es necesario garantizar el derecho a la vida de todo
el pueblo. Es incomprensible que males como el cólera, el dengue, la
tuberculosis y otras enfermedades endémicas que tienen cura, en América Latina
son una realidad para gran parte de la población; obviamente la parte mas
afectada por estas enfermedades
curables son aquellos a la que el poderío económico ha excluido.
La justicia, que es un
pilar para la democracia, en América Latina esta desbastada. Hoy nos encontramos
ante un poder judicial absolutamente dependiente de los otros dos poderes, en
donde la inherencia en asuntos que son de la exclusiva pertinencia del Poder
Judicial se ven ampliamente afectados por los compromisos políticos de una
parte así como del poder económico por la otra; a tal extremo de que los
inversionistas tanto nacionales como extranjeros, no lo hacen por el temor a
perder sus capitales por la inseguridad jurídica en que se vive en la Región;
aunado a esto la superpoblación de las cárceles de los países del continente
por falta de celeridad procesal en consecuencia una justicia justa.
La educación debe cumplir un rol
fundamental; sin embargo, en algunos piases de América Latina, tienden a
privatizarla, restringiendo de esta manera cada día más el derecho a ella que
tiene la gran mayoría. Así la educación
se dirigirá a un determinado sector social, el cual obviamente será
portador del poder en el futuro. "Si el principio revelador de la
pertenencia a las antiguas clases dominantes era la propiedad, la nueva clase
dominante se define ante todo por los conocimientos, es decir por un nivel de
educación"[5]. La
educación publica y gratuita es un derecho que no puede ser vulnerado, ya que
un pueblo ignorante es fácil de dominar; hoy por hoy el índice de analfabetismo
ha llegado a cifras altamente preocupantes. No podemos dejar de referirnos a la
dependencia que la educación sufre de organismos internacionales como el FMI y
el Banco Mundial. Esto atenta contra la autodeterminación de los pueblos.
La seguridad, se encuentra en una
crisis importante; los niveles de inseguridad que viven la mayoría de los
Países en América Latina mantienen en zozobra al pueblo, llegándose en muchos
de ellos a tomar justicia por cuenta propia con el linchamiento de los delincuentes,
debido a que los órganos encargados del Orden Publico Interno no dan garantías
de seguridad al pueblo, en donde muchas veces no se sabe que es peor sí el
ladrón o la policía ya que estos últimos se ven involucrados en hechos ilícitos
que atentan contra la célula fundamental de la Sociedad.
Devaluación de la clase política, la misma en
su gran mayoría no representa a la sociedad. Esta mas ocupada en sus intereses
personales que en darle al pueblo lo que le pertenece. Esto es lo que damos a
llamar falta de representatividad. "La política se ha convertido en un
espectáculo, pues los partidos ya no responden a las corrientes de opinión.
Ideas, actividades, costumbres, se han transformado y abierto al cambio, en
tanto que los representantes políticos permanecían inmóviles, volvían sus ojos
hacia el pasado o dirigían las miradas hacia el poder y no hacia el
pueblo"[6].
La libertad de expresión, El Derecho
de informar durante la ultima década ha tenido grandes avances desde que se han
erradicado las dictaduras o regímenes autoritarios en el contexto del
Continente Americano, debido a la libertad de prensa que los distintos
gobiernos democráticos han conferido a los
medios masivos de comunicación, en tal sentido es conveniente apuntar
que no obstante en la teoría existe libertad de prensa en la practica en muchos
casos no sucede así ya que parte de la información es filtrada por entes u
organismos que los mismos gobiernos han creado de tal manera de no dejar
conocer a la opinión publica de ciertos aspectos del que hacer político,
económico o social que pudieran afectar los intereses del Gobierno de turno.
Esto nos lleva a preguntarnos hasta donde llega dicha libertad.
Los factores
anteriormente mencionados, son solo referentes, ya que la realidad es mucho más
compleja y todos están interrelacionados. Dichos factores que presentamos de
forma separada, en la realidad no se presentan así. Son todos causa y efecto de
todos. Pero debemos aceptar que el factor que más influye o determina a los
otros es el económico, pues imperativa es la elevación del nivel de vida de millones y millones de
latinoamericanos. ¿De que sirven la democracia y la libertad si se esta
hambriento y se es ignorante?
Para desarrollar
este trabajo, debemos elaborar pautas que consideramos alternativas al sistema.
Hoy nos
encontramos en una situación histórica limite, ¿por qué?, Históricamente con la
Revolución Francesa cambia la conformación política de todo occidente, los ideales
de libertad, igualdad y fraternidad son los pilares de esa revolución. Luego de
la misma el planeta se divide en dos grandes corrientes políticas llamadas
izquierda y derecha, o mejor dicho socialismo o comunismo y la occidental
liberal capitalista. En el comunismo se toma la igualdad como el valor
primordial por lo que la libertad es dejada de lado y se llega a sacrificar
numerosas vidas en nombre de la equidad social. En el neoliberalismo se toma
como axioma a la libertad, lo que deja de lado a la igualdad, llegando a la
exclusión social que causa también numerosas muertes.
Entonces vemos
que los dos sistemas predominantes hasta hoy no son los ideales, ya que ambos
tienen serias frustraciones. Desde nuestra perspectiva el marco histórico da
una situación en la que se ve esto y se espera la llegada de una alternativa.
En el contexto
latinoamericano, donde rige la derecha, no se vive en democracia. Los partidos
dominantes no ofrecen una real, concreta y madura alternativa al sistema que
vivimos hoy.
En América
Latina otro dato que nos sitúa en una situación limite, es el caos social que
se vive Así como el malestar generalizado de la gente y la desconfianza en la
clase dirigente.
Lo arriba expuesto,
podría llegar a parecer desesperanzador o que fomentara la inactividad, ya que
hay muchas cosas que están mal. Lo que se debe hacer es aprender de la historia
y como dijimos antes intentar guiar o contribuir para llevar a esta sociedad a
vivir mejor de lo que lo hace actualmente. Se debe reafirmar que la democracia es un
proceso sin término. Cada avance da lugar a nuevos problemas, a nuevas
restricciones y posibilidades. En cada fase, la cultura política tiene
fundamental importancia, como su raíz y alimento, como su base y columna
vertebral, favorable al proceso y al sistema democráticos. La cultura política
les permite a aquellos autogenerarse y autoreproducirse, extenderse y
defenderse. La cultura política de la democracia supone y requiere actores
sociales, prácticas políticas, soluciones institucionales de naturaleza
democrática; la tolerancia de las diferencias y las divergencias; supone la
aceptación de la legitimidad de los conflictos y la necesidad de procedimientos
legales para dirimirlos; obligar a buscar instrumentos y mecanismos de diálogo,
negociación y concertación.
Por ello
visualizamos algunas pautas:
Cambio de
conciencia: Es fundamental para lograr el cambio. Cuando hablamos de cambio de
conciencia nos referimos ante todo a educar a las grandes masas populares.
Tomando a Freire, podemos decir que la educación es la única arma que tenemos
para luchar, es lo único que nos dará una verdadera libertad. La educación no
es neutra, responde a situaciones históricas determinadas y a condiciones económicas dominantes[7].
El Sistema educativo que se plantea en
el presente trabajo de investigación, no debe ser una mera reproducción de las
bases del sistema; apuntamos a una educación en la que se invite a reconocer y
descubrir críticamente la realidad. Esta educación no se refiere solo a la
formal, sino a una educación en todo los ámbitos de la vida, ya que la
educación no es un ámbito de la vida, sino que la vida es educación y por tal
la educación es política. No solo la educación escolar, sino la educación de la
vida, guiada principalmente por su entorno social, y de ser posible, con el
ejemplo de los gobernantes. La educación que hoy se ha implantado tiene como
futuro mediato la eficientización de los alumnos con el fin de programarlos
mecánicamente para cumplir funciones económicas principalmente; esta es lo que
Freire dio a llamar Domesticación. La educación debe ser un medio para que la
persona reciba una formación adecuada que le permita la libre ejecución de sus
derechos, de sus ideas, y debe ser fundamentalmente un proceso en el cual el
educando es un sujeto activo que tiene mucho para enseñar; esto difiere de
nuestra realidad, donde se considera al educando como un mero receptor vacío y
pasivo, al cual hay que "rellenar" de "conocimientos". No
debe ser una educación cercenadora como la que hoy tenemos, que necesita del
ayuno de decenas de docentes representando simbólicamente la decadencia de
nuestra escuela publica.
Se necesita de
una educación que fomente la consolidación de las posturas, que reparta
libremente una gama de conceptos que luego permitirán la formación de una
posición critica acerca de diversas temáticas lindantes con la realidad, no es
necesaria una educación que participe con conceptualizaciones parcializadas que
representen el interés de determinados sectores. Es hora de que nos demos
cuenta que la gente no se vende ni se compra, mejor es que formemos personas
inteligentes, críticos, idealistas pero también realistas, personas de las
cuales estemos seguros de que contaran con la suficiente gama de conocimientos
que permitan la correcta guía de la comunidad. Pero estos deseos realizables
deben estar acompañados con el esfuerzo de personas interesadas en tener
abierta su cabeza al ingreso de actitudes y aptitudes, a los conocimientos
liberadores.
Paz: Se debe partir de la base que el valor de
la vida de cada ser humano es imprescindible, es obvio que no se propone un
cambio por medio de una revolución armada, sino mas bien una verdadera
revolución pacifica. Distinta es nuestra posición de aquellos que sostienen que
para que se produzca un cambio histórico es necesaria la toma del poder por
medio de la lucha armada. Desde mi perspectiva todo ser humano vale, sea cual
fuere su postura ideológica. El hecho del uso de la Fuerza como único medio
para la solución de los problemas que afectan a nuestros pueblos supone la
imposición de cierto ideal a un marco de gente determinado, y no creemos que
sea lo correcto. Lo apropiado es llegar a producir el cambio a través del
dialogo y consenso de las diferentes posturas.
Transformación de la economía: Los sistemas
tanto Capitalista como Socialista ambos toman como base la acumulación de
capital, a cualquier costo, no importa sacrificar hombres o naturaleza. Se
diferencian en la forma de distribución de ese capital. En América Latina esa
distribución es extremadamente desigual, como ya nos referimos en otro punto de
este trabajo.
Para nosotros es necesario que la economía este
al servicio de hombre, que el hombre no tenga como fin solamente la acumulación
de capital Por otro lado, en América Latina, es inconcebible la desnutrición,
la falta de alimentación, por falta de verdaderos programas que enrumben a las
economías hacia la verdadera productividad, que es la que al final le dará el
mayor índice de felicidad a la población. No se puede creer que mientras
algunos posean millones de dólares, otros no tenga un techo donde vivir. La
economía debe apuntar a lo social, en tal sentido es oportuno preguntarse ¿a
donde han ido todos los dineros de las arcas de los Países del Continente? Es
obvio que al pueblo no. Es por ello que los gobiernos democráticos deben
apuntar hacia la humanización y diversificación de la economía.
Memoria: Es para nosotros indispensable
aprender de la historia, para no volver a cometer los mismos errores. Es decir
estudiar la historia de un pueblo nos facilitara el camino para el cambio. Es
indudable que este factor nos ayuda a sostener el punto dos, ya que si vemos en
la historia el sinnúmero de atrocidades cometidas por las guerras, optaremos
por el camino de la paz. Esto no significa vivir en el recuerdo, ni intentar
volver a épocas pasadas, sino más bien aprender de lo que ya se ha vivido en
diferentes momentos históricos. Estudiar la historia que mucho nos puede
enseñar.
Fomentar la independencia de poderes: La Generalidad
de las Constituciones de los países de América Latina establece la división de
los poderes (ejecutivo, legislativo y Judicial). En la practica vemos que
principalmente el Poder Judicial es la comidilla de los demás poderes. Es un
sector del poder sometido al poder. Jueces que responden al gobierno, jueces de
los cuales se duda su idoneidad, impunidad a flor de piel... ¿Es esta la base
de justicia que nos hará confiables ante los ojos de nuestra posteridad e
incluso nuestros ojos? No, debemos luchar por el cumplimiento de las funciones
especificas de cada poder, debemos tener la seguridad de que contamos con
tribunales imparciales en igualdad de condiciones para todos los ciudadanos,
sin la importancia dada por el poderío económico, ocupación social o
influencias gubernamentales. En cuanto al Poder Legislativo es necesario el
valor de los legisladores para sancionar las leyes de acuerdo a un criterio
independiente y no responder a las necesidades partidistas, sino a las
necesidades del pueblo, que al fin al cabo es el único soberano, y por ende de
cada país. Entre otras cosas, es inadmisible en América Latina, la presión que
por lo general se recibe del Poder Ejecutivo, eso es lo que hace
"entubar" las leyes o por el contrario sancionarlas sin mas debate
que el mero tramite establecido para sancionar las leyes en los distintos
países las cuales están lejos de mejorar la calidad de vida de los
administrados.
También nos parece útil destacar que por
interposición de los intereses partidarios se produce una negociación de
poderes y debates, de leyes e intercambio de mandatos que no hacen mas que
condimentar la inoperancia con la que se maneja el sistema legislativo de
América Latina en general. Por ultimo, hablando del poder Ejecutivo, es
necesario hacer comprender a los gobernantes de las distintas naciones de la
América Latina que es necesario erradicar definitivamente con las presiones y
el autoritarismo que ejercen algunos, y entender que si estamos en un gobierno
"democrático" no son útiles los decretos repartidos a diestra y
siniestra, porque de este modo ¿Qué funciones cumplen la cámara de Senadores y
de Diputados?. Procuremos entender que cada poder ha sido dotado de una función
especifica, que cada uno debe ser independiente respecto del otro, porque de
este modo aseguramos un presente y un futuro dichoso para la región antes que
por el contrario que continuar con los serios problemas que se viven desde el
punto de vista económico, social y político que pueden amenazar la estabilidad
de los gobiernos de la ya tan golpeada América Latina.
Luchar contra la corrupción: En los últimos
años, y aun más recientemente, la corrupción ha sido el común denominador de
los cargos políticos en América Latina. La clase política se burla de la
incapacidad de la gente originada en la irresponsabilidad del adoctrinamiento
de la sociedad, en el sentido de entender las situaciones mas alejadas como
propias, y convirtiéndolos en una sociedad de cómplices, sin detenerse por un
instante a pensar que en definitiva, en un momento determinado perjudican al
país. Es por ello que es un compromiso social denunciar a aquellas personas e
instituciones, principalmente las que tienen asignadas funciones publicas en
nombre del pueblo, con el fin de lograr una conciencia respectiva y precursora
de una sociedad equilibrada. Esta situación, la de la denuncia, no implica caer
en un canibalismo desmedido, pero sostiene la teoría de que la corrección de
unos pocos implica el bien de muchos.
Es en definitiva, la conformación de un criterio
plurilateral en busca del bien social.
Derecho a la libertad de expresión: Esto es un
concepto fundamental, el que permite la denuncia de las situaciones que
corrompen el desarrollo armonioso de la vida democrática. También permite y, a
la vez fomenta, la publicación de las ideas, que son puntales para el
desarrollo. Hay que convenir que las ideas son el factor fundamental de un
pueblo que debe querer pensar, que debe tener dignidad para rechazar los
aspectos de ignorancia que pretenden implantarle, que debe tener la capacidad
de critica madura. Debe superar y no temer a la clase de terrorismo mediatico
que hoy esta presente en la mayoría de nuestros países; hay que superarlo con
hidalguía y valor, a fin de que las palabras no se las lleve el viento y los
actos maliciosos queden plasmados. Es, por
ultimo, lo que nos permite ser libres, porque un hombre sin palabras es
esclavo de sus intenciones.
Utilizar el
voto como termómetro de la democracia: A pesar de que, como ya dijimos, la
democracia no es solo emitir un voto en las elecciones, sino que implica
participación; creemos que si el pueblo cuenta con buena formación el voto debe
ser el arma para castigar al gobierno deshonroso y un premio al gobierno justo.
