DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS
CURSO XXXVIII
“ DEMOCRACIA, GOBERNABILIDAD
y
SOCIEDAD CIVIL :
PERSPECTIVA EN AMERICA LATINA”
REGULO H.
DIAZ VEGA
VENEZUELA
WASHINGTON,
D.C. JUNIO DE 1999.
“DEMOCRACIA, GOBERNABILIDAD Y SOCIEDAD CIVIL PERSPECTIVA EN AMERICA
LATINA”
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L |
os temas
de “Democracia” "Gobernabilidad" y “Sociedad Civil”,
están recibiendo más atención que en años pasados, en general en lo que respecta
a su aplicación al contexto de los procesos de transformación Política,
Económica, Sicosocial y Militar en América Latina, y muy particularmente en el
ámbito del Hemisferio Occidental. Las distintas instancias bilaterales y
multilaterales encargadas de efectuar este complejo proceso incluyen estos
temas en sus agendas, tanto a nivel del análisis del vínculo entre reformas
políticas, económicas, sociales etcétera y eficacia de los gobiernos como a
nivel del diseño de las estrategias y de su instrumentación en el terreno. El
fortalecimiento de la sociedad civil aparece, en ambos niveles, como un
elemento clave para garantizar la "Gobernabilidad" en un marco de
consolidación democrática, y para contribuir en forma determinante al éxito de
las operaciones de ayuda al desarrollo de los países que conforman el Sistema
Interamericano.
En
América Latina, el debate se ha vuelto más intenso debido a las profundas
transformaciones políticas, sociales y económicas que han marcado, en menor o
mayor grado, todos los países de la región en los años 80 y 90, es decir el
restablecimiento o consolidación, según el caso, de los regímenes democráticos,
y el cambio en el paradigma de desarrollo, al abandonar la estrategia de
sustitución de importaciones y adoptar la apertura a la economía globalizada -
todo ello en un período de menos de diez años en muchos de ellos.
Las
reflexiones que se presentan a continuación abarcan dos puntos principales:
En primer
lugar, se exponen brevemente la noción
histórica de la Democracia, el interés general y la gobernabilidad, la
participación popular y la representatividad
En
segundo termino, se exponen brevemente los
elementos básicos de los conceptos de "Gobernabilidad" y
"Sociedad Civil", destacando las vinculaciones entre ellos y con
el contexto de desarrollo integral y consolidación democrática que caracteriza
la agenda de América Latina. (El anexo al presente trabajo contiene elementos
adicionales para una mejor comprensión del tema desde la perspectiva de América
Latina, incluyendo la definición de "gobernabilidad para una democracia
eficiente y participativa" adoptada por la Cumbre Iberoamericana de Jefes
de Estado y de Gobierno de 1996).
1.
El tema en el contexto internacional
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U |
na diversidad
de razones explica por qué los temas de “Democracia” "Gobernabilidad"
o governance (según el término en
inglés) y “Sociedad Civil” están recibiendo una mayor atención en esta década:
entre ellas, la erosión del poder de los Estados, la difusión de las prácticas
democráticas, y los desórdenes causados por el terrorismo, el narcotráfico, la
corrupción, la delincuencia, la pobreza, a lo que se le suman los daños
causados por los fenómenos naturales . Además, la importancia de los temas
objeto de estudio han sido reforzados por el impacto de los avances
tecnológicos en las telecomunicaciones, los medios de comunicación y el
procesamiento de la información, los cuales están cambiando la naturaleza y el
funcionamiento de las democracias representativas.
Los
problemas de Democracia, Gobernabilidad y Sociedad Civil se han intensificado
en los países en desarrollo o mal llamados tercermundistas, debido al agudo
contraste entre el crecimiento de las demandas sociales y la capacidad de los
marcos institucionales - Estado, sector privado y sociedad civil- para
satisfacerlas. La necesidad de consolidar el apoyo político a los procesos de
reforma económica y de contar con mecanismos legítimos y eficaces para la
participación ciudadana también han contribuido a poner en evidencia esos
problemas. Paralelamente, a nivel internacional, en muchas instancias
bilaterales y multilaterales, governance
- es decir la manera cómo se ejercen el poder y la autoridad- surgió como un
aspecto crítico del desarrollo de los pueblos.