La emisión del voto pensado es la manera de justificar las buenas actitudes y
acciones de los gobernantes, y justamente por ello debe ser meditado y
ejecutado a conciencia. Se debe procurar cambiar la actitud que predomina
frente a las elecciones, ya que votar no es una obligación, sino un derecho con
el cual el Ciudadano cuenta para la conformación del cuerpo representante.
CAPITULO III
CONCEPTO DE GOBERNABILIDAD
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R |
esultaría acertado señalar que hasta la segunda
mitad del decenio de los '80, la palabra "gobernabilidad" no se escuchaba
con frecuencia entre los distintos grupos que trabajan para el desarrollo de
los países de América Latina. Sin embargo, hoy en día resulta difícil leer una
publicación sobre temas del desarrollo publicada por Naciones Unidas, por
organismos de ayuda multilaterales y bilaterales, instituciones académicas u
organizaciones privadas de voluntariado, e incluso en las agendas de las
Cumbres Presidenciales, en que no se recurra con frecuencia a su uso.
En el mundo anglosajón, "governance"
es una palabra que ha sido utilizada habitualmente a lo largo de siglos para
referirse al ejercicio de la autoridad dentro de una determinada esfera. A
menudo se ha empleado como sinónimo de la gestión eficaz de un amplio espectro
de organizaciones y actividades, desde la empresa moderna ("gobernabilidad
corporativa") o la universidad ("la gobernabilidad de Vassar
College") hasta las profundidades marinas. Aún cuando el concepto se
aplica a muchas situaciones en las que no se observa un sistema político
formal, no deja de implicar la existencia de un proceso político: "gobernabilidad" significa crear
consenso, u obtener el consentimiento o aquiescencia necesaria para llevar a
cabo un programa, en un escenario donde están en juego diversos intereses, sean
estos políticos, sociales, económicos, o militares.
La amplia aplicabilidad del término, su
referencia a problemas básicos de orden político (incluyendo la eficacia y la
legitimidad), y su carencia de toda relación necesaria con el Estado han hecho
de él en el último decenio un instrumento útil para un número creciente de
participantes en el debate sobre el desarrollo. Así, por ejemplo, aquellos que
están convencidos de que el rol del Estado en los asuntos económicos y sociales
se ha vuelto demasiado amplio y debería ser reducido, han podido desplazar
parte de la discusión sobre los asuntos públicos del ámbito de
"gobierno" al terreno mucho más amplio de "gobernabilidad".
La novedad relativa del término "buena gobernabilidad" en círculos
internacionales también ha facilitado los intentos de reformar los programas y
burocracias del Estado en muchos países apelando a un modelo aparentemente más
técnico y menos político que el evocado por los llamamientos a "la reforma
del Estado".
Al mismo tiempo, muchas personas que quizá no
tengan demasiado interés en reducir el espectro de actividades de los gobiernos
nacionales han visto en el concepto de "gobernabilidad" un
instrumento útil para abordar problemas que requieren una acción en común en
ámbitos donde el Estado no desempeña o no puede desempeñar un papel de
liderazgo. Estos ámbitos se encuentran en diferentes niveles de la sociedad,
desde lo más local a lo supranacional. Los problemas de
"gobernabilidad" constituyen un aspecto relevante en el
fortalecimiento de las culturas cívicas, la promoción de la acción voluntaria
y, por tanto, en la mejora de las bases sociales para la democracia. También es
cada vez más importante en el análisis de cómo la comunidad internacional puede
crear las instituciones necesarias para promover el orden y la justicia en el
contexto de la globalización.
En otras
palabras, al igual que muchos otros conceptos clave en el actual debate sobre
el desarrollo, el de "gobernabilidad" están siendo usado por sectores
de orientaciones ideológicas muy diferentes, para diversos fines, a menudo
contradictorios. Las instituciones financieras internacionales también han adoptado tan ampliamente este concepto.
A éstas suele atribuirse la atención renovada que, durante los años '80, se
proyectó sobre el concepto de "gobernabilidad" y el apoyo a su
interpretación del término con un volumen de financiación considerable.
Hemos señalado la ponderación del interés Común
como una de las características de la acción de gobierno, y afirmamos que era
un elemento de justificación, quizás ideológico. Pero “si por una parte el
elemento el interés Común es aceptado como principio que ha de inspirar la
actuación del gobierno, por otra no es demasiado fácil de concretar”.[8]
Habrá casos sencillos, en los que podrá encontrarse un consenso casi unánime:
quizá las medidas de protección civil frente a catástrofes naturales podrían
servir de ejemplo. En este caso, el interés Común es el interés de todos y así
percibido por todos. Otras veces, sin embargo, no hay consenso sobre lo que hay
que hacer para servir al interés Común
aunque exista una conciencia muy extendida de que el interés Común está
en juego; este podría ser el caso de los problemas de defensa militar.
Finalmente, la situación concreta a la que deba responder una acción de
gobierno, puede no involucrar directamente el interés Común, pero si
indirectamente, a consecuencia del tipo de respuesta que del gobierno a una
demanda motivada por el interés de un grupo social. Respuesta que, por otra
parte, puede incitar a otros interese sectoriales y provocar nuevas demandas.
Si excluimos una situación limite, como la que
correspondería al ejemplo de la catástrofe, parece claro que no siempre es
posible demostrar la coherencia de una acción de gobierno con el interés Común, desde el momento que
se tienen diversas concepciones de él. Por el contrario, a menudo será posible
determinar cuál es el interés Común por el embrollo de interese parciales
enfrentados. Entonces puede tomar fuerza una perspectiva axiológica, “que de
definir el interés Común con relación al interés de todos o de la mayoría de
los ciudadanos”[9], pasa a
formularlo en términos cualitativos, en referencia a “principios morales y
credenciales universalmente reconocidos, cuando estos existen”.[10]
Lo grave es que, en condiciones de modernidad avanzada, ese referente último no
está siempre claro ni mucho menos.
Así pues, la acción de gobierno puede
plantearse con relación a valores. El
pensamiento político medieval europeo, impregnado de influencia religiosa,
concentró muchos esfuerzos en proponer referentes éticos en la conducción de
los asuntos públicos. En este sentido, “la idea del ‘bien común’ como objetivo
de la ley y su asociación con el ‘bien individual’ es quizás la formulación más
conocida”.[11] Pero el
movimiento de la Ilustración supuso la voluntad de emancipar de los
determinantes religiosos externos la libertad individual; los parámetros éticos
de la acción de gobierno debían ser accesibles a la razón humana. Así, el ‘bien
común’ no se definía en relación a la doctrina cristiana, sino respecto a lo
que cada autor consideraba pertinente. Además, planteado el problema de los
límites del poder, se examina también su justificación en nombre del bien
común. Ya no es evidente que el bien común pueda imponerse siempre al bien
individual, o que esté siempre asociado a él. Para Montesquieu, por ejemplo,
“si el bien particular debe ceder ante el bien
público cuando está en juego la libertad del Ciudadano, el bien público
puede imponerse al particular cuando se trata de la propiedad”.[12]
Cuando más tarde el liberalismo consagre la
economía de mercado, al homo economicus le será mucho más familiar la
constatación de que el interés preside muchas motivaciones de las conductas
individuales. El bien es una categoría ética que se sitúa en un plano menos
inmediato al individuo que el interés. Bentham, a mediados del siglo XIX,
discutió la noción de interés común y, de paso, la propia noción de comunidad:
“The community is a fictious body, composed of the individual person who are
considered as constituting as it where its members. The interest of the
community then is, what? -The sum of interest of the several members who
compose it”[13].
Y no encaja demasiado bien con esta concepción
liberal individualista el que los poderes públicos, y no cada Ciudadano, se
ocupen de un interés común distinto del interés de los ciudadanos. A pesar de
todo, junto a esta concepción que entiende el interés colectivo como un mero
agregado de intereses individuales, el liberalismo contribuye a engendrar un
movimiento político que atenúa el individualismo: el nacionalismo se fundamenta
en la titularidad del poder político supremo atribuida a la nación, y en la
consideración del interés nacional como interés superior al interés individual.
Sintomáticamente, la defensa de la nación es la que justifica la economía de
guerra, drástica limitación de la economía de mercado.
No hay, en realidad, ninguna situación
histórica sin un poder público que actúe en función de algunos intereses
Comunes; “por lo menos el de asegurar un mínimo estatus vivendi entre los
intereses parciales”[14]
desigualmente servidos.
Pero también hay que constatar la dificultad
actual de concretar en cada coyuntura el interés Común. En primer lugar, hay
que mencionar factores internos, entre los cuales el más importante es
probablemente la multiplicación de intereses parciales que se manifiestan y a
los que los poderes públicos deben responder. En una sociedad democrática en las
que las demandas sectoriales pueden expresarse libremente, los poderes públicos
han de considerarlas, de modo que su actuación no puede moverse sólo por propia
iniciativa. Por el contrario, son los poderes públicos quienes por su propio
carácter deben orientar su actuación en función del interés Común.
Hay dos momentos en los que una democracia
representativa (en la que participan los ciudadanos como electores, y no como
miembros de un sector determinado) puede formularse el interés Común, por lo
menos determinando prioridades: las elecciones, en las que cada fuerza política
presenta un programa de gobierno, y la legislación. Las elecciones son previas
a la formación de gobierno, pero quienquiera que resulte de ellas deberá
sentirse obligado a tomar como referencia sus propios programas electorales.
Esto, como es sabido, no obsta para que una vez en el gobierno, los que estén
en él cambien de orientación alegando que ‘las circunstancias han
cambiado’. En cualquier caso, y en los
Estados de derecho, “la legislación es el momento en que a través de estos
procedimientos públicos se fija la pauta de actuación de los poderes de Estado”[15].
Por eso los grupos de presión con interés permanente procuran situarse cerca de
los legisladores a fin de influirles, especialmente donde la escasísima
disciplina del grupo parlamentario puede hacer más receptivo al legislador
individual. El caso de los Estado Unidos es el ejemplo más habitual, pero la
presión sobre el legislador puede operar de forma indirecta, por ejemplo, entre
sindicato y partido[16].
Hay que tener presente, además, que ni los
legisladores ni los gobernantes en Común pueden optar por cualquier respuesta a
cualquier demanda que se les formule. Su legitimidad política deriva del
acatamiento de normas, y por encima de toda la constitución. Sus formas de
actuación están limitadas, pero también, en muchos casos, les son impuestos
determinados valores constitucionales[17].
Así, no pueden responder a demandas que sean
contradictorias con la constitución: con los valores, derechos y procedimientos
recogidos en ella. Y en algunos países como España o los Estados Unidos, un
tribunal puede determinar si se ha producido o no una transgresión de la norma
suprema[18].
En segundo lugar, junto a factores internos hay
otros externos que también dificultan la formulación del interés Común. Hay que
recordar que la autoridad de los gobernantes de cada Estado hace ya tiempo que
ha dejado de ser plenamente soberana. Las decisiones de los gobernantes son
sólo relativamente independientes, como es fácil de ver con dos ejemplos. En
materia económica, el proceso de integración europea, y en defensa de la
participación en organizaciones militares supranacionales, no sólo limitan la
autonomía de decisión, sino que, en Europa, sitúan la definición del interés
Común fuera del ámbito estatal que es el propio de los gobernantes.
Se examina siempre los problemas de la
gobernabilidad teniendo en cuenta dos dimensiones. La legitimidad y la
eficacia. La legitimidad de los gobernantes proviene del carácter
representativo de las instituciones públicas desde las cuales ejercen el poder.
En las elecciones que renuevan periódicamente la representación popular,
participan candidatos con programas planteados en función del interés Común de
la sociedad.
Pero desde el momento en que alcanzan la
condición de gobernantes, su actuación se ve determinada por las demandas que
presentan grupos que defienden intereses sectoriales. Y a los gobernantes se
les valora por la eficacia con que responden a las peticiones de los grupos
portadores de intereses parciales. Estos grupos tienen una clara conciencia de
su propio interés, y pueden medir el grado con que es satisfecho. En cambio, no
sucede así con el interés Común, que con frecuencia responde más a un principio
ideológico susceptible de interpretaciones diversas, que a la percepción
subjetiva de una conveniencia concreta.
Demostrar
que la prosperidad de un país depende hoy de la prosperidad mundial, o que la
gobernación de una región o estado depende también de la mundial es demostrar
que hoy, el interés Común no reconoce fronteras. Y, por lo tanto, que la noción
de interés Común (de interés general) debe ser ampliada, hasta abarcar a la
humanidad completa. Se tarta de una tarea que, a pesar de su vasto alcance, no
es abstracta. Es una tarea práctica de gobierno tal y como se halla hoy la
situación de nuestro universo social, en el que tareas y problemas, escollos y
soluciones han sufrido un proceso de mundialización.
CAPITULO
IV
|
L |
a participación política tiene su manifestación
más clara y repetida en las elecciones. “A través del voto, todos los
ciudadanos jurídicamente capaces pueden participar en la designación directa o
indirecta de los gobernantes, mediante el ejercicio de un derecho que parece
obvio en una democracia contemporánea”[19].
Pero no lo encontramos en sus raíces liberales. Hasta la eliminación de las
discriminaciones económicas que conlleva el sufragio censitario, la
participación era considerada más una función política reservada a las minorías
(cultas y con propiedades o dinero), que un derecho de todos. El liberalismo de
la primera mitad del siglo pasado, que Benjamin Constant podría representar muy
bien, consideraba la libertad de participar en los asuntos públicos como una
característica del mundo de las ciudades-estado de la Antigüedad. Prefería
claramente la libertad entendida como autonomía individual, libre de
inherencias a fin de vivir su vida sin miedo al poder político[20].
Es la libertad como derecho a que los entes públicos dejen en paz.
La indiferencia respecto a la participación en
los asuntos públicos se corresponde con el sueño liberal de una sociedad sin
trabas para los individuos. Pero este sueño incluye un presupuesto que no se da
en las sociedades occidentales contemporáneas: la economía de mercado
‘perfecta’. El sufragio universal abrió la participación política a los
sectores marginados del primer liberalismo. Para poder incidir en las
decisiones públicas y mejorar las condiciones de vida de los asalariados, se
formaron partidos políticos de orientación socialista o socialdemócrata. Su
intención era rentabilizar a favor de los trabajadores la participación que
permitía el sufragio universal[21].
El resultado de su impulso es el Estado asistencial que, con su
intervencionismo, conlleva ciertas correcciones en el funcionamiento del
mercado. Actualmente, la participación en las instituciones políticas adquiere
una nueva trascendencia, dado el fenómeno de la expansión estatal.
Esta expansión ha permitido también aumentar
las áreas donde es posible la participación de los ciudadanos y “ha provocado
la multiplicación de los canales de participación”[22]
para que puedan circular las demandas de los individuos y los grupos. Las
instituciones tradicionales como el Parlamento y las organizaciones centenarias
como los partidos, ya no son las únicas que canalizan las demandas de la
sociedad, a pesar de que aún determinan considerablemente la respuesta que
obtienen. Se ha llegado, quizás exageradamente, a expresar la sospecha de que
“la representación política no es ya ‘representativa”[23].
Tal vez sea más prudente afirmar que no todas
las demandas encuentran los canales de participación para influir en la
respuesta que esperan los grupos que las formulan.
Hay que recordar que la participación
(institucionalizada o no) tiene como objetivo influir en una decisión[24]
y, en principio, parece que hay muchos centros de decisión fuera del alcance de
los ciudadanos. Las empresas transnacionales son el ejemplo más conocido. Pero
por lo que se refiere a las decisiones que toman los gobiernos, la relativa
falta de influencia de los ciudadanos en la actual democracia representativa se
ve compensada por la fuerza de ciertos movimientos sociales, como los
ecologistas y feministas, y la de las organizaciones corporativas a que ya se
ha aludido, y que constituyen de hecho importantes instrumentos de
participación como, por ejemplo, los medios de comunicación social (mass
media). En cualquier caso, en la medida en que provocan conflictos y
‘desordenan’ el ámbito político tradicional, parece bastante claro que crean
turbulencias políticas importantes que han transformado la situación política
contemporánea e incrementado el grado ‘aceptable’ de desobediencia cívica para
muchos gobiernos.
La tesis de la crisis de la gobernabilidad
remite directamente al grado de participación en las democracias
contemporáneas. Refiriéndose a los estados Unidos, Huntington presenta el ciclo
siguiente:
a)
el incremento
de la participación política lleva hacia una mayor polarización en la sociedad;
b)
el
aumento de la polarización produce desconfianza en las instituciones y la
sensación entre los individuos de una creciente ineficacia política;
c)
esta
sensación conduce a su vez a una baja en la participación[25].
Hay que decir que no parece haberse dado
ninguna relación proporcional entre participación y polarización. Los grupos
terroristas, los movimientos pacifistas, feministas y ecologistas han
protagonizado una ‘participación’ crítica[26]
respecto las instituciones que no siempre canalizan adecuadamente sus demandas.
Además, articulados flexiblemente[27]
en torno de un único tema, sus demandas han contribuido a la ‘sobrecarga’ del
sistema político.
La eficacia de
la acción de gobierno, durante el último medio siglo, se ve afectada por
las presiones sociales que obligan a formular objetivos insólitos (el
equilibrio del medio natural) y a emplear instrumentos discutibles para la
tradición liberal como la discriminación positiva (affirmative action),
destinados a hacer igual la igualdad de oportunidades. Así, a la expansión del
ámbito del gobierno generada por los mandatos constitucionales o por la
decisión de los partidos parlamentarios, hay que añadir la que resulta de las
demandas de estos movimientos. En este sentido, quizá sí podría establecerse
una relación inversamente proporcional entre participación y gobernabilidad.
Dentro y fuera de las instituciones aumenta la participación de grupos,
proliferan las demandas contradictorias y los gobernantes tienen que dar
respuesta a problemas imprevistos. Además, la respuesta gubernamental establece
un precedente: se tenderá a exigir la misma receptividad al mismo tipo de
demandas de forma permanente. Difícilmente la eficacia de la acción de gobierno
puede mantenerse constante si los objetivos que desea o que debe asumir se
multiplican indefinidamente.
Sin embargo, también podría decirse que cada
demanda dirigida a los gobernantes comporta un reconocimiento de la función que
cumplen, aunque sea critica respecto a sus orientaciones o ponga en
dificultades su capacidad de actuar eficazmente. En otras palabras, el
incremento de la participación, en ciertos casos, ofrece a las instituciones
gubernamentales la oportunidad (quizás no deseada) de ensanchar la propia
legitimidad. Dentro de la democracia gozan de la legitimidad necesaria
proveniente de su carácter representativo y de su actuación respetuosa con el
imperio de la ley. Con algunos sectores, que lleven la participación critica hasta
el extremo de cuestiones de principio (como los grupos nacionalistas
independentistas, que no reconocen la legitimidad originaria de la
representatividad política) el enfrentamiento es inevitable.
Pero los grupos que participan para obtener
decisiones concretas, y no para cambiar el centro del cual emanan, no se pone
en juego lo que podríamos llamar el mínimo constitucional de legitimidad, sino
el grado de satisfacción que cada sector o grupo considera suficiente en
función de la respuesta que reciben sus demandas.
La pretensión de restringir la participación a
fin de facilitar la gobernabilidad limitando las demandas[28]
parece ocultar el fantasma del despotismo ilustrado, por no evocar otros más
próximos y desagradables.
En cualquier caso, resulta una tentación
demasiado fácil, pero incompatible con una sociedad democrática regida por
gobernantes representativos y lo suficientemente libre para que sus miembros
expresen sus pretensiones legítimas y consigan una mínima respuesta por parte
de los gobernantes.
CAPITULO
V
|
Y |
a se ha dicho que la legitimidad de los
gobiernos democráticos es patente en las instituciones representativas. La
estructura de las que hoy conocemos sigue el patrón organizativo del
constitucionalismo liberal inspirado por Montesquieu, el principio de la
‘separación de poderes’[29].
Con esto se quería conseguir un mecanismo de contrapesos adaptado a los
criterios de lo que debía ser la acción de gobierno: la mínima intervención
posible en la vida de sociedad. Hay que recordar, sin embargo, que no es este
el liberalismo al que se asocia la idea actual de democracia[30].
El sufragio universal es lo que hace posible la democracia y permite el paso
del gobierno por consentimiento a una
forma indirecta de autogobierno como la democracia representativa. Con esta
fórmula política el parlamento legislador adquiere una gran importancia: de él
depende la producción normativa a la que los poderes públicos han de someterse,
comenzando por el poder ejecutivo.
La denominación de ‘ejecutivo’ parece indicar
una carencia originaria de iniciativa del órgano así designado, procedente de
un tiempo en que gobernar era entendido como realización (ejecución) de los
mandatos de la voluntad general que se expresaban por boca de los legisladores.
Obviamente, la realidad es muy distinta desde hace tiempo. “La potestad
legislativa ya no es monopolio del Parlamento, sino que el constitucionalismo
moderno[31]
reconoce también, con limitaciones explícitas, la facultad de dictar normas al
gobierno, sea como propia o delegada por el Parlamento. Más aún, la producción
legislativa parlamentaria es con mucha frecuencia el resultado de iniciativas
gubernamentales, salvo en el caso notorio de los Estados Unidos, a causa de la
rigidez constitucional de su separación de poderes.
En cualquier caso, puede afirmarse que la
legitimidad del sistema democrático ha encontrado en el sufragio universal y en
la representatividad del poder legislativo dos componentes indispensables. Por el
‘imperio de la ley’, el Estado de derecho mantiene bien delimitadas las
atribuciones de sus gobernantes, para el bien de la libertad de los ciudadanos.
Sin embargo, el problema no surge normalmente por lo que las normas prohiben
hacer a los gobernantes, sino en el hecho de que estos han de basarse en
normas para llevar a cabo su tarea.
Así, paralelamente al fenómeno de sobrecarga de demandas que se apuntaba como
posible factor de la crisis de gobernabilidad, se ha podido hablar de una
sobreproducción normativa propia de todo Estado asistencial, y que los
gobiernos conservadores de los años ochenta han querido corregir mediante la
llamada ‘desregularización’[32].
Pero independientemente del signo político de los
gobernantes, la estructura organizativa de la democracia contemporánea se
caracteriza por un peso determinante de los elementos normativos. Estos obligan
a calibrar la acción de gobierno no sólo con relación a la “eficacia técnica”[33],
entendida como consecución de los objetivos, sino por un impulso normativo
previo (y a veces ad hoc) a cada actuación material del gobierno. El gobierno
no puede desbordar el marco de legalidad, pero a veces entiende esto último
como la necesidad de que todas y cada una de las decisiones, individualmente
consideradas, debe ir precedidas por alguna norma precisa[34].
Si con esta práctica quizás aumenta la
seguridad jurídica de los ciudadanos, lo cierto es que se paga un precio nada
despreciable por lo que respecta a la eficacia del funcionamiento de la máquina
gubernamental, a causa de la hipertrofia normativa que ello provoca y la lenta
toma de decisiones consiguientes. El viejo principio jurídico legem patere quam
fecisti, destinado a presidir el régimen jurídico del gobierno como
manifestación de principio de legalidad, describe también ciertas consecuencias
negativas que la sobreproducción normativa tiene sobre los propios legisladores
y sobre los gobernantes.
Esto puede explicar la pesadez y lentitud que
con tanta frecuencia se reprochan la acción de gobierno y que se intenta
corregir reconociendo la autorregulación generada por los acuerdos entre
determinados grupos sociales: ya hemos visto cómo los convenios colectivos
entre empresarios y trabajadores son un ejemplo característico de la difusión
material del poder normativo en las sociedades contemporáneas[35].
Algunos ven esta situación como la vía de salida de la crisis de Estado
asistencial[36], pero ello
plantea más de una dificultad. Quizás la esencial sea la de los efectos a
terceros: las normas generadas por los acuerdos entre corporaciones pueden
afectar negativamente a ciudadanos que no están vinculados a ellas, que no han
podido participar ni directa ni indirectamente en su elaboración y que, a menudo, no pueden beneficiarse de la
garantía que supone el control jurisdiccional de las normas públicas.
Se trata, pues, de un importante efecto
perverso del corporatismo. No se debe olvidar que la democracia representativa
lo es de toda la sociedad con la participación formal de los electores
individuales, y no de las diversas organizaciones de intereses. De todas
formas, la inercia parece ir en sentido contrario, al del abandono de las
potestades normativas públicas. Es más, en algunas ocasiones los gobiernos
llegan a elevar a categoría oficial algunos acuerdos entre ‘interlocutores
sociales’. Otras veces, la necesidad de producir normas lleva a entendimientos
informales (y de constitucionalidad más que indiscutible).
Todo esto nos induce a pensar que la estructura
institucional de la democracia representativa, muy bien dotada en teoría de
controles y garantías frente a posibles excesos de los gobernantes, presenta
aspectos que no acaban de encajar con las necesidades o las prácticas de la
acción de gobierno. En particular, el indispensable sometimiento a las leyes es
una condición que no resulta suficiente por sí misma para asegurar la
consecución de los objetivos de la acción, aunque sea la premisa bajo la que es
controlada por los tribunales. La producción normativa no equivale a la
formulación de las políticas públicas adecuadas a la consecución de los
objetivos gubernamentales. Por esto hay que buscar, más allá de la legislación[37],
en el proceso de ejecución material de la acción de gobierno, criterios que
permitan al público su evaluación a fin de juzgar tanto su eficacia como su legitimidad.
CAPITULO VI
LAS CONTRADICCIONES DE LA
"BUENA GOBERNABILIDAD": ALGUNOS EJEMPLOS DE AMÉRICA LATINA
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N |
os
referimos en este trabajo a la perspectiva de América Latina para ilustrar
algunos de los problemas que surgen cuando se ejecutan los elementos de un
programa de "buena gobernabilidad" a nivel nacional, en parte como
respuesta a las presiones internacionales, aunque en estas regiones el contexto
económico global es inestable y el panorama institucional internacional sigue
sin responder a las necesidades de la mayoría de la población. En estas
circunstancias, a menudo existe el riesgo de que las reformas institucionales
fracasen, cuando debilitan o desmantelan viejas estructuras sin contribuir de
manera eficaz a la construcción de una alternativa más democrática, eficiente y
estable.
En la mayoría de los países de América Latina,
la demanda creciente de reestructuración política y administrativa (manifestada
tanto por fuerzas internas como externas) se ha manifestado en un momento en
que han bajado espectacularmente los niveles de vida de la mayoría de la
población. A lo largo del último decenio o más, las crisis económicas
recurrentes, los programas de austeridad y la deuda nacional no resuelta han
agravado las condiciones de pobreza en amplios sectores sociales. Por lo tanto,
no sorprende que la visión de "buena gobernabilidad", que orienta a
muchas personas en la sociedad civil en América Latina, incorpore demandas no
sólo de participación política más eficaz, sino también de reactivación de las
economías locales y la protección de sectores desfavorecidos. Sin embargo, esto
suele oponerse a las exigencias inmediatas de la estabilidad económica, tal
como la definen los inversores privados, las instituciones de crédito y los
donantes.
A raíz de su incapacidad para lidiar
eficazmente con estas contradicciones, la comunidad internacional financiera y
de donantes se ha centrado en el objetivo más limitado de fomentar las reformas
en el sector público. A lo largo del último decenio, las burocracias de América
Latina han conocido procesos de desestructuración y reestructuración que serían
inconcebibles en el contexto de los países modernos de la OCDE. Los ministerios
de educación, salud y economía, los organismos de regulación y las empresas de
servicios públicos han sufrido, uno tras otro, las sucesivas rondas de
reorganización. Se han constatado ciertos éxitos pero, en muchos casos, el
proceso de reforma simplemente ha debilitado la eficacia y la moral. Una
disminución acusada de los salarios en el sector público no hace sino sumarse
al sentimiento generalizado de incertidumbre y a las especulaciones entre los
empleados u otros ciudadanos que dependen de los servicios de estas instituciones.
Todo esto dificulta aún más para los gobiernos, al menos provisionalmente,
cumplir con las tareas normales de administración pública, para ganarse así el
respeto de sus ciudadanos.
La tendencia creciente a canalizar la ayuda
para el desarrollo directamente hacia las organizaciones no gubernamentales sin
pasar por el Estado, también influye en la capacidad de gobernar en algunos
países de América Latina. Por ejemplo, en algunos lugares de esta región se
entrega la financiación externa directamente a las organizaciones no
gubernamentales locales, lo cual otorga a los grupos de la "sociedad
civil" nacional una mayor capacidad para proporcionar servicios de salud
que los organismos del gobierno nacional. Esto podría generar una participación
popular en la atención de los servicios, e incluso mejorar la calidad de
programas ya existentes. Sin embargo, aumentaría la dependencia de fuentes
exteriores de financiación que a menudo no son sostenibles y se debilitaría a
las instituciones del sector público.
Entretanto, la sociedad latinoamericana se
encuentra atrapada en un proceso de "cambio institucional" que va
mucho más allá del nivel de las "reformas institucionales" formales
que se suele asociar con el discurso de la "buena gobernabilidad". La
larga crisis económica se ha visto acompañada de tendencias sociales
inquietantes: una tasa de desempleo alta y persistente, una clase media
diezmada, una polarización social creciente, una mayor incidencia de los
menores de edad en el trabajo, una disminución de la asistencia escolar en
ciertos sectores, y un aumento brutal de los secuestros y crímenes violentos.
Los poderosos narcosindicatos aumentan su
control sobre la vida económica y política. La corrupción campea por sus
fueros. Esto no es un buen augurio para el futuro.
Es evidente que la "buena
gobernabilidad" se vería beneficiada por un cambio en la ortodoxia
económica dominante y por una solución de la crisis de la deuda que sigue
dificultando la recuperación económica en la mayoría de los países de América
Latina. En otras palabras, parecería que la creación de sistemas más eficaces
de autoridad y regulación en la economía global, y nuevos estímulos para el
crecimiento económico en las regiones deprimidas serían condiciones necesarias
que cumplir para la continuidad de la democracia en la región.
CAPITULO VII
REPENSAR LA SOCIEDAD CIVIL
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E |
n la tercera ola de democratización global en
curso, ningún fenómeno ha capturado más vivamente la imaginación de los
académicos, observadores y activistas democráticos como el de la "sociedad
civil". ¿Qué podría ser más conmovedor que las historias de aguerridas
bandas de estudiantes, escritores, artistas, sacerdotes, maestros, obreros y
madres desafiando la duplicidad, la corrupción y la dominación brutal de los
Estados autoritarios?
Sin embargo, el derrocamiento de regímenes
autoritarios a través de oposiciones democráticas movilizadas masiva y
popularmente mediante el “pacifico poder de la gente”, no ha sido la norma. La
mayoría de las transiciones democráticas han sido prolongadas y negociadas (si
no largamente controladas desde arriba por los autoritarios en escena). Con
todo, aún en tales transiciones negociadas y controladas, los estímulos para la
democratización y en particular la presión para concluir el proceso ha
provenido por lo general de la "resurrección de la sociedad civil",
la reestructuración del espacio público y la movilización de toda clase de
grupos independientes y movimientos populares. [38]
Si el renovado interés en la sociedad civil
puede trazar su origen teórico en Alexis de Tocqueville, parece emocional y
espiritualmente en deuda con Jean-Jacques Rousseau por su romantización del
"pueblo" como una fuerza para el bien común, lista para hacer valer
la voluntad democrática contra una pequeña y malvada autocracia. Tales imágenes
de movilización popular son difundidas por el pensamiento contemporáneo en
relación con el cambio democrático en Asia, América Latina, Europa del Este y
África, la amplia movilización de la sociedad civil ha sido y seguirá siendo
una fuente crucial de presión para el cambio democrático.
Los ciudadanos impulsaron su desafío a la
autocracia no solo como individuos sino también como miembros de movimientos
estudiantiles, iglesias, asociaciones profesionales, grupos de mujeres,
sindicatos, organizaciones de derechos humanos, grupos productores, la prensa,
asociaciones civiles, etcétera.