En
consecuencia, el tema de governance
ya no es una prerrogativa exclusiva de los gobiernos, sino también una
preocupación de las empresas privadas y de las organizaciones de la sociedad
civil (asociaciones profesionales o sindicales, organizaciones no gubernamentales
-ONGs-, grupos defensores de derechos humanos, movimientos vecinales,
religiosos, etc.), así como de los organismos internacionales y de las agencias
de cooperación para el desarrollo de los mismos.
2. La perspectiva de América Latina
En América
Latina, los años 80 y 90 se han caracterizado por profundas transformaciones tanto en los sistemas políticos - cuya
meta principal es la consolidación de la democracia -, como en el paradigma del desarrollo - se abandona el modelo
intervencionista del estado y de sustitución de importaciones a cambio de la
apertura económica y el mercado -. Ambas transformaciones, al producirse en
períodos relativamente breves (menos de 5 años en la mayoría de los países),
representan una suerte de "revolución" en la vida política, económica
y social de la región, que más allá de los cambios legislativos, modifica los
comportamientos, los esquemas de valores, las relaciones de poder y las
instituciones.
Es en
este contexto que se plantea, en los años 90, el debate en torno al tema del
"buen gobierno" o governance
y de Sociedad Civil en la agenda de los gobiernos de América Latina, vinculados
a la consolidación de los sistemas democráticos y al cambio de paradigma en las
estrategias de desarrollo de muchos países de la región[1].
"Al centro del debate actual se
sitúa la capacidad del gobierno de `gerenciar' el impacto de estos cambios,
combinando la efectividad de los mismos con su viabilidad en el largo plazo.
Para que sean legítimos los gobiernos post- autoritarios en las actuales
condiciones tienen que ser eficaces en el doble sentido de competencia técnica
y administrativa, por un lado, y de una verdadera voluntad política para
enfrentar, aunque no resolver plenamente, los problemas sociales de la pobreza,
el analfabetismo, el hambre y la exclusión."[2]
En síntesis, este trabajo de investigación plantea:
una consolidación e incluso profundización del sistema democrático medida en términos de participación popular,
representatividad de gobernantes y legisladores, transparencia y confiabilidad
de los procesos de decisión, eficiencia del Estado en sus responsabilidades de
conductor del desarrollo integral.[3]
El fortalecimiento de la sociedad civil, por ser uno de los pilares fundamentales de la
democracia, es un elemento importante en esta búsqueda de instrumentos de
concreción de "buen gobierno", en el contexto de los procesos
políticos y económicos que se están registrando en los países de América
Latina.
Desde la
aparición de la tercera ola de democratización global a mediados de los años
setenta, uno de los desarrollos más dramáticos tanto en los círculos
intelectuales como políticos ha sido el creciente interés en la "sociedad
civil". En el presente trabajo de investigación se traza la evolución de
este interés y provee una visión de conjunto del papel que cumple la sociedad
civil en la construcción de la democracia, es decir, las maneras en que puede
contribuir a consolidar regímenes democráticos de reciente instauración, y en
el mantenimiento de aquellos que tienen una vieja tradición democrática, en el
ámbito de la transformación, por algunos denominada revolución silenciosa, en
la esfera de los procesos políticos, económicos, sociales y militares en acto
en América Latina y que influyen en el Sistema interamericano como un todo en
general y en la salvaguarda de interferencias sustanciales y/o perturbaciones
del orden estatuido en el continente.
Por otra
parte, la información y los comentarios que se presentan en este trabajo de
investigación se concentran en la
dimensión social del tema del "buen gobierno y fortalecimiento de la
sociedad civil", de conformidad con el campo de acción del Sistema
Latinoamericano[4].
Con base
en estas premisas, este trabajo, ha sido organizado de la siguiente manera: En
primer lugar, se da una breve reseña histórica de la Democracia, sus avances y
desafíos; el interés general y gobernabilidad, la participación popular y la
representatividad
En
segundo termino, se exponen brevemente los
elementos básicos de los conceptos de "buen gobierno" y "sociedad
civil", destacando las vinculaciones entre ellos y con el contexto de
desarrollo integral y consolidación democrática que caracteriza la agenda de
América Latina.
CAPITULO II
E
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Desde cierta perspectiva NO. Es decir, en América Latina,
estamos en una etapa de transición hacia una verdadera democracia.
Esta no es una mera opinión hecha al azar, sino
que se fundamenta en ciertos o determinados factores de nuestra vida socio –
política - económica actual que nos insertan en un modelo no democrático.
Algunos de dichos factores son:
La economía. El problema económico actual,
indudablemente acarrea grandes dificultades básicamente en el área social. Hoy
a causa del capitalismo, la sociedad en América Latina se divide en dos clases
sociales: La alta o rica, que esta conformada por un reducido grupo de personas
que concentran la mayoría del capital y por ende aliada al poder político. La
otra es la baja o pobre, que tiene muchas graduaciones diferentes, dentro de
las cuales cabe destacar, la antigua clase media que ha sido vapuleada por el
sistema hasta convertirse en los nuevos pobres de esta sociedad; el antiguo
comerciante, empresario, empleado o campesino ha sufrido el impacto de los
hipermercados, los grandes grupos económicos industriales y agropecuarios; como
así también los empleados han perdido mucho de su poder adquisitivo, y les
espera una situación peor con la flexibilización laboral. Dentro de esta misma
clase merecen una mención especial los excluidos sociales, la clase que paso de
pobre a clase marginal quienes se han convertido en indigentes y verdaderos
minusvalidos sociales aquella clase que habitan en ranchos, fabelas debajo de los puentes ecc. y donde la desnutrición, por dar un ejemplo,
es una realidad de todos los días. En este marco social es indudable que la
igualdad y la libertad son utopías, ya que solo es libre aquel que posee dinero.
La salud, que debe ser igual para
todos, hoy no es así. Depende del factor económico, ya que es abismal la
diferencia entre la atención de un hospital publico a una clínica privada. La
salud esta relacionada con la vida y por tal es fundamental y primordial ante
cualquier otro problema. Es necesario garantizar el derecho a la vida de todo
el pueblo. Es incomprensible que males como el cólera, el dengue, la
tuberculosis y otras enfermedades endémicas que tienen cura, en América Latina
son una realidad para gran parte de la población; obviamente la parte mas
afectada por estas enfermedades
curables son aquellos a la que el poderío económico ha excluido.
La justicia, que es un
pilar para la democracia, en América Latina esta desbastada. Hoy nos encontramos
ante un poder judicial absolutamente dependiente de los otros dos poderes, en
donde la inherencia en asuntos que son de la exclusiva pertinencia del Poder
Judicial se ven ampliamente afectados por los compromisos políticos de una
parte así como del poder económico por la otra; a tal extremo de que los
inversionistas tanto nacionales como extranjeros, no lo hacen por el temor a
perder sus capitales por la inseguridad jurídica en que se vive en la Región;
aunado a esto la superpoblación de las cárceles de los países del continente
por falta de celeridad procesal en consecuencia una justicia justa.
La educación debe cumplir un rol
fundamental; sin embargo, en algunos piases de América Latina, tienden a
privatizarla, restringiendo de esta manera cada día más el derecho a ella que
tiene la gran mayoría. Así la educación
se dirigirá a un determinado sector social, el cual obviamente será
portador del poder en el futuro. "Si el principio revelador de la
pertenencia a las antiguas clases dominantes era la propiedad, la nueva clase
dominante se define ante todo por los conocimientos, es decir por un nivel de
educación"[5]. La
educación publica y gratuita es un derecho que no puede ser vulnerado, ya que
un pueblo ignorante es fácil de dominar; hoy por hoy el índice de analfabetismo
ha llegado a cifras altamente preocupantes. No podemos dejar de referirnos a la
dependencia que la educación sufre de organismos internacionales como el FMI y
el Banco Mundial. Esto atenta contra la autodeterminación de los pueblos.