En la actualidad es claro que se debe estudiar
la sociedad civil para comprender el cambio democrático alrededor del mundo.
Sin embargo, dicho estudio provee a menudo una visión unidimensional
peligrosamente engañosa. Entender el papel de la sociedad civil en la
construcción y mantenimiento de la
democracia requiere una conceptualización más compleja y una teoría más
estructurada. La simplista antinomia entre Estado y sociedad civil, encerrada
en una lucha de suma cero, no lo hará. Necesitamos especificar con mayor
precisión qué es y qué no es la sociedad civil, e identificar sus muchas
variaciones en forma y carácter. Necesitamos comprender no solo las diversas
maneras en que puede servir a la democracia, sino también las tensiones y
contradicciones que genera y puede alcanzar. Necesitamos pensar sobre las
características de la sociedad civil que más pueden servir para desarrollar y
consolidar la democracia.
Asimismo, necesitamos formar un cuadro más
realista de los límites de las contribuciones potenciales de la sociedad civil
a la democracia y, por consiguiente, del relativo énfasis que los demócratas deberían
poner en la construcción de la sociedad civil, entre los muchos desafíos de la
consolidación democrática.
1. ¿Qué es
y qué no la Sociedad Civil?
El Concepto de sociedad civil que se concibe en
el presente trabajo de investigación se define
como el espacio de la vida social organizada que es voluntariamente
autogenerada, (altamente) independiente, autónoma del Estado y limitada por un
orden legal o juego de reglas compartidas. Es distinta de "la
sociedad" en general, por cuanto involucra a ciudadanos actuando
colectivamente en una esfera pública para expresar sus intereses, pasiones e
ideas, intercambiar información, alcanzar objetivos comunes, realizar demandas
al Estado y aceptar responsabilidades oficiales del Estado. La sociedad civil
es una entidad intermediaria entre la esfera privada y el Estado. Así, excluye
la vida familiar e individual, la actividad interior de grupo (recreación,
entretenimiento o espiritualidad), las empresas lucrativas de firmas de
negocios particulares y los esfuerzos políticos para controlar el Estado. Los
actores en la sociedad civil necesitan la protección de un orden legal
institucionalizado para preservar su autonomía y libertad de acción. De esta
manera, la sociedad civil no solo restringe el poder del Estado sino que
legitima la autoridad estatal cuando ésta se basa en las reglas de la ley.
Cuando el propio Estado es ilegal y desprecia la autonomía individual y de
grupo, la sociedad civil puede sobrevivir (al menos potencialmente o en forma
disminuida) si sus elementos constitutivos operan de acuerdo con algún conjunto
de reglas compartidas (las cuales, por ejemplo, evitan la violencia y respetan
el pluralismo). Esta es la condición irreductible de su dimensión
"civil".[39]
La sociedad civil comprende un amplio conjunto
de organizaciones, formales e informales. Estas incluyen grupos que son: a)
económicos (asociaciones y redes productivas y comerciales); b) culturales
(asociaciones e instituciones religiosas, étnicas, comunales y de otros tipos
que defienden derechos colectivos, valores, creencias y símbolos); c)
informativos y educativos (dedicados a la producción y divulgación - con o sin
fines de lucro- de conocimiento público, ideas, noticias e información); d) de
interés (diseñadas para promover o defender el funcionamiento común o los
intereses materiales de sus miembros, ya sean trabajadores, veteranos,
pensionados, profesionales, etcétera); e) de desarrollo (organizaciones que
combinan recursos individuales para mejorar la infraestructura, instituciones y
calidad de vida de la comunidad); f) con una orientación específica
(movimientos para la protección del medio ambiente, derechos de la mujer,
reformas agrarias o de protección al consumidor); y g) cívicos (que buscan de
manera no partidista mejorar el sistema político y hacerlo más democrático
mediante el monitoreo de los derechos humanos, la educación del voto y la
movilización, estudios de opinión, esfuerzos contra la corrupción, etcétera).
Asimismo, la sociedad civil comprende "el
mercado ideológico" y el flujo de información e ideas. Esto incluye no
solo a los medios de comunicación independientes sino también a las
instituciones que pertenecen al amplio campo de la cultura autónoma y la
actividad intelectual - universidades, "tanques del pensamiento", casas
editoriales, teatros, compañías de cine y redes artísticas.
Por todo ello, debería ser claro que la
sociedad civil no es una simple categoría residual, sinónimo de
"sociedad" o de algo que no es el Estado o el sistema político
formal. Más allá de ser voluntarias, autogeneradas, autónomas y autorreguladas,
las organizaciones de la sociedad civil son distintas de otros grupos sociales
en varios aspectos. Primero, como se subrayó antes, la sociedad civil tiene que
ver con fines públicos antes que privados. Segundo, la sociedad civil se
relaciona con el Estado de alguna manera pero no tiene como objetivo obtener el
poder formal o la dirección en el Estado. Por el contrario, las organizaciones
de la sociedad civil buscan del Estado concesiones, beneficios, cambios en las
políticas, asistencia, compensaciones o compromiso. Las organizaciones cívicas
y los movimientos sociales que tratan de cambiar la naturaleza del Estado
pueden calificarse como parte de la sociedad civil, si sus esfuerzos tienen
como finalidad el bien público y no un deseo de alcanzar el poder estatal para
el grupo per se. Así, los movimientos pacíficos para la transición democrática
emergen casi siempre de la sociedad civil.
Una tercera característica es que la sociedad
civil implica pluralismo y diversidad. En la medida en que una organización -
como las de tipo religiosas fundamentalistas, étnicas chauvinistas,
revolucionarias o un movimiento milenario- busca monopolizar un espacio
funcional o político en la sociedad, sosteniendo que representa la única vía
legítima, contradice la naturaleza pluralista y orientada al mercado de la
sociedad civil. En relación con esto hay una cuarta distinción: imparcialidad,
que significa que ningún grupo en la sociedad civil busca representar al
conjunto de los intereses de una persona o de una comunidad. Por el contrario,
diferentes grupos representan diferentes intereses.
La sociedad civil es distinta y autónoma no
sólo del Estado y de la sociedad en su conjunto sino también de una cuarta
arena de acción social, la sociedad política (entendida esencialmente como el
sistema de partidos). Organizaciones y redes en la sociedad civil pueden formar
alianzas con los partidos, pero si son atrapados por éstos, o hegemónicos
dentro de ellos, cambian de este modo su actividad primaria hacia la sociedad
política y pierden buena parte de su habilidad para desempeñar ciertas
funciones de mediación y de construcción democrática. Paso a examinar ahora más
detalladamente estas funciones.
La primera y más importante función
democrática de la sociedad civil es proveer "las bases para la limitación
del poder estatal, así como del control del Estado por la sociedad, y
finalmente de las instituciones políticas democráticas como los medios más
efectivos para ejercer ese control."[40]
Esta función tiene dos dimensiones: monitorear y restringir el ejercicio del
poder de los Estados democráticos y democratizar los Estados autoritarios.
Movilizar a la sociedad civil es una de las mejores vías para exponer los
abusos y disminuir la legitimidad de los regímenes no democráticos. Esta
función, desempeñada dramáticamente en muchas transiciones democráticas durante
las dos décadas pasadas, ha catapultado a la sociedad civil que está a la vanguardia
del pensamiento sobre la democracia. Sin embargo, este pensamiento revive la
idea de sociedad civil del siglo XVIII como opuesta al Estado y, como
demostraré, tiene sus peligros si se lleva muy lejos.[41]
La sociedad civil es también un instrumento vital
para limitar el poder de los gobiernos democráticos, vigilar sus potenciales
abusos y violaciones a la ley y someterlos al escrutinio público. Más aún, una
sociedad civil pujante es probablemente más esencial para consolidar y mantener
la democracia que para iniciarla. Pocos desarrollos son más destructivos para
la legitimidad de las nuevas democracias que la creciente y penetrante
corrupción política, particularmente durante períodos de plena reestructuración
económica cuando muchos grupos e individuos son llamados a realizar grandes
sacrificios. Las nuevas democracias después de largos períodos de arbitrariedad
y reglas estáticas, carecen de los medios legales y burocráticos para contener
la corrupción. Sin una prensa libre, robusta e inquisitiva y sin grupos civiles
para presionar por la reforma institucional, es probable que florezca la
corrupción.
Segunda, una vida asociativa rica suple el papel de
los partidos políticos en la estimulación de la participación política,
incrementando la eficacia política y adiestrando a los ciudadanos democráticos
y promoviendo una percepción de las obligaciones así como de los derechos de la
ciudadanía democrática. Para muchos americanos (cerca de la mitad de quienes
votaron en las elecciones presidenciales), esto parece ahora tan sólo una
típica homilía. Hace un siglo y medio, sin embargo, la participación voluntaria
de los ciudadanos en toda clase de asociaciones fuera del Estado impresionó a
Tocqueville como un pilar de la cultura democrática y de la vitalidad económica
en el joven Estados Unidos: las "asociaciones voluntarias pueden, por lo
tanto, ser consideradas como grandes escuelas libres, donde todos los miembros
de la comunidad van a aprender la teoría general de la asociación".[42]
Tercera. La sociedad civil también puede ser una arena
crucial para el desarrollo de otros atributos democráticos, tales como la
tolerancia, la moderación, la voluntad de compromiso y el respeto a las
posiciones opuestas. Estos valores y normas se hacen más estables cuando
emergen de la experiencia y cuando la participación organizativa en la sociedad
civil provee una práctica importante en la defensa y la contestación políticas.
Asimismo, muchas organizaciones cívicas (como la Conciencia, una red de
organizaciones de mujeres que comenzó en Argentina y se ha extendido a otros 14
países latinoamericanos) están trabajando directamente en las escuelas y entre
grupos de ciudadanos adultos para desarrollar estos elementos de cultura
democrática a través de programas interactivos que demuestran las dinámicas
para alcanzar el consenso en un grupo, la posibilidad del debate respetuoso
entre puntos de vista en competencia y los medios por los cuales la gente puede
cooperar para resolver los problemas de sus propias comunidades.[43]
Una cuarta forma en que la sociedad
civil puede servir a la democracia es creando otros canales distintos a los
partidos políticos, para la articulación, agregación y representación de intereses.
Esta función es particularmente importante para proporcionar a los grupos
tradicionalmente excluidos -tales como mujeres y minorías raciales o étnicas-
acceso al poder que les ha sido negado en los "escalones superiores
institucionales" de la política formal. Incluso donde (como en Sudamérica)
las mujeres han jugado, mediante varios movimientos y organizaciones, papeles
prominentes en la movilización contra el régimen autoritario, las políticas
democráticas y el gobierno después de la transición se han revertido por lo
general a los anteriores patrones excluyentes.
En Europa del Este existen muchos signos de
deterioro en el estatus político y social de las mujeres después de la
transición. Solamente con una presión sostenida y organizada desde abajo, en la
sociedad civil, puede avanzar la igualdad política y social, y puede
profundizarse así la calidad, responsabilidad y legitimidad de la democracia.[44]
La sociedad civil provee una fundación
especialmente fuerte para la democracia y la gobernabilidad cuando genera
oportunidades para la participación e influye en todos los niveles del
gobierno, incluyendo el nivel local. Históricamente marginado, el nivel local
es el más capaz para afectar la política pública y desarrollar un sentido de
eficacia así como de destreza política. La democratización del gobierno local
va de esta manera de la mano con el desarrollo de la sociedad civil, como una
condición importante para la profundización de la democracia y la
"transición del clientelismo a la ciudadanía" en América Latina, así
como en el mundo en desarrollo y en el poscomunista.[45]
Quinta, una sociedad civil ricamente pluralista, en
particular en una economía relativamente desarrollada, tenderá a generar un
amplio rango de intereses que pueden separar, y mitigar así, las principales
polaridades del conflicto político. Conforme las nuevas organizaciones de base
y movimientos sociales emergen, diseñan juntos nuevas formas constitutivas que
cruzan a lo largo de líneas de conflicto regionales, religiosas, étnicas o
partidistas. En las dictaduras comunistas derrocadas (y en otras) y en la
movilización por la democracia, estas nuevas formaciones pueden generar un
moderno tipo de ciudadanía que trascienda las divisiones históricas y contenga
el resurgimiento de incipientes impulsos nacionalistas. En la medida en que los
individuos tienen múltiples intereses y pertenecen a una amplia variedad de
organizaciones para perseguir y desarrollar estos intereses, tenderán a
asociarse con diferentes tipos de gente que tiene intereses y opiniones
políticas divergentes. Esta actitud tenderá a suavizar la militancia de sus
propias posiciones, genera una perspectiva política más amplia y sofisticada y,
por consiguiente, estimula la tolerancia a las diferencias y una mayor disposición
al compromiso.
Una sexta función de una sociedad civil
democrática es reclutar y entrenar a nuevos líderes políticos. En algunos
casos, este es un propósito deliberado de las organizaciones cívicas. La
Fundación Evelio B. Javier en Filipinas, por ejemplo, ofrece programas de
entrenamiento a las bases no partidistas para ser electos candidatos y
oficiales en el ámbito local y estatal, enfatizando no sólo las aptitudes
técnicas y administrativas sino también las pautas normativas de
responsabilidad y transparencia públicas.[46]
Más aún, el reclutamiento y entrenamiento son simplemente un resultado a largo
plazo del funcionamiento exitoso de las organizaciones de la sociedad civil en
la medida en que sus líderes y activistas ganan la destreza y la autoconfianza
que los califica para servir en el gobierno y en los partidos políticos.
Aprenden como organizar y motivar a la gente, a debatir temas, a conseguir
fondos, hacer presupuestos, publicitar programas, administrar grupos, conseguir
apoyos, negociar acuerdos y construir coaliciones. Al mismo tiempo, trabajan a
nombre de sus representados, o de lo que ellos consideran es de interés
público, y su articulación de alternativas de políticas claras y competentes
puede hacerles ganar un extenso grupo de seguidores políticos. Por lo tanto,
grupos de interés, movimientos sociales y esfuerzos comunitarios de varios
tipos pueden entrenar, fortalecer y confiar en que el público advierte un mayor
(y más representativo) conjunto de potenciales nuevos líderes políticos que
puede ser reclutados por otra parte por los partidos políticos. Dada la
tradicional dominación de los hombres en los círculos del poder, la sociedad
civil es una base particularmente importante para el entrenamiento y
reclutamiento de mujeres (y miembros de otros grupos marginados) en posiciones
del poder político formal. Ahí donde el reclutamiento de nuevos líderes
políticos dentro de los partidos políticos establecidos se ha reducido o
estancado, esta función de la sociedad civil puede jugar un papel crucial para
revitalizar la democracia y renovar su legitimidad.
Séptima, muchas organizaciones cívicas tienen
propósitos explícitos de construir la democracia que van más allá del
entrenamiento del liderazgo. Los esfuerzos no partidistas de monitoreo electoral
han sido críticos para desterrar el fraude, aumentar la confianza del votante,
afirmar la legitimidad del resultado o para, en algunos casos (Panamá en 1989),
demostrar una victoria de la oposición a pesar del fraude gubernamental. Esta
función es particularmente crucial en elecciones fundantes como aquellas que
iniciaron la democracia en Chile y Nicaragua. Institutos y "tanques del
pensamiento" democráticos están trabajando en varios países para reformar
el sistema electoral, democratizar los partidos políticos, descentralizar y
abrir el gobierno, fortalecer la legislación e incrementar la responsabilidad
del gobierno. Y aún después de la transición, organizaciones de derechos
humanos continúan jugando un papel vital en la búsqueda de reforma legales y
judiciales, en la mejora de las condiciones carcelarias y en el logro de un
mayor respeto institucional a las libertades individuales y los derechos de las
minorías.