La seguridad, se encuentra en una
crisis importante; los niveles de inseguridad que viven la mayoría de los
Países en América Latina mantienen en zozobra al pueblo, llegándose en muchos
de ellos a tomar justicia por cuenta propia con el linchamiento de los delincuentes,
debido a que los órganos encargados del Orden Publico Interno no dan garantías
de seguridad al pueblo, en donde muchas veces no se sabe que es peor sí el
ladrón o la policía ya que estos últimos se ven involucrados en hechos ilícitos
que atentan contra la célula fundamental de la Sociedad.
Devaluación de la clase política, la misma en
su gran mayoría no representa a la sociedad. Esta mas ocupada en sus intereses
personales que en darle al pueblo lo que le pertenece. Esto es lo que damos a
llamar falta de representatividad. "La política se ha convertido en un
espectáculo, pues los partidos ya no responden a las corrientes de opinión.
Ideas, actividades, costumbres, se han transformado y abierto al cambio, en
tanto que los representantes políticos permanecían inmóviles, volvían sus ojos
hacia el pasado o dirigían las miradas hacia el poder y no hacia el
pueblo"[6].
La libertad de expresión, El Derecho
de informar durante la ultima década ha tenido grandes avances desde que se han
erradicado las dictaduras o regímenes autoritarios en el contexto del
Continente Americano, debido a la libertad de prensa que los distintos
gobiernos democráticos han conferido a los
medios masivos de comunicación, en tal sentido es conveniente apuntar
que no obstante en la teoría existe libertad de prensa en la practica en muchos
casos no sucede así ya que parte de la información es filtrada por entes u
organismos que los mismos gobiernos han creado de tal manera de no dejar
conocer a la opinión publica de ciertos aspectos del que hacer político,
económico o social que pudieran afectar los intereses del Gobierno de turno.
Esto nos lleva a preguntarnos hasta donde llega dicha libertad.
Los factores
anteriormente mencionados, son solo referentes, ya que la realidad es mucho más
compleja y todos están interrelacionados. Dichos factores que presentamos de
forma separada, en la realidad no se presentan así. Son todos causa y efecto de
todos. Pero debemos aceptar que el factor que más influye o determina a los
otros es el económico, pues imperativa es la elevación del nivel de vida de millones y millones de
latinoamericanos. ¿De que sirven la democracia y la libertad si se esta
hambriento y se es ignorante?
Para desarrollar
este trabajo, debemos elaborar pautas que consideramos alternativas al sistema.
Hoy nos
encontramos en una situación histórica limite, ¿por qué?, Históricamente con la
Revolución Francesa cambia la conformación política de todo occidente, los ideales
de libertad, igualdad y fraternidad son los pilares de esa revolución. Luego de
la misma el planeta se divide en dos grandes corrientes políticas llamadas
izquierda y derecha, o mejor dicho socialismo o comunismo y la occidental
liberal capitalista. En el comunismo se toma la igualdad como el valor
primordial por lo que la libertad es dejada de lado y se llega a sacrificar
numerosas vidas en nombre de la equidad social. En el neoliberalismo se toma
como axioma a la libertad, lo que deja de lado a la igualdad, llegando a la
exclusión social que causa también numerosas muertes.
Entonces vemos
que los dos sistemas predominantes hasta hoy no son los ideales, ya que ambos
tienen serias frustraciones. Desde nuestra perspectiva el marco histórico da
una situación en la que se ve esto y se espera la llegada de una alternativa.
En el contexto
latinoamericano, donde rige la derecha, no se vive en democracia. Los partidos
dominantes no ofrecen una real, concreta y madura alternativa al sistema que
vivimos hoy.
En América
Latina otro dato que nos sitúa en una situación limite, es el caos social que
se vive Así como el malestar generalizado de la gente y la desconfianza en la
clase dirigente.