Octava, una vigorosa sociedad civil difunde una
información considerable, ayudando así a los ciudadanos en el logro y defensa
colectivos de sus intereses y valores. Mientras que los grupos de la sociedad
civil pueden prevalecer algunas veces temporalmente a fuerza de actos simples
(huelgas y demostraciones), generalmente no pueden ser efectivos para responder
a las políticas del gobierno o para defender sus intereses a menos que estén
bien informados. Esto es aún más cierto en debates sobre políticas militares y
de seguridad nacional, donde civiles en países en desarrollo han adolecido por lo
general del más elemental conocimiento. Una prensa libre es solo un vehículo
para proporcionar al público un buen número de noticias y perspectivas
alternas. Las organizaciones independientes pueden también dar a los ciudadanos
información importante sobre las actividades del gobierno que no depende de lo
que el gobierno dice que está haciendo. Esta es una técnica vital de las
organizaciones de derechos humanos: al contradecir la historia oficial hacen
más difícil de cubrir la represión y los abusos del poder.
La difusión de nueva información e ideas es
esencial para lograr la reforma económica en una democracia, y esta es una novena
función que la sociedad puede jugar. Mientras que las políticas económicas de
estabilización deben ser implementadas por lo general de manera rápida, forzada
y unilateral por los ejecutivos electos en situaciones de crisis, las reformas
económicas más estructurales - privatización, liberalización industrial y
financiera- parecen ser más sustentables y de largo plazo (o en muchos países
poscomunistas, solo factibles) cuando se persiguen mediante los procesos
democráticos.
Una reforma económica exitosa requiere el apoyo
de coaliciones políticas en la sociedad y la legislación. Tales coaliciones no
son espontáneas; deben ser creadas. Aquí el problema no es tanto la escala, la
autonomía y los recursos de la sociedad civil sino su distribución a través de
intereses. Intereses viejos y establecidos que se resisten a perder por la
reforma tienden a organizarse en formaciones tales como sindicatos y redes de
sectores estatales, que incluyen a las autoridades de las empresas estatales o
a los propietarios de industrias favorecidas para controlar a los jefes de los
partidos. Estos son precisamente los intereses que se niegan a desaparecer por
las reformas económicas que cierran las industrias ineficientes, reducen la
intervención estatal y abren la economía a una mayor competencia nacional e
internacional. Los intereses más nuevos y difusos que pretenden ganar con la
reforma - por ejemplo, agricultores, pequeños empresarios y consumidores-
tienden a estar débilmente organizados y escasamente informados acerca de como
las nuevas políticas terminarán por afectarlos. En América Latina, nuevos
actores en la sociedad civil - tales como "tanques del pensamiento sobre
políticas económicas, cámaras de comercio, escritores, periodistas,
comentaristas y productores de televisión- han comenzado a traspasar las
barreras de la información y la organización, movilizando apoyos para (y
neutralizando las resistencias a) las reformas políticas.
Finalmente, hay una décima función de la
sociedad civil -a la cual ya me he referido- que se deriva del éxito de la
novena. La "libertad de asociación", reflexionaba Tocqueville, puede,
"después de haber agitado a la sociedad por algún tiempo,... fortalecer al
final al Estado."[47]
Al incrementar la responsabilidad, la capacidad de respuesta, la inclusividad,
la efectividad y, por consiguiente, la legitimidad del sistema político, una
sociedad civil vigorosa proporciona a los ciudadanos respeto para el Estado y
un compromiso positivo con él. Al final, esto aumenta la habilidad del Estado
para gobernar y para obtener obediencia voluntaria de sus ciudadanos y de hecho
la Gobernabilidad democrática. Asimismo, una vida asociativa rica puede hacer
más que las simples demandas al Estado; puede también multiplicar las
capacidades de los grupos para mejorar su propio bienestar, independientemente
del Estado. Esfuerzos de desarrollo efectivos pueden contribuir de esta manera
a aligerar la carga de expectativas puestas en el Estado y a disminuir así los
intereses de los políticos, especialmente en el ámbito nacional.
No todas las sociedades civiles y las
organizaciones de la sociedad civil tienen el mismo potencial para desempeñar
las funciones para la construcción y mantenimiento de la democracia mencionadas arriba. Su habilidad para hacerlo
depende de varias características de su estructura interna y carácter.
Una de estas características tiene que ver con
los objetivos y métodos de los grupos en la sociedad civil. Las oportunidades
para desarrollar democracias estables aumentan significativamente si la
sociedad civil no contiene grupos de interés maximalistas y no comprometidos o
grupos con fines y métodos antidemocráticos. En la medida en que un grupo busca
conquistar el Estado o a otros competidores, o rechaza las reglas de la ley y
la autoridad del Estado democrático, no es en absoluto un componente de la
sociedad civil, pero sí puede hacer mucho daño a las aspiraciones democráticas.
Grupos de interés poderosos empujan a los partidos hacia promesas políticas
populistas y extremas, polarizando el sistema de partidos, y posibilitan en
mayor medida la represión estatal que puede tener un carácter amplio e
indiscriminado, debilitando o radicalizando los elementos más democráticos de
la sociedad civil.
Una segunda característica importante de la
sociedad civil es su nivel de institucionalización organizacional. Al igual que
los partidos políticos, los grupos de interés institucionalizados contribuyen a
la estabilidad, predictibilidad y gobernabilidad de un régimen democrático. Ahí
donde los intereses están organizados de una manera estructurada y estable, se
facilitan las negociaciones y el crecimiento de redes cooperativas. Las fuerzas
sociales no enfrentan el continuo costo de establecer nuevas estructuras. Y si
la organización espera continuar operando en la sociedad durante un período
ininterrumpido, sus líderes tendrán mayor razón para comprometerse y
responsabilizarse con los grupos que la constituyen, y pueden lograr así un
mayor alcance de los intereses de grupo y de sus objetivos de políticas, más
que buscando maximizar los beneficios inmediatos de una manera irresponsable.
Tercera, el propio carácter internamente
democrático de la sociedad civil afecta el grado en el cual puede socializar a
los participantes en formas de conducta democráticas -o antidemocráticas. Si
los grupos y organizaciones que forman la sociedad civil funcionan como
"grandes escuelas libres" para la democracia, deben funcionar
democráticamente en sus procesos internos de decisión-elaboración de políticas
y de selección de liderazgo. Constitucionalismo, representación, transparencia,
responsabilidad y rotación de líderes electos dentro de asociaciones autónomas
incrementarán en gran medida la habilidad de esas asociaciones para inculcar
tales valores democráticos y prácticas en sus miembros.
Cuarta, entre más pluralista se vuelve la
sociedad civil sin fragmentarse, más benéfica será la gobernabilidad
democrática. Algún grado de pluralismo es necesario por definición para la
sociedad civil. El pluralismo ayuda a los grupos en la sociedad civil a
sobrevivir y los impulsa a aprender a cooperar y negociar entre sí. El
pluralismo dentro de un sector dado, como los derechos humanos o laborales,
tiene varios efectos benéficos adicionales. Uno de ellos es que hace a ese
sector menos vulnerable (pensando en el posible costo de debilitamiento en su
poder de negociación); la pérdida o represión de una organización no significa
el fin de toda representación organizada. La competencia puede también
contribuir a asegurar la responsabilidad y representatividad, proporcionando a
los miembros la posibilidad de cambiarse a otras organizaciones si la suya no
cumple con estos requisitos.
Finalmente, la sociedad civil sirve mejor a la
gobernabilidad y por ende a la democracia cuando es compacta, proporcionando
oportunidades individuales para participar en diversas asociaciones y redes
informales en múltiples niveles de la sociedad. Entre más asociaciones existan
en la sociedad civil, es más probable que éstas desarrollen agendas
especializadas y propósitos que no buscan acaparar las vidas de sus miembros en
todo su marco organizativo. Muchas membresías tienden también a reflejar y
reforzar patrones de fracturas ya superados.
A la lista anterior de funciones democráticas
de la sociedad civil debemos añadir algunas previsiones importantes. Para
comenzar, las asociaciones y los medios de comunicación pueden desempeñar sus
papeles de constructores y mantenedores de la democracia solo si tienen cuando
menos alguna autonomía del Estado en su financiamiento, operaciones y situación
legal. Más específicamente, existen formas marcadamente diferentes de organizar
la representación de intereses en una democracia.
Los sistemas pluralistas abarcan
"asociaciones de interés múltiples, voluntarias, competitivas, no
jerárquicamente ordenadas y autodeterminadas... las cuales no están
especialmente autorizadas, reconocidas, subsidiadas, creadas o controladas por
el Estado". Los sistemas corporativos, en contraste, tienen
"asociaciones de interés singulares, no competitivas, jerárquicamente ordenadas
y divididas sectorialmente, que ejercen el monopolio de la representación y
aceptan (de jure o de facto) limitaciones gubernamentales impuestas en el tipo
de líderes que eligen y en los fines y la intensidad de las demandas que
rutinariamente elevan al Estado."[48]
Algunos países del norte de Europa han operado un sistema corporativo de
representación de intereses al tiempo que funcionan exitosamente como
democracias (a veces incluso mejor, económica y políticamente, que sus
contrapartes pluralistas). Pese a que los acuerdos corporativos están
erosionados en muchas democracias establecidas, existen importantes diferencias
en el grado en que los grupos de interés son competitivos, pluralistas,
compartimentalizados, jerárquicamente ordenados, etcétera.
Mientras que los pactos de estilo corporativo o
contratos entre el Estado y asociaciones de interés de elite pueden contribuir
a una dirección macroeconomica estable, los acuerdos corporativos ponen una
seria amenaza a la democracia en regímenes en transición o de nueva creación.
El riesgo aparece mayor en países con una historia de Estado corporativista
autoritario -tales como México, Egipto e Indonesia-, donde el Estado ha creado,
organizado, autorizado, fundado, subordinado y controlado a los grupos de
"interés" (y también a la mayoría de los medios de comunicación que
oficialmente no son de su propiedad y control), con una perspectiva de
cooptación, represión y dominación más que de articular un pacto. En contraste,
la transición a una forma democrática de corporativismo "parece depender
mucho del pasado liberal-pluralista," el cual está ausente en muchos
Estados en desarrollo y poscomunistas[49].
Un nivel bajo de desarrollo económico o la
ausencia de una economía de mercado plenamente funcional aumenta el peligro de
que el corporativismo sofoque a la sociedad civil aún dentro de un marco
formalmente democrático, pues solo existen unos cuantos recursos autónomos así
como pocos intereses organizados en la sociedad.
Mediante la cooptación, agotamiento o estrechamiento
de las fuentes más serias de potencial desafío a su dominación (y minimizando
así la cantidad de represión que tiene que emplearse), un régimen corporativo -
estatal puede alcanzar una vida autoritaria más larga. Tales regímenes, sin
embargo, caen eventualmente bajo la presión de fuerzas sociales, económicas y
demográficas.
Un desarrollo socioeconómico exitoso, como en
México e Indonesia, produce una profusión de auténticos grupos de la sociedad
civil que demandan libertad política bajo la ley.
Alternativamente, la decadencia social y
económica, junto con la corrupción política masiva, debilita el dominio del
Estado corporativo-autoritario, socava la legitimidad de sus asociaciones
patrocinadoras, y puede dar paso a movimientos revolucionarios como los
surgidos en Perú (Sendero Luminoso), México (EZLN), Colombia (FARC E.P y ELN)
ecc. , los cuales prometen la redención popular a través de una nueva forma de
Estado hegemónico.
Sin embargo, la autonomía social puede ir
demasiado lejos, incluso para los propósitos de la democracia. La necesidad de
límites en la autonomía es una segunda precaución que, junto con la primera,
crea una mayor tensión en el desarrollo democrático. Una sociedad civil
hiperactiva, confrontadora e implacablemente demandante puede abrumar a un
Estado débil y socavado por la diversidad y magnitud de sus demandas, dejando
poco en el camino para un verdadero sector "público" interesado en el
bienestar social. El propio Estado debe tener suficiente autonomía, legitimidad,
capacidad y apoyo para mediar entre varios grupos de interés y equilibrar sus
reclamos. Este es un dilema de particular presión para nuevas democracias que
buscan implementar reformas económicas necesarias de cara a una fuerte
oposición de los sindicatos, pensionados y de la burguesía protegida por el
Estado, por lo que las fuerzas controversiales en la sociedad civil deben ser
educadas y movilizadas, como ya se argumentó.
En muchas democracias nuevas existe un profundo
problema, que resulta de los orígenes de una sociedad civil profundamente
enojada e incluso enérgica en contra de un Estado abusivo y decadente. Este
problema es lo que el economista camerunés Célestin Monga llama el
"déficit civil":
Esta desventaja cívica apunta a una tercera precaución
mayor con respecto al valor positivo de la sociedad civil para la democracia.
La sociedad civil debe ser autónoma del Estado, pero no alienada respecto a él.
Debe ser vigilante pero respetuosa de la autonomía estatal. La imagen de una
sociedad civil noble, vigilante y organizada que observa en todo momento los
abusos de un Estado que solo sirve a sí mismo, que preserva un simple
desprendimiento de su abrazo corrupto, es altamente romántica y de poca
utilidad en la construcción de una democracia viable.
Una cuarta precaución se refiere
al papel de los políticos. Los grupos de interés no pueden substituir a los
partidos políticos coherentes con bases de apoyo popular extensas y
relativamente fuertes. Para los grupos de interés no es posible agregar
intereses tan extensos a través de grupos sociales y acciones políticas como
hacen los partidos políticos. No puede tampoco proporcionar la disciplina
necesaria para formar y mantener gobiernos y aprobar la legislación. A este
respecto (y no solamente éste), se puede cuestionar la tesis según la cual una
sociedad civil fuerte es estrictamente complementaria a las estructuras
políticas y estatales de la democracia. En la medida en que los grupos de
interés dominan, enervan o excluyen a los partidos políticos como vehículos y
agregadores de intereses, pueden presentar un problema para la consolidación
democrática. Según la famosa tesis de Barrington Moore, "Sin burguesía no
hay democracia," podemos añadir un corolario: "sin un sistema de partidos
coherente, no hay democracia estable". Y en una época en la que los medios
electrónicos, la creciente movilidad y la profusión y la fragmentación de
intereses privados están debilitando las bases organizacionales para partidos y
sistemas de partido fuertes, esto es algo de lo que los demócratas de cualquier
lugar necesitan preocuparse.
En
efecto, una generalización más fuerte y extensa parece estar garantizada: el
factor más importante y urgente en la consolidación de la democracia no es la
sociedad civil sino la institucionalización política. La consolidación es el
proceso por el cual la democracia se amplía y se legitima profundamente entre
los ciudadanos al grado de que se dificulta su caída. La consolidación implica
cambios de conducta e institucionales que normalizan las políticas democráticas
y disminuyen su incertidumbre.
Esta
normalización requiere la expansión de vías de acceso ciudadanas, el desarrollo
de una ciudadanía y cultura democráticas, la ampliación del reclutamiento y
entrenamiento del liderazgo, y otras funciones que la sociedad civil desempeña.
Pero sobre todo, y más urgentemente, requiere institucionalización política.
A pesar de su impresionante capacidad para
sobrevivir años (en algunos casos, una década o más) de disenso social e
inestabilidad y decadencia económicas, muchas democracias nuevas en América
Latina, colapsarán probablemente en el mediano plazo a menos que puedan reducir
sus ínfimos niveles de pobreza, iniquidad e injusticia social y, a través de reformas
orientadas al mercado, puedan establecer las bases para un crecimiento
sostenido. Para estos y otros desafíos políticos, no solamente son necesarios
partidos políticos fuertes sino también instituciones estatales efectivas.
Estos no garantizan políticas geniales y efectivas, pero al menos aseguran que
el gobierno será capaz de elaborar e implementar políticas de cierto tipo,
preferibles a las que simplemente pisotean, son impotentes o están en punto
muerto.
Se necesitan instituciones políticas robustas
para complementar la reforma económica bajo condiciones democráticas. Solo
cuando son fuertes, tienen autoridades bien estructuradas, se apoyan en
expertos hasta cierto punto aislados de las presiones diarias de los políticos,
es posible la implementación de medidas reformistas dolorosas y disruptivas.
Sistemas de partido estables y agregativos (es decir, no volátiles o
fragmentados), en los cuales uno o dos partidos fuertemente establecidos
obtienen mayorías electorales, están en mejor posición para resistir estrechos
intereses sectoriales y de clase y para mantener la continuidad de las reformas
económicas a través de las sucesivas administraciones. Legislaciones efectivas
pueden algunas veces obstruir las reformas, pero si están compuestas de partidos
fuertes y coherentes, con tendencias centristas, terminarán haciendo más para
reconciliar la democracia y las reformas económicas, proporcionando una base
política de apoyo y algunos medios para absorber y mediar las protestas
sociales.
Finalmente, sistemas judiciales autónomos,
profesionales y bien constituidos son indispensables para asegurar el imperio
de la ley.
Estas precauciones son moderadas, pero no
nulifican mi tesis principal. La sociedad civil puede, y por lo general debe,
jugar un importante papel en la construcción y consolidación de la democracia.
Su papel no es decisivo o el más importante, al menos inicialmente. Sin
embargo, entre más la sociedad civil sea activa, plural, con recursos,
institucionalizada y democrática, y entre más efectiva sea para equilibrar las
tensiones en sus relaciones con el Estado - entre autonomía y cooperación,
vigilancia y lealtad, escepticismo y confianza, dogmatismo y civilidad- es más
probable que surja y se afirme la democracia.
CAPITULO VIII
LOS ELEMENTOS BÁSICOS DE LA GOBERNABILIDAD
Y DE LA SOCIEDAD CIVIL
|
E |
n el
contexto en el cual se sitúan este trabajo de investigación, el concepto de
"Gobernabilidad" se refiere específicamente a la dimensión económica y social de la gestión pública, en la cual
se le atribuye al Estado una responsabilidad clave en la conducción general de
la economía y en el desarrollo integral, sustentable y equitativo de la
sociedad. En el mismo orden de ideas, se reconoce también que el sector público
debe ser eficiente en sus políticas económicas y sociales, no sólo debido a su
responsabilidad en la consolidación de la estabilidad democrática, sino también
porque necesita legitimarse como interlocutor válido en materia de acceso a los
recursos multilaterales, sin que ello signifique introducir condicionalidades
de tipo político[50].
Esta
concepción, que se podría calificar de "regional", tiene mayor alcance que la concepción
estadounidense del término governance,
por lo general asociado a la calidad de la gestión de un gobierno determinado,
e incluso, en los orígenes del término en los años 40, a la capacidad de
mantener la estabilidad económica[51].
Por consiguiente, las diferencias entre
"buen gobierno" el lenguaje político de América Latina, y governance en la concepción
estadounidense son más que semánticas: "(...) governance quiere decir buen desempeño
gubernamental en el sentido de sensibilidad frente a las demandas y eficiencia
administrativa y gerencial. También transparencia y accountability
(responsabilidad ante la sociedad por los actos del gobierno); en cambio,
gobernabilidad es una situación de los sistemas complejos que supone la
autorreproducción del sistema."[52]
Cabe recordar
que, hasta una fecha reciente, es la concepción estadounidense la que ha
predominado en la definición de la política de las instituciones
internacionales en materia de governance;
pero como se mencionará más adelante, la concepción más amplia de "buen
gobierno" parece consolidarse en dichas instituciones, en particular
gracias a la creciente atención prestada al fortalecimiento de la sociedad
civil en sus actividades.
En el
conjunto de elementos que conforman un "buen gobierno", y en un
contexto de consolidación del sistema democrático, el papel de la sociedad civil es fundamental, no sólo desde el
punto de vista estrictamente político, sino también en la dimensión económica y
social de governance (entendida en el
sentido amplio señalado anteriormente).
En
efecto, es la sociedad civil la que
puede retroalimentar e impulsar al gobierno en sus estrategias, mediante el
consenso indispensable a la estabilidad democrática: "es necesario que la sociedad en sus distintos ámbitos y niveles
conozca sus opciones y las consecuencias de determinadas acciones políticas,
sociales o económicas, y sobre todo que pueda decidir si tales consecuencias
son deseables o no (...) en esencia, de lo que se trata es de elevar la calidad
del gobierno mediante el incremento de la capacidad de autogobierno de la
propia sociedad."[53]
El
concepto de "participación
popular" es el resultado de estas ideas sobre el papel de la sociedad
civil. Los mecanismos de participación popular representan el instrumento
práctico que le permite a la sociedad civil funcionar como soporte fundamental
del "buen gobierno": es a través de la participación que la sociedad
civil logra canalizar sus necesidades hacia las autoridades estatales.
Al igual
que para el concepto de "buen gobierno" no existe una definición única y satisfactoria ni de "sociedad
civil", ni de "participación popular o ciudadana". Le
corresponde a cada sistema democrático definir el modelo más acorde con sus
necesidades internas, considerando que "al
defender un concepto de ciudadanía se está defendiendo implícitamente una
estructuración básica social, política y cultural determinada, un tipo de
relación vertical y horizontal de la sociedad específica."[54]
La ausencia de un modelo aplicable de manera uniforme a todas las sociedades
plantea dificultades en el ámbito de la cooperación internacional que se pueda
prestar en esta materia, como se comentará más adelante.
Pero al
margen de las diversas opiniones que puedan expresarse en torno al contenido
preciso de los términos "sociedad civil" y "participación",
parece clara su indisoluble vinculación con la gobernabilidad democrática. Resulta fácil demostrar este vínculo
razonando a contrario: en los regímenes totalitarios, la sociedad civil
es débil precisamente porque no se toleran disidencias.
La
participación popular puede revestir distintas formas. Un autor distingue tres
formas principales[55]
la que se concreta por la vía electoral, la que recurre a las normas e
instituciones jurídicas, y la que
utiliza las organizaciones locales - siendo esta última modalidad la que
nos interesa en el contexto de estas reflexiones, y haciendo referencia a las
organizaciones de carácter local o nacional, es decir, plenamente identificadas
con los intereses de la población y "orientadas hacia la acción"[56].
En todas las latitudes, el fenómeno de la multiplicación de organizaciones de
la sociedad civil es uno de los factores de cambio social más relevante:
algunos lo califican de "revolución" en las estructuras de poder,
comparable al surgimiento del Estado-Nación en el siglo pasado. [57]
Por su
carácter local y descentralizado, estas organizaciones tienen, por lo general,
capacidad para identificar las necesidades específicas, por ejemplo en materia
de servicios sociales; también logran buenos resultados en el manejo de los
recursos (demostrando un alto nivel de ownership
en la ejecución de proyectos) y son, a la vez, un complemento y una
consecuencia de los procesos de descentralización y autonomía local que se
adelantan en los países de América Latina y el Caribe.
Además de
su capacidad de cumplir con varias tareas de desarrollo social y económico,
algunos autores le atribuyen a la participación de organizaciones de la
sociedad civil la capacidad de
contribuir a reducir las desigualdades generadas por el racismo, la
pobreza, o el género[58].
Sin
embargo, a estos aspectos sin duda positivos de la participación de la sociedad
civil hay que añadir algunos riesgos o inconvenientes: en efecto, el hecho de
que haya participación de organizaciones locales en un proceso de toma de
decisiones no forzosamente garantiza la transparencia del proceso.
El
problema de la participación de los sectores más pobres de la población se
inserta en este contexto: a las políticas para la erradicación de la pobreza,
los gobiernos de América Latina y el Caribe añaden la preocupación por integrar
esos sectores a la sociedad civil y por dotarlos de medios de participación
efectivos y adecuados a sus necesidades. El reto consiste en cambiar una
mentalidad muy arraigada en la región de que los estratos sociales más
vulnerables no están en capacidad de participar plenamente en la vida económica
y social, y que su papel se limita a ser receptores pasivos de las iniciativas
de asistencia. En este sentido, superación
de la pobreza y participación popular son dos caras de la misma medalla: "la superación de la pobreza está
vinculada por una parte a la capacidad de la sociedad y de los mismos pobres de
transformar sus necesidades en demandas que interactúen en el sistema político,
y por otra, a una expansión de la cultura de la solidaridad."[59]
La
sociedad civil también tiene un papel importante que cumplir en lo que respecta
al sano funcionamiento del mercado,
en particular en los países en desarrollo, donde los mecanismos legales e
institucionales de regulación de la competencia y de protección del consumidor
son aún incipientes o incluso inexistentes. Las organizaciones vecinales o de
consumidores pueden suplir, al menos en parte, a las fallas tanto del Estado
como del mercado.
En
síntesis, y al margen de las necesidades económicas y sociales de cada uno de
los países en desarrollo, la concreción del "buen gobierno" pasa por
el logro del adecuado equilibrio entre
el aparato estatal, el mercado, y la sociedad civil[60].
Es la interacción entre estos tres actores la que conforma un triángulo
determinante para el desarrollo integral, es decir, para un "buen
gobierno".
En
efecto, cualquiera sea la definición adoptada, parece haber consenso -no sólo en
América Latina, sino en todos los países en desarrollo- en la importancia de
que sean los propios países los que definan cómo instrumentar los conceptos de "buen gobierno" y
sociedad civil, evitando la aplicación de modelos uniformes elaborados en
"laboratorios académicos" ajenos a la realidad local.
En este sentido, pareciera haber consenso en
que la instrumentación práctica de estos conceptos es más relevante que su
definición teórica. Por consiguiente el
debate debería centrarse en las acciones que los países en desarrollo,
consideran necesarias a efectos de su concepción del "buen gobierno"
y del fortalecimiento de la sociedad civil.
CAPITULO IX
LA GOBERNABILIDAD, LA
SOCIEDAD CIVIL Y LA DEMOCRACIA
|
U |
n informe reciente del Banco Mundial refleja los
programas que en los últimos años han recibido apoyo bajo el encabezamiento de
"buena gobernabilidad". Se ha destinado los recursos fundamentalmente
a mejorar la administración pública (incluyendo la reforma del funcionariado ),
a generalizar la contabilidad y las auditorías, a apoyar la descentralización
de determinados servicios públicos y a establecer una infraestructura legal y
judicial coherente con la industria privada en los países del tercer mundo o en
vías de desarrollo como se les ha dado por llamar. En América Latina, la ayuda
a la privatización de las empresas estatales ha absorbido el grueso de todos
los recursos destinados a una "buena gobernabilidad".[61]
Se trata de programas diseñados no sólo para
reducir el tamaño del Estado y hacerlo más eficaz, sino también para desplazar
el equilibrio de poder en la sociedad desde los gobiernos y el sector público a
los individuos y grupos privados. En los círculos del desarrollo neoliberal, se
ha llegado a identificar este tipo de reforma institucional no sólo con la
"buena gobernabilidad" sino, más ambiciosamente, con la promoción de
la democracia. Se ha insistido en repetidas ocasiones en el argumento de que el
impulso global de las políticas macroeconómicas de libre mercado, descentralización
y privatización abriría nuevas vías para la independencia, el espíritu
empresarial y la participación. En ese proceso, la sociedad civil saldría
fortalecida y preparada para reformar a los gobiernos insensibles o poco
transparentes en su gestión.
Así, en la retórica de las instituciones
financieras internacionales el vínculo entre reforma del libre mercado, buena
gobernabilidad, democracia y "sociedad civil" era sólido. Pero, en
realidad, la capacidad de los bancos multilaterales de apoyar a las organizaciones
de voluntariado o promover la democracia era escasa. Precisamente debido a la
prohibición de intervenir en los asuntos internos de los países miembros,
resultaba difícil canalizar los fondos hacia organizaciones no gubernamentales.
Por otro lado, muchas de estas organizaciones no querían tener trato alguno con
los artífices de la reestructuración económica del libre mercado.
Los organismos bilaterales de la América
Latina, no obstante, pudieron aventurarse mucho más en la esfera política y
apoyaron a numerosos grupos de la sociedad civil. También fueron capaces de
desarrollar un programa que vinculaba su ayuda a la trayectoria del gobierno
receptor en materia de respeto de los derechos humanos. De esta manera,
aumentarían las posibilidades de que en varios países del Tercer Mundo cobrara
auge una política de democratización. Esto se traducía en diversas formas de
"condicionalidad política" cuyas implicaciones son demasiado
complejas de analizar detalladamente en este momento.
De esta manera, la "buena gobernabilidad"
en el mundo menos desarrollado, promovida por organismos financieros
bilaterales y por numerosos grupos no gubernamentales de los países de América
Latina (que a menudo desembolsaban los fondos de las entidades donantes)
adquirió un significado mucho más amplio que el que solían darle las
instituciones internacionales de crédito. Y esto resultó ser un aspecto
decisivo en los esfuerzos para mejorar la capacidad organizativa de la
población y para la administración de sus propios asuntos de forma creativa en
muchos países del Tercer Mundo.
No es necesario explayarse sobre la importancia
crítica de las organizaciones no gubernamentales y del despertar de la
"sociedad civil" en la lucha por la democracia que caracteriza el
final del siglo XX. Es indudable que en todo el mundo las personas están
inmersas en un proceso de reflexión sobre las características del buen
gobierno, y que han experimentado, en un sentido más amplio, nuevas formas de
cooperación en numerosos ámbitos de interés común.
La referencia a la "gobernabilidad"
en este contexto ensancha los límites de la discusión y amplía el espectro de
alternativas que se puede contemplar ante problemas que los gobiernos no
necesariamente podrán solucionar actuando aisladamente.
Sin embargo, es importante señalar que entre
los influyentes subsectores de las instituciones del desarrollo (aquellos que
más se han comprometido con la ortodoxia del libre mercado), el concepto de
"sociedad civil" (tan estrechamente imbricado en el discurso sobre la
"buena gobernabilidad") ha sido utilizado de maneras que bien podrían
debilitar las bases de la democracia, en lugar de fortalecerlas. Esto es lo que
sucede, por ejemplo, cuando la importancia dada a la "sociedad civil"
sirve para plantear falsas oposiciones entre "el pueblo" y "el
Estado". Esto transmite la impresión de que una sociedad civil fuerte
requiere un gobierno débil, o de que éste necesariamente oprime a aquélla. Es
lo que sucede en el caso de entornos políticos sumamente autoritarios. Pero en
los otros casos, un discurso antiestatal agresivo para promover la causa de la
"sociedad civil" no hará sino minar ámbitos esenciales de la
responsabilidad cívica basada en conceptos como "la esfera pública" y
"el bien común".
Asimismo, con demasiada frecuencia se ha
utilizado "sociedad civil" como un eufemismo que oculta privaciones y
desmovilización. Dado que la crisis económica sigue afectando América Latina,
se exige a sus poblaciones cargar con un pesado fardo. Para conservar un nivel
de vida mínimo, la gente crea organizaciones de barrio, administra comedores
populares o dedica parte de su tiempo a centros locales de salud o de atención
a la infancia. Se trata de actividades necesarias, y merecen todo el apoyo que
los grupos con más recursos puedan proporcionar. De hecho, una parte
significativa de la cooperación internacional, tanto pública como privada, ha
tendido a apoyar estas iniciativas locales. Sin embargo estas estrategias de
supervivencia son una necesidad no una virtud. Es un error suponer, como suelen
hacerlo los partidarios del libre mercado, que se puede construir una sociedad
nueva y próspera a partir de los esfuerzos desesperados de diversos grupos para
lidiar constantemente con riesgos y penurias dada la ausencia de todo tipo de
ayuda pública permanente.
Para que los grupos de interés y las
asociaciones de voluntariado interactúen de manera productiva, y para promover
el bienestar de sus miembros, sea esencial la existencia de un gobierno eficiente
y legítimo. Esto queda más claramente de manifiesto cuando consideramos
situaciones en las que no existe la "sociedad civil" ni el Estado, es
decir, después de conflictos largos y crueles que han desgarrado a las
sociedades.
En la mayoría de los países de América Latina,
las instituciones como Naciones Unidas, los organismos financieros bilaterales
y las organizaciones no gubernamentales de desarrollo se enfrentan a la
desintegración social en sus formas más extremas. Hay que reconstruir las estructuras
de autoridad y legitimidad desde la base hacia arriba y desde arriba hacia la
base. El análisis sobre antiguas y nuevas formas de "gobernabilidad"
adquiere aquí especial relevancia. Y no podría ser más patente la imposibilidad
de recrear una "sociedad civil" sin recrear, a la vez, un Estado.