Lo arriba expuesto,
podría llegar a parecer desesperanzador o que fomentara la inactividad, ya que
hay muchas cosas que están mal. Lo que se debe hacer es aprender de la historia
y como dijimos antes intentar guiar o contribuir para llevar a esta sociedad a
vivir mejor de lo que lo hace actualmente. Se debe reafirmar que la democracia es un
proceso sin término. Cada avance da lugar a nuevos problemas, a nuevas
restricciones y posibilidades. En cada fase, la cultura política tiene
fundamental importancia, como su raíz y alimento, como su base y columna
vertebral, favorable al proceso y al sistema democráticos. La cultura política
les permite a aquellos autogenerarse y autoreproducirse, extenderse y
defenderse. La cultura política de la democracia supone y requiere actores
sociales, prácticas políticas, soluciones institucionales de naturaleza
democrática; la tolerancia de las diferencias y las divergencias; supone la
aceptación de la legitimidad de los conflictos y la necesidad de procedimientos
legales para dirimirlos; obligar a buscar instrumentos y mecanismos de diálogo,
negociación y concertación.
Por ello
visualizamos algunas pautas:
Cambio de
conciencia: Es fundamental para lograr el cambio. Cuando hablamos de cambio de
conciencia nos referimos ante todo a educar a las grandes masas populares.
Tomando a Freire, podemos decir que la educación es la única arma que tenemos
para luchar, es lo único que nos dará una verdadera libertad. La educación no
es neutra, responde a situaciones históricas determinadas y a condiciones económicas dominantes[7].
El Sistema educativo que se plantea en
el presente trabajo de investigación, no debe ser una mera reproducción de las
bases del sistema; apuntamos a una educación en la que se invite a reconocer y
descubrir críticamente la realidad. Esta educación no se refiere solo a la
formal, sino a una educación en todo los ámbitos de la vida, ya que la
educación no es un ámbito de la vida, sino que la vida es educación y por tal
la educación es política. No solo la educación escolar, sino la educación de la
vida, guiada principalmente por su entorno social, y de ser posible, con el
ejemplo de los gobernantes. La educación que hoy se ha implantado tiene como
futuro mediato la eficientización de los alumnos con el fin de programarlos
mecánicamente para cumplir funciones económicas principalmente; esta es lo que
Freire dio a llamar Domesticación. La educación debe ser un medio para que la
persona reciba una formación adecuada que le permita la libre ejecución de sus
derechos, de sus ideas, y debe ser fundamentalmente un proceso en el cual el
educando es un sujeto activo que tiene mucho para enseñar; esto difiere de
nuestra realidad, donde se considera al educando como un mero receptor vacío y
pasivo, al cual hay que "rellenar" de "conocimientos". No
debe ser una educación cercenadora como la que hoy tenemos, que necesita del
ayuno de decenas de docentes representando simbólicamente la decadencia de
nuestra escuela publica.
Se necesita de
una educación que fomente la consolidación de las posturas, que reparta
libremente una gama de conceptos que luego permitirán la formación de una
posición critica acerca de diversas temáticas lindantes con la realidad, no es
necesaria una educación que participe con conceptualizaciones parcializadas que
representen el interés de determinados sectores. Es hora de que nos demos
cuenta que la gente no se vende ni se compra, mejor es que formemos personas
inteligentes, críticos, idealistas pero también realistas, personas de las
cuales estemos seguros de que contaran con la suficiente gama de conocimientos
que permitan la correcta guía de la comunidad. Pero estos deseos realizables
deben estar acompañados con el esfuerzo de personas interesadas en tener
abierta su cabeza al ingreso de actitudes y aptitudes, a los conocimientos
liberadores.
Paz: Se debe partir de la base que el valor de
la vida de cada ser humano es imprescindible, es obvio que no se propone un
cambio por medio de una revolución armada, sino mas bien una verdadera
revolución pacifica. Distinta es nuestra posición de aquellos que sostienen que
para que se produzca un cambio histórico es necesaria la toma del poder por
medio de la lucha armada. Desde mi perspectiva todo ser humano vale, sea cual
fuere su postura ideológica. El hecho del uso de la Fuerza como único medio
para la solución de los problemas que afectan a nuestros pueblos supone la
imposición de cierto ideal a un marco de gente determinado, y no creemos que
sea lo correcto. Lo apropiado es llegar a producir el cambio a través del
dialogo y consenso de las diferentes posturas.