En el contexto del Sistema Interamericano,
resulta particularmente fácil observar las contradicciones inherentes en
numerosos enfoques de la gobernabilidad en la comunidad internacional para el
desarrollo. La enorme amplitud del concepto de "gobernabilidad", su
habitual referencia a los problemas de creación de consenso, participación y
gestión, que quedan fuera de los límites necesarios del Estado, debería cumplir
el útil objetivo de recordar a los extranjeros involucrados en programas de
reconstrucción que diferentes sociedades tienen diferentes enfoques de los
problemas políticos. Sin embargo, en la carrera desesperada por restablecer un
gobierno que funcione, queda escaso tiempo para considerar sutilezas de ese
tipo. Se propone y se apoya modelos normativos de creación de instituciones
políticas (modelos que pueden ser factibles a más largo plazo, pero que a
menudo no lo son.)[62]
Aunque la recomendación de "fortalecer la
sociedad civil" es importante, a veces resulta difícil de cumplir. De
hecho, es probable que en la "sociedad civil" de cualquier escenario
de Latinoamérica exista un buen número de saboteadores, traficantes de armas y
drogas, así como los elevados índices de pobreza. Además, la canalización de recursos
desde los donantes hasta ciertos grupos (un acto de connotaciones muy políticas
en cualquier sociedad) está especialmente cargada de implicaciones para el
futuro equilibrio de poder en una situación de derrumbamiento económico y
político.
Se requiere un esfuerzo enorme para comprender
y comprometer a la población local cuando se trabaja en estos campos minados de
la política, para no imponer modelos inadecuados de reforma institucional en
países económicamente colapsados. La comunidad internacional rara vez tiene la
capacidad para realizar este esfuerzo. En la mayoría de los casos, tampoco
parece tener la capacidad para adaptar el modelo dominante de reestructuración
económica a las características de las sociedades afectadas por estos
fenómenos. Un rasgo frecuente de los programas internacionales ha sido la
tendencia a insistir en la reconstrucción de la economía local según las líneas
dictadas por el libre mercado, incluidos los compromisos de liberalización y
desregulación que no se ajustan a las necesidades inmediatas de la población.[63]
CONCLUSIONES
|
H |
ay
consenso en constatar que no existe una definición definitiva y satisfactoria
de una "buena" gobernabilidad económica y social, más allá de
definiciones amplias y generales como por ejemplo las que afirman que: "Los conceptos de gobernabilidad y de
buen gobierno se refieren al ejercicio eficiente, eficaz y legítimo del poder y
la autoridad para el logro de objetivos sociales y económicos."[64]
Sin
embargo, y partiendo de las consideraciones anteriores, se podrían enumerar
algunos elementos básicos como parte de una posible definición - sin pretender
establecer una lista exhaustiva o excluyente. En primer lugar, la existencia de
un sistema democrático como elemento clave de la gobernabilidad y de su éxito
en lo económico y social ya no es objeto de discusión en América Latina: "La democracia moderna es concebida, no
sólo como un fin en sí mismo, sino también como un medio para alcanzar los
objetivos económicos y sociales."[65]
En este
orden de ideas, un autor latinoamericano añade al factor democrático la
necesidad de contar con tres procesos simultáneos e interdependientes que
permiten avanzar hacia un buen gobierno:
i. La legitimación institucional (es decir la
capacidad de la sociedad de forjar instituciones "que pueda reconocer y aceptar como suyas");
ii. La modernización productiva (es decir el "desarrollo de las actividades
productivas y la expansión de los mercados"); y
iii. La
democratización social (es decir la "igualación de las relaciones
sociales"); [66]
Otro
autor latinoamericano se aproxima mucho a estos elementos fundamentales de la
definición, señalando que el concepto global de buen gobierno comprende "la gobernabilidad política, la competitividad
económica, y la integración social", de cuya interacción depende la
calidad del gobierno.[67]
En cada
uno de estos procesos, y en su interacción, el papel del Estado es considerado clave
por todos los autores latinoamericanos que escriben sobre gobernabilidad.
Algunos de ellos precisan que el Estado debe ser concebido más allá de la mera
gestión administrativa y como un producto de la sociedad donde se insertan: "Los Estados están entrelazados con sus
sociedades respectivas de complejas y variadas maneras; esa inserción conduce a
que los rasgos de cada uno de ellos y de cada sociedad tengan un enorme influjo
sobre el tipo de democracia posible de consolidarse (si es que se consolida), o
sobre la consolidación o fracaso de la democracia a largo plazo. (...) Es un
error asociar el Estado con el aparato estatal, o el sector público, o la suma
de las burocracias públicas, que indudablemente son partes del Estado, pero no
constituyen el todo."[68]
En este
sentido, es en el Estado donde convergen las "crisis de
gobernabilidad", que en el caso de la historia latinoamericana, se
manifiestan mediante crisis en las tres dimensiones básicas de la estabilidad y
eficacia de los gobiernos: "la
dimensión del Estado como un conjunto de burocracias capaces de cumplir con sus
obligaciones con una eficiencia razonable; la dimensión de la eficacia de la
ley; y la dimensión de la credibilidad del alegato de que los organismos
estatales normalmente orientan sus decisiones por una cierta concepción del
bien común."[69]
Estas
crisis, recurrentes en la historia de la región, siguen y seguirán latentes
mientras no se logre establecer un Estado no "pequeño" sino
"magro", - instrumento idóneo para el "buen gobierno"- definido
como "un conjunto eficiente y menos
poderoso de organismos públicos, que esté en capacidad de crear bases firmes
para la democracia, de resolver progresivamente las principales cuestiones de
la igualdad social y de generar las condiciones para alcanzar tasas de
crecimiento económico adecuadas a los efectos de mantener el progreso en las
áreas de la democracia y de la igualdad social."[70]
El
retraso en el establecimiento de un Estado con estas características, mientras
avanzan, en cambio, los procesos de reducción del aparato estatal en el marco
de los ajustes fiscales, plantea el riesgo de que se debiliten dos dimensiones
claves del Estado latinoamericano: la del "Estado como ley" y la del
Estado como garante del bien común. "La
larga agonía del modelo de acumulación de capital centrado en el Estado y
basado en la sustitución de importaciones nos ha legado un dinosaurio que es
incapaz incluso de alimentarse a sí mismo, mientras las 'soluciones'
actualmente en marcha conducen hacia un ente anémico que puede ser igualmente
incapaz de sustentar la democracia, niveles decentes de igualdad social y el
crecimiento económico."[71]
Pero
más que los elementos de la definición del "buen gobierno" es
importante determinar cómo interactúan dichos elementos, en particular durante
un proceso de transformaciones de gran alcance como el que están viviendo,
desde finales de los años 80, la mayoría de los países de América Latina[72]:
La experiencia enseña que las políticas de apertura económica, por sí solas, no
garantizan resultados exitosos en términos de gobernabilidad económica y
social. El eslabón que parece más débil es el de la integración social, no sólo
porque los indicadores básicos así lo demuestran, sino porque se ha avanzado
poco en la "creación de un sistema
de actores sociales autónomos con capacidad de negociar e influir en la
dinámica de la competitividad y la democratización."[73]
Otros
conceptos, recurrentes en las estrategias de desarrollo de América Latina,
están íntimamente vinculados a los de
governance:
- El desarrollo sustentable, que va más allá
de la mera protección ambiental, tal como fue definido en la "Agenda
21" adoptada en la Cumbre sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Río de
Janeiro, y reiterado en las labores del Comité sobre Desarrollo Sustentable de
la Asamblea General de las Naciones Unidas;
- el desarrollo integral, entendido como la
articulación de varios factores económicos y sociales que no se miden
únicamente mediante indicadores cuantitativos, tales como la calidad de vida,
la cultura, la equidad, la competitividad, etc.; y
- el desarrollo humano, tal como ha sido
definido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y
que se refiere principalmente a un conjunto de indicadores relativos a las
necesidades básicas del hombre.
Por
consiguiente, en este orden de ideas, la sociedad civil es la fuerza que: i)
sustenta la "gobernabilidad política"; ii) estimula la
"competitividad económica"; y iii) materializa la "integración
social", retomando los tres elementos de la definición de buen gobierno
anteriormente mencionada: además de su papel de sustento de la gobernabilidad
política, la sociedad civil sirve de correa de transmisión entre los sectores
empresarial, sindical, y académico-científico cuya interacción genera la "competitividad
sistémica"[74]. Asimismo,
no hay integración social sostenible sin una sociedad civil activa, solidaria,
abierta a todos los estratos sociales y con acceso a los procesos de decisión
políticos[75], una
sociedad civil que represente el conjunto de las relaciones sociales
independientes del Estado pero "estatalmente
reconocidas y protegidas"[76].
En este contexto, la sociedad civil se define como "el espacio de lo privado, donde intereses sociales, no
familiares, pueden organizarse, agruparse de múltiples maneras, reivindicar,
conflictuar y demandar en torno a intereses colectivos, a condición que sean
independientes de poder del Estado y no vinculados directamente a la producción
mercantil."[77]
Pero
para que haya una sociedad civil de esta naturaleza, el paso previo es el de
consolidar una ciudadanía de "alta intensidad", estrechamente
vinculada a una profunda y comprobada democratización en lo económico y en lo
social, contrariamente a la ciudadanía de "baja intensidad" que es la
manifestación de la marginalidad: "los
campesinos, los habitantes de los barrios pobres, los indígenas, las mujeres y
demás, muchas veces no logran un trato justo de la justicia, o no pueden
obtener los servicios de los organismos estatales a los que tienen derecho, o
no están libres de la violencia policial, o.. una larga lista de
etcétera."[78] En
muchos países de la región, donde las transiciones democráticas son aún
relativamente recientes, la "activación" de la ciudadanía pone en
evidencia "la larga espera de los
grupos populares para resolver elementales y viejas demandas
socioeconómicas."[79]
Sobre
todo en los países en desarrollo, donde el fenómeno de la sociedad civil en
general, y de la participación en particular, es reciente, es frecuente
observar cómo algunas organizaciones no gubernamentales son
"manipuladas" por los intereses de ciertas élites, o incluso por
intereses extranjeros. Casos similares no son excepcionales en la rutina de las
instituciones financieras internacionales[80].
El riesgo de que los objetivos de una organización "popular" se
desvirtúen aumenta a medida que crece el tamaño de la misma[81].
Asimismo,
aumenta la presión sobre el gobierno de atender las necesidades económicas y
sociales a medida que se perfecciona la participación de la sociedad civil, con
el riesgo, por consiguiente, de no estar en condiciones de aportar las
respuestas correspondientes con la calidad y la velocidad requeridas.
|
L |
a Cumbre de Presidentes en Santiago de Chile definió
con claridad las voluntades y prioridades políticas para la región, plasmadas
en la declaración de todas ellas muy
necesarias para garantizar la gobernabilidad y de esa forma darle un verdadero
sustento a la democracia, cuyo modelo en muchos países del Sistema
Interamericano esta desgastado el cual constituye a esta altura un instrumento
para avanzar en la consecución de las metas que cada sociedad se ha fijado para
lograr una sociedad más justa, más humana, más equitativa y más libre, objeto
final de la democracia. En este sentido es necesario enfatizar algunas
iniciativas indispensables para continuar progresando en el camino democrático:
Fortalecimiento de la sociedad civil de manera de aumentar la incidencia
de la ciudadanía en el proceso político.
Para aquellos que en la sociedad civil sólo
vean electores, ésta será un importante estímulo de chequeo y balance y de
“castigo” de los malos líderes; una conciencia y control social permanentemente
alerta y que evalúe las decisiones y acciones de los gobernantes y
legisladores; un movimiento social lo suficientemente amplio y bien informado
que permita poner el país, la nación por encima de intereses específicos.
Esto requiere, entre otras cosas, del
desarrollo de una educación y conciencia cívica y política, de los espacios de
participación en la toma de decisiones; exige desconcentrar y descentralizar
las decisiones, acercar la política y sus medidas a la gente, incorporarlas en
el diseño de las soluciones a sus problemas y elevar su grado de compromiso y
responsabilidad, en el entendimiento de que el futuro del país es efectivamente
una tarea de todos los conciudadanos.
En este proceso de construcción de una sociedad
mejor inevitablemente surgirán conflictos, dudas, avances y retrocesos, servirá
de farol y de incentivo la memoria histórica, el recordar lo preciado de la
democracia, de manera de enfrentar en ese espíritu los desafíos y retos que se
presenten.
La democracia es un proceso continuo que se va
construyendo, y este proceso de construcción abierto, probablemente lento pero
de bases sólidas, se logrará con una institucionalidad fuertemente
desarrollada, una gobernabilidad adecuada, con una sociedad civil activa y vigorosa, incansable en la
exigencia del Buen Gobierno que todas nuestras naciones merecen. Este es el
desafío para el Hemisferio, para el Sistema Interamericano y para nuestros
pueblos, hacia allí debemos avanzar.
Democracia,
Gobernabilidad y Sociedad Civil: Perspectiva en América Latina
__________________________
INDICE
|
CAPITULO |
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PAGINA |
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I |
INTRODUCCION |
1 |
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El Tema en el contexto internacional |
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La Perspectiva en América Latina |
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II |
DEMOCRACIA BREVE
HISTORIA |
5 |
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¿Vivimos hoy en Democracia? |
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¿Formar una política alternativa? |
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|
III |
CONCEPTO DE
GOBERNABILIDAD |
14 |
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|
Interés Común y Gobernabilidad |
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|
IV |
PARTICIPACION Y
GOBERNABILIDAD |
20 |
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|
V |
DEMOCRACIA
PARTICIPATIVA |
24 |
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VI |
LAS CONTRADICIONES DE
LA BUENA GOBERNABILIDAD: Algunos
ejemplos en América Latina |
27 |
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|
VII |
REPENSAR LA SOCIEDAD
CIVIL |
29 |
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|
¿Que es y que no la Sociedad Civil? |
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|
Funciones democráticas de la Sociedad Civil |
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|
Características de una Sociedad Civil Democrática |
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|
Algunas previsiones importantes a considerar |
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VIII |
ELEMENTOS BASICOS DE LA
GOBERNABILIDAD Y DE LA SOCIEDAD CIVIL |
44 |
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|
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|
|
IX |
LA GOBERNABILIDAD, LA
SOCIEDAD CIVIL Y LA DEMOCRACIA |
48 |
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|
X |
CONCLUSIONES |
52 |
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|
XI |
RECOMENDACIONES |
57 |
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BIBILIOIGRAFIA |
58 |
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[1] Es en este
contexto que se habla en la región de las "crisis de las
transiciones", en las cuales aparece una "insoportable paradoja, un
núcleo de contradicciones que surgen entre las oportunidades de la democracia
política en una época en que el Estado aplica severas medidas de rescate de los
equilibrios macroeconómicos, de políticas económicas de estabilidad y ajuste
que empobrecen a la ciudadanía y la desmoralizan, medidas que van de la mano
con la celebración de más de 85 elecciones (de distinto tipo) en una década
ganada para la democracia, pero planteando así una contradicción
inevitablemente desordenadora de la sociedad. Es en el terreno de estas
contradicciones que se experimentan en América Latina que se plantea el tema de
la gobernabilidad." Edelberto Torres-Rivas, "América Latina.
Gobernabilidad y Democracia en Sociedades en Crisis." Nueva Sociedad,
No.128, Nov.-Dic. de 1993, p. 94.
[2] Ibid., p.
100.
[3] Por consiguiente,
las circunstancias que caracterizan el entorno del debate en los países de
América Latina son distintas a las de otras regiones en desarrollo, ya que en
nuestros países, el punto de partida ha sido "la transición del autoritarismo
hacia la democracia y (...) la introducción de profundas reformas en la
política económica". En cambio, en Africa y parte de Asia el motor ha sido
"la incapacidad de mejorar los niveles de vida de la población"; en
el Medio Oriente el "auge del fundamentalismo islámico y (...) los
conflictos entre los gobiernos autocráticos y las demandas de participación
popular"; en el Sudeste asiático las "presiones para reformar los
sistemas políticos, y para hacerlos más abiertos y
participativos." Francisco Sagasti, Democracia y Buen Gobierno. Ed.