Transformación de la economía: Los sistemas
tanto Capitalista como Socialista ambos toman como base la acumulación de
capital, a cualquier costo, no importa sacrificar hombres o naturaleza. Se
diferencian en la forma de distribución de ese capital. En América Latina esa
distribución es extremadamente desigual, como ya nos referimos en otro punto de
este trabajo.
Para nosotros es necesario que la economía este
al servicio de hombre, que el hombre no tenga como fin solamente la acumulación
de capital Por otro lado, en América Latina, es inconcebible la desnutrición,
la falta de alimentación, por falta de verdaderos programas que enrumben a las
economías hacia la verdadera productividad, que es la que al final le dará el
mayor índice de felicidad a la población. No se puede creer que mientras
algunos posean millones de dólares, otros no tenga un techo donde vivir. La
economía debe apuntar a lo social, en tal sentido es oportuno preguntarse ¿a
donde han ido todos los dineros de las arcas de los Países del Continente? Es
obvio que al pueblo no. Es por ello que los gobiernos democráticos deben
apuntar hacia la humanización y diversificación de la economía.
Memoria: Es para nosotros indispensable
aprender de la historia, para no volver a cometer los mismos errores. Es decir
estudiar la historia de un pueblo nos facilitara el camino para el cambio. Es
indudable que este factor nos ayuda a sostener el punto dos, ya que si vemos en
la historia el sinnúmero de atrocidades cometidas por las guerras, optaremos
por el camino de la paz. Esto no significa vivir en el recuerdo, ni intentar
volver a épocas pasadas, sino más bien aprender de lo que ya se ha vivido en
diferentes momentos históricos. Estudiar la historia que mucho nos puede
enseñar.
Fomentar la independencia de poderes: La Generalidad
de las Constituciones de los países de América Latina establece la división de
los poderes (ejecutivo, legislativo y Judicial). En la practica vemos que
principalmente el Poder Judicial es la comidilla de los demás poderes. Es un
sector del poder sometido al poder. Jueces que responden al gobierno, jueces de
los cuales se duda su idoneidad, impunidad a flor de piel... ¿Es esta la base
de justicia que nos hará confiables ante los ojos de nuestra posteridad e
incluso nuestros ojos? No, debemos luchar por el cumplimiento de las funciones
especificas de cada poder, debemos tener la seguridad de que contamos con
tribunales imparciales en igualdad de condiciones para todos los ciudadanos,
sin la importancia dada por el poderío económico, ocupación social o
influencias gubernamentales. En cuanto al Poder Legislativo es necesario el
valor de los legisladores para sancionar las leyes de acuerdo a un criterio
independiente y no responder a las necesidades partidistas, sino a las
necesidades del pueblo, que al fin al cabo es el único soberano, y por ende de
cada país. Entre otras cosas, es inadmisible en América Latina, la presión que
por lo general se recibe del Poder Ejecutivo, eso es lo que hace
"entubar" las leyes o por el contrario sancionarlas sin mas debate
que el mero tramite establecido para sancionar las leyes en los distintos
países las cuales están lejos de mejorar la calidad de vida de los
administrados.
También nos parece útil destacar que por
interposición de los intereses partidarios se produce una negociación de
poderes y debates, de leyes e intercambio de mandatos que no hacen mas que
condimentar la inoperancia con la que se maneja el sistema legislativo de
América Latina en general. Por ultimo, hablando del poder Ejecutivo, es
necesario hacer comprender a los gobernantes de las distintas naciones de la
América Latina que es necesario erradicar definitivamente con las presiones y
el autoritarismo que ejercen algunos, y entender que si estamos en un gobierno
"democrático" no son útiles los decretos repartidos a diestra y
siniestra, porque de este modo ¿Qué funciones cumplen la cámara de Senadores y
de Diputados?. Procuremos entender que cada poder ha sido dotado de una función
especifica, que cada uno debe ser independiente respecto del otro, porque de
este modo aseguramos un presente y un futuro dichoso para la región antes que
por el contrario que continuar con los serios problemas que se viven desde el
punto de vista económico, social y político que pueden amenazar la estabilidad
de los gobiernos de la ya tan golpeada América Latina.
Luchar contra la corrupción: En los últimos
años, y aun más recientemente, la corrupción ha sido el común denominador de
los cargos políticos en América Latina. La clase política se burla de la
incapacidad de la gente originada en la irresponsabilidad del adoctrinamiento
de la sociedad, en el sentido de entender las situaciones mas alejadas como
propias, y convirtiéndolos en una sociedad de cómplices, sin detenerse por un
instante a pensar que en definitiva, en un momento determinado perjudican al
país. Es por ello que es un compromiso social denunciar a aquellas personas e
instituciones, principalmente las que tienen asignadas funciones publicas en
nombre del pueblo, con el fin de lograr una conciencia respectiva y precursora
de una sociedad equilibrada. Esta situación, la de la denuncia, no implica caer
en un canibalismo desmedido, pero sostiene la teoría de que la corrección de
unos pocos implica el bien de muchos.
Es en definitiva, la conformación de un criterio
plurilateral en busca del bien social.
Derecho a la libertad de expresión: Esto es un
concepto fundamental, el que permite la denuncia de las situaciones que
corrompen el desarrollo armonioso de la vida democrática. También permite y, a
la vez fomenta, la publicación de las ideas, que son puntales para el
desarrollo. Hay que convenir que las ideas son el factor fundamental de un
pueblo que debe querer pensar, que debe tener dignidad para rechazar los
aspectos de ignorancia que pretenden implantarle, que debe tener la capacidad
de critica madura. Debe superar y no temer a la clase de terrorismo mediatico
que hoy esta presente en la mayoría de nuestros países; hay que superarlo con
hidalguía y valor, a fin de que las palabras no se las lleve el viento y los
actos maliciosos queden plasmados. Es, por
ultimo, lo que nos permite ser libres, porque un hombre sin palabras es
esclavo de sus intenciones.
Utilizar el
voto como termómetro de la democracia: A pesar de que, como ya dijimos, la
democracia no es solo emitir un voto en las elecciones, sino que implica
participación; creemos que si el pueblo cuenta con buena formación el voto debe
ser el arma para castigar al gobierno deshonroso y un premio al gobierno justo.
La emisión del voto pensado es la manera de justificar las buenas actitudes y
acciones de los gobernantes, y justamente por ello debe ser meditado y
ejecutado a conciencia. Se debe procurar cambiar la actitud que predomina
frente a las elecciones, ya que votar no es una obligación, sino un derecho con
el cual el Ciudadano cuenta para la conformación del cuerpo representante.
CAPITULO III
CONCEPTO DE GOBERNABILIDAD
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R |
esultaría acertado señalar que hasta la segunda
mitad del decenio de los '80, la palabra "gobernabilidad" no se escuchaba
con frecuencia entre los distintos grupos que trabajan para el desarrollo de
los países de América Latina. Sin embargo, hoy en día resulta difícil leer una
publicación sobre temas del desarrollo publicada por Naciones Unidas, por
organismos de ayuda multilaterales y bilaterales, instituciones académicas u
organizaciones privadas de voluntariado, e incluso en las agendas de las
Cumbres Presidenciales, en que no se recurra con frecuencia a su uso.
En el mundo anglosajón, "governance"
es una palabra que ha sido utilizada habitualmente a lo largo de siglos para
referirse al ejercicio de la autoridad dentro de una determinada esfera. A
menudo se ha empleado como sinónimo de la gestión eficaz de un amplio espectro
de organizaciones y actividades, desde la empresa moderna ("gobernabilidad
corporativa") o la universidad ("la gobernabilidad de Vassar
College") hasta las profundidades marinas. Aún cuando el concepto se
aplica a muchas situaciones en las que no se observa un sistema político
formal, no deja de implicar la existencia de un proceso político: "gobernabilidad" significa crear
consenso, u obtener el consentimiento o aquiescencia necesaria para llevar a
cabo un programa, en un escenario donde están en juego diversos intereses, sean
estos políticos, sociales, económicos, o militares.