Apoyo, Lima 1994, p.20.
[4] El SELA es un organismo intergubernamental de consulta, coordinación y
cooperación, cuyo mandato se refiere a los temas económicos y sociales
incluidos en su Convenio Constitutivo y en los mandatos que le confiere el
Consejo Latinoamericano. Los estatutos de todas las instituciones financieras
multilaterales (excepto el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, BERD)
limitan sus actividades al campo económico y social, excluyendo criterios
políticos. Sobre este punto, ver Mohammed Aziz Ali, Notes on MDB
Conditionality on Governance. G.24/96/7, Sept.96; Shihata, Ibrahim,
"The World Bank and Human Rights.", Denver Journal of
International Law and Politics. Vol.43, 1988; Tortora, Manuela,
"Governance: une nouvelle dimension de la coopération financière
internationale". Le Trimestre du Monde, No. 17, 1992.
[5] Touraine, Alain. "La sociedad Post-industrial"
y "El postsocialismo". Pags 103 y 104 Esto fue obtenido del
"Breve Diccionario de pensadores contemporáneos ". El tema es
abordado por Sabsay, Fernando. Biassi, Orlando José. "Sociedad de consumo
¿Democracia o Mercadocracia?".
Actas VII Congreso Nacional de filosofía y III Congreso de la Asociación
Filosófica de la República Argentina. Río Cuarto, 22 al 26 de noviembre de
1993.
.
[6] Touraine, Alain. "La sociedad Post-industrial"
y "El postsocialismo" 1982. Pags 130 y 140. Esto fue obtenido del
"Breve Diccionario de pensadores contemporáneos ". El tema es
abordado por Sabsay, Fernando. Biassi, Orlando José. "Sociedad de consumo
¿Democracia o Mercadocracia?".
Actas VII Congreso Nacional de filosofía y III Congreso de la Asociación
Filosófica de la República Argentina. Río Cuarto, 22 al 26 de noviembre de
1993.
[7] Freire, Paulo. "La naturaleza política de la
educación". Colección: "Obras Maestras del Pensamiento
Contemporáneo". Editorial Planeta-Agostini. España. 1994.
[8]Whynes, D. K. y
Bowles, R. A. (1981), págs. 41-42, presentan el problema de las ‘decisiones
colectivas’ en relación al interés general, del que ofrecen tres posibles
interpretaciones: interés común, interés mayoritario e interés trascendente,
referido a valores.
[9]Sería una posición
calificable de utilitarista. Raphael, D. D. (1976), págs. 118-120 y, en
general, Colomer, J. M. (1987).
[10]Rousseau, J. J.
(1963), en el libro II, cap. 3, del Contrato Social, esboza la distinción entre
el interés ‘común’ y la suma de interés particulares..
[11]Tomás de Aquino. (1946),
I.ª, II, q. 90, art. 2, vol. VI, págs. 37-38, y II.ª, q. 47, art. 10, pág. 37.
[12]Montesquieu.
(1979), libro XXVI, cap. XV, vol. II, págs. 193-194.
[13]Bentham, J.
(1970), pág. 12. La comunidad es un cuerpo ficticio, compuesto por las personas
individuales que son consideradas sus miembros constitutivos. Así pues,
¿qué es el interés de la comunidad?: la suma del interés de los
distintos miembros que la componen.
[14]Heller, H. (1974),
pág. 221.
[15]De Otto, I.
(1980). También en Habermas, J. (1962), págs. 115-123.
[16]Toro Hardy, A.
(1988).
[17]Peces-Barba, G.
(1984).
[18]Evidentemente,
existe el riesgo de que los guardianes de la superioridad de la Constitución se
limiten a considerarla sólo en los aspectos de derechos, libertades y
procedimientos y olviden los valores. También en Dogliani, M. (1982), págs. 7-28.
[19]Giner (1987), pág.
223.
[20]Constant (1986),
págs. 164-168 y 267-268 y Béjar (1988), págs. 41-49. También Cerroni (1968),
págs. 210 ss.
[21]Therborn
(1984), pág. 12.
[22]Almond y Powell
(1978), pág. 37.
[23]Ferrarotti
(1937), pág. 21.
[24]Ardigó (1982),
pág. 80: “intendo per partecipazione le attività dei privati cittadini, singoli
o associati, che intenzionalmente influenzano dall’esterno le condotte dei
centri di decisione internazionali, nazionali o locali, della politica,
dell’economia come delle instituzioni socio-culturali connessive”.
[25]Crozier,
Huntington y Watanuki (1975), pág. 84.
[26]Ardigó (1982),
pág. 67, habla de “partecipazione de dissenso”.
[27]Dahrendorf, R.,
entrevistado en la revista italiana Panorama, núm. 1151, 8 de mayo de 1988,
destaca la importancia que tiene para estos movimientos la ‘totalización’ de
sus alternativas y señala que es el carácter ‘totalizante’ de los ecologistas
alemanes la causa de su decadencia (pág. 121).
[28]Bobbio, N. (1985),
pág. 15.
[29]Montesquieu
(1979), libro XI, cap. VI, vol. I, págs. 294-304, con su teoría de la
separación de poderes inspiró el constitucionalismo desde sus mismo indicios.
En el núm. 47 (Madison) de Hamilton, Madison y Jay (1961), glosadores de la
Constitución norteamericana de 1787, que equipara la acumulación de poderes a
la tiranía (pág. 301), y el art. 16 de la Declaración francesa de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano de 26 de agosto de 1789, que dice: “Cualquier
sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada ni la
separación de poderes establecida, no tiene Constitución”.
[30]En Hamilton,
Madison y Jay (1961), núm. 10 (Madison), pág. 81, se encuentra una reflexión
sobre las diferencias entre democracy y republic.
[31]Mirkine-Guetzevich
(1951), vol. I, págs. 18-29.
[32]Beyme (1985) pone
de relieve cómo estos gobiernos no han reducido efectivamente el volumen
normativo. También en Ferrajoli (1982), pág. 49 y Árbos (1990).
[33]García-Pelayo, M.
(1982), pág. 30, establece un esquema para diferenciar la racionalización
jurídica y la racionalidad técnica.
[34]Nieto (1984),
págs. 51-78.
[35]Barcellona (1984),
págs. 142-169 y Crozier (1987), págs. 121-171.
[36]Rosanvallon
(1981), pág. 116, que evoca la tesis de Georges Gurvitch.
[37]Blankenburg
(1985), págs. 481-491.
[38] G. O'Donnell y P.C. Schmitter, Transitions from
Authoritarian Rule: Tentative Conclusions about Uncertain Democracies,
Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1986, Cap. 5.
[39] Esta formulación conceptual proviene de numerosas fuentes
pero ha sido especialmente influida por N. Chazan,"Africa's Democratic
Challenge: Strengthening Civil Society and the State", World Policy
Journal, vol. 9, primavera 1992, pp. 279-308. Véase también E. Shils,"The
Virtue of Civil Society", Government and Opposition, vol. 26, invierno
1991, pp. 9-10, 15-16; P. Lewis,"Political Transition and the Dilemma of
Civil Society in Africa", Journal of International Affairs, vol. 27,
verano 1992, pp. 31-54; M.A. Weigle y J. Butterfield,"Civil Society in
Reforming Communist Regimes: The Logic of Emergence", Comparative
Politics, vol. 25, octubre 1992, pp. 3-4; y P.C. Schmitter,"Some
Propositions about Civil Society and the Consolidation of Democracy",
Documento presentado en una conferencia sobre"Reconfiguring State and
Society", Universidad de California- Berkeley, 22-23 de abril, 1993.
[40] S.P. Huntington,"Will More Countries Become
Democratic?", Political Science Quarterly, vol. 9, verano 1984, p. 204.
Véase también S.M. Lipset, Political Man, Baltimore, Johns Hopkins University
Press, 1981, p. 52.
[41] B. Geremek,"Civil Society Then and Now",
Journal of Democracy, vol. 3, abril 1992, pp. 3-12.
[42] A. de Tocqueville, Democracy in America, Nueva York,
Vintage Books, 2 vols., 1945 (publicación original: 1840), p. 124.
[43] M.R. de Martini y S. de Pinedo,"Women and Civil
Life in Argentina," Journal of Democracy, vol. 3, julio 1992, pp. 138-146;
y M.R. de Martini,"Civic Participation in the Argentine Democratic
Process", en L. Diamond (ed.), The Democratic Revolution: Struggles for
Freedom and Pluralism in the Developing World, Nueva York, Freedom House, 1992,
pp. 29-52.
[44] G. Waylen,"Women and Democratization:
Conceptualizing Gender Relations in Transition Politics", World Politics, vol.
46, abril 1994, pp. 327-354. Aunque Waylen está de acuerdo con O'Donnell y
Schmitter en hablar de los peligros de una excesiva movilización popular
durante la transición, la crítica que hace a la literatura sobre la democracia
por trivializar el papel de la sociedad civil, es injustamente generalizada e
inaplicable en Africa. Más aún, aceptando el desafío de tratar a las sociedad
civil como un fenómeno central importante en la democratización, no es
necesario que se acepte la insistencia de Waylen en definir a la democracia
para que incluya derechos económicos y sociales por igual.
[45] J. Fox,"Latin America's Emerging Local
Politics", Journal of Democracy, vol. 5, abril 1994, p. 114.
[46] D. Pascual,"Organizing People Power in the
Philippines", Journal of Democracy, vol. 1, invierno 1990, pp. 102-109.
[47] A. de Tocqueville, Democracy in America, vol. 2, p. 126.
[48] P.C.
Schmitter,"Still the Century of Corporatism?" en W. Streeck y P.C.
Schmitter (eds.), Private Interest Government: Beyond Market and State, Beverly
Hills, Sage Publications, 1984, pp. 99-100.
[49] Ibid., p. 126. Ver pp. 102-108 para una importante
distinción entre corporativismo social (democrático) y corporativismo de
Estado.
[50] Ver SELA, Reunión
de Consulta Regional sobre la Reforma de los Bancos Multilaterales de
Desarrollo, Síntesis de los Debates, Washington D.C., 21 de Abril de 1995. P 5.
[51] Fernando Calderón
G., “Gobernabilidad, Competitividad e Integración Social”, Revista de la CEPAL,
Nro. 57, Dic. 95, p.45. Algunos autores latinoamericanos también se acercan al
concepto “limitado” y economista de origen estadounidense en sus análisis: ver
por ejemplo Roberto Werneck, “Market Failure, Government Failure and Wretched
Statecraft: Leessons from the Brazilian Vicious Circle.” Latin America in the
1990’s. IDB, Washington D.C., 1993.
[52] M. Dos Santos y
M. Natalicchio, Democratización, ajuste y Gobernabilidad en América Latina.
Buenos Aires, International Development Information Network/Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales, 1993, citado por F. Calderón, op.cit.
[53] F. Calderón,
op.cit., pp. 45- 46
[54] Zapata Barrero,
Ricardo, “Hacia una Teoría normativa de la Ciudadanía Democrática.” Leviatan.
Primavera 1995, Nro. 59, p. 79
[55] Campbell, Tim,
“Participación, Choice, and Accountability in Local Government: LAC and the
U.S.” Dissemination note, World Bank, Washington, D.C., May 11, 1993.
[56] La Sociedad Civil
configura el espacio de las asociaciones voluntarias, es decir, aquellas que no
son resultado de la coerción, y esta constituida por las redes organizativas
que ocupan este espacio. “Francisco Sagasti, op. cit. P.62.
[57] Lester M.
Salamon, citado por Robert Picciotto, “ Putting Institutional Economics to
Work. From Participation to governance. “World Bank Discussion Papers. Nro.
304, Washington, D.C., 1995, p. 18.
[58] Ver Francisco
Sagasti, op. cit.
[59] F. Calderon, op.
cit., p. 51
[60] Robert Picciotto,
op.cit., p.11
[61] Banco Mundial, Governance: The World Bank's Experience.
Executive Summary, 1994, p. 1.
[62] Peter Utting (comp.),
Between Hope and Insecurity: The Social Consequences of the Cambodian Peace
Process, Ginebra: UNRISD, 1994.
[63] Elisabeth Wood y Alexander Segovia, "Macroeconomic
Policy and The Salvadoran Peace Accords", World Development, Vol. 23, Nº
12, diciembre, 1995, pp. 2079-2099.
[64] Francisco Sagasti, op. cit., p.19. Este autor añade que estos
conceptos están asociados a "la noción de eficiencia, en el sentido de
alcanzar los objetivos de gobierno en forma transparente y sin dispendio de recursos;
a la de eficacia, en el sentido de lograr estos objetivos manteniendo la
estabilidad y la credibilidad de las instituciones y el sistema política; y a
la de legitimidad, en el sentido de que la ciudadanía reconoce el derecho de
los gobernantes a ejercer el poder y la autoridad, y se identifica con las
instituciones del Estado, siempre que ellos estén sujetos a ciertos límites
establecidos de antemano, y respeten las reglas del juego."
[65] Ibid, p.22. Sobre el vínculo entre regímenes democráticos y
desarrollo ver, entre otros, Banco Mundial, Informe sobre el Desarrollo.
Washington, D.C., 1991, cap.7.
[66] Ibid, p.
49.
[67] Ver Fernando Calderón G., op. cit., p. 43: para ello, son
determinantes "las condiciones económicas y culturales para el crecimiento
de la productividad y la necesidad de una matriz social y política que dé
sentido al conjunto de variables."
[68] Guillermo O'Donnell, "Estado, Democratización." Nueva
Sociedad No.128,Nov.-Dic.1993, p.65.
[69] Ibid., p.67.
[70] Ibid.,
p.68.
[71] Ibid.,
p.68 y 79.
[72] Tal como lo señala Luciano Tomassini, la gobernabilidad se refiere a la
capacidad de la autoridad para canalizar los intereses de la sociedad civil, y
a la interacción entre esta última y el Estado, para alcanzar el desarrollo
económico. Ver de este autor Estado, Gobernabilidad y Desarrollo. Temas
del Foro 90, Santiago, 1992, p. 11.
[73] Ibid., p.
44.
[74] Klaus Esser et al., "Competitividad Sistémica: Nuevo Desafío
para las Empresas y la Política" Revista de la CEPAL No. 59, agosto
de 1996.
[75] Aquí cabe señalar que la concepción latinoamericana de la
"integración social" es distinta de las concepciones europea y
estadounidense: la primera se centra en la distribución de la riqueza y en la
eliminación de los clientelismos políticos derivados del poder económico; la
segunda surge en el contexto de la industrialización del siglo XIX, y se
refiere originalmente a las relaciones empresarios-trabajadores; la tercera
enfatiza el poder de las instituciones estatales como factor de cohesión social
(de allí el énfasis en el desarrollo institucional retomado por las
instituciones financieras internacionales en sus operaciones en materia de
governance.). Ver F. Calderón, op. cit., p. 48.
[76] Edelberto Torres-Rivas, op.cit., p.96.
[80] "The Multilateral Development
Banks find it particularly difficult to avert the intervention of a foreign NGO
when an MDB director from a donor or creditor country presses the claims of its
national NGOs in respect of a project or program that the MDB intends to bring
to its executive board for approval.(...) Often such NGOs seek to superimpose
their own cultural values on societies subscribing to different ethical and
spiritual values.": Mohammed Aziz Ali, op.cit., p.4.
[81] "To be sure,
there is no guarantee that all components of civil society are benign or
genuinely concerned with the fate of the downtrodden. Indeed, theory suggests
that the smaller and more motivated the group, the more vocal and effective it
is in maintaining cohesion and achieving results." Picciotto, Robert, op.
cit., p. 10. "To be sure, there is no guarantee that all components of
civil society are benign or genuinely concerned with the fate of the
downtrodden. Indeed, theory suggests that the smaller and more motivated the
group, the more vocal and effective it is in maintaining cohesion and achieving
results." Picciotto, Robert, op. cit., p. 10.