La amplia aplicabilidad del término, su
referencia a problemas básicos de orden político (incluyendo la eficacia y la
legitimidad), y su carencia de toda relación necesaria con el Estado han hecho
de él en el último decenio un instrumento útil para un número creciente de
participantes en el debate sobre el desarrollo. Así, por ejemplo, aquellos que
están convencidos de que el rol del Estado en los asuntos económicos y sociales
se ha vuelto demasiado amplio y debería ser reducido, han podido desplazar
parte de la discusión sobre los asuntos públicos del ámbito de
"gobierno" al terreno mucho más amplio de "gobernabilidad".
La novedad relativa del término "buena gobernabilidad" en círculos
internacionales también ha facilitado los intentos de reformar los programas y
burocracias del Estado en muchos países apelando a un modelo aparentemente más
técnico y menos político que el evocado por los llamamientos a "la reforma
del Estado".
Al mismo tiempo, muchas personas que quizá no
tengan demasiado interés en reducir el espectro de actividades de los gobiernos
nacionales han visto en el concepto de "gobernabilidad" un
instrumento útil para abordar problemas que requieren una acción en común en
ámbitos donde el Estado no desempeña o no puede desempeñar un papel de
liderazgo. Estos ámbitos se encuentran en diferentes niveles de la sociedad,
desde lo más local a lo supranacional. Los problemas de
"gobernabilidad" constituyen un aspecto relevante en el
fortalecimiento de las culturas cívicas, la promoción de la acción voluntaria
y, por tanto, en la mejora de las bases sociales para la democracia. También es
cada vez más importante en el análisis de cómo la comunidad internacional puede
crear las instituciones necesarias para promover el orden y la justicia en el
contexto de la globalización.
En otras
palabras, al igual que muchos otros conceptos clave en el actual debate sobre
el desarrollo, el de "gobernabilidad" están siendo usado por sectores
de orientaciones ideológicas muy diferentes, para diversos fines, a menudo
contradictorios. Las instituciones financieras internacionales también han adoptado tan ampliamente este concepto.
A éstas suele atribuirse la atención renovada que, durante los años '80, se
proyectó sobre el concepto de "gobernabilidad" y el apoyo a su
interpretación del término con un volumen de financiación considerable.
Hemos señalado la ponderación del interés Común
como una de las características de la acción de gobierno, y afirmamos que era
un elemento de justificación, quizás ideológico. Pero “si por una parte el
elemento el interés Común es aceptado como principio que ha de inspirar la
actuación del gobierno, por otra no es demasiado fácil de concretar”.[8]
Habrá casos sencillos, en los que podrá encontrarse un consenso casi unánime:
quizá las medidas de protección civil frente a catástrofes naturales podrían
servir de ejemplo. En este caso, el interés Común es el interés de todos y así
percibido por todos. Otras veces, sin embargo, no hay consenso sobre lo que hay
que hacer para servir al interés Común
aunque exista una conciencia muy extendida de que el interés Común está
en juego; este podría ser el caso de los problemas de defensa militar.
Finalmente, la situación concreta a la que deba responder una acción de
gobierno, puede no involucrar directamente el interés Común, pero si
indirectamente, a consecuencia del tipo de respuesta que del gobierno a una
demanda motivada por el interés de un grupo social. Respuesta que, por otra
parte, puede incitar a otros interese sectoriales y provocar nuevas demandas.
Si excluimos una situación limite, como la que
correspondería al ejemplo de la catástrofe, parece claro que no siempre es
posible demostrar la coherencia de una acción de gobierno con el interés Común, desde el momento que
se tienen diversas concepciones de él. Por el contrario, a menudo será posible
determinar cuál es el interés Común por el embrollo de interese parciales
enfrentados. Entonces puede tomar fuerza una perspectiva axiológica, “que de
definir el interés Común con relación al interés de todos o de la mayoría de
los ciudadanos”[9], pasa a
formularlo en términos cualitativos, en referencia a “principios morales y
credenciales universalmente reconocidos, cuando estos existen”.[10]
Lo grave es que, en condiciones de modernidad avanzada, ese referente último no
está siempre claro ni mucho menos.
Así pues, la acción de gobierno puede
plantearse con relación a valores. El
pensamiento político medieval europeo, impregnado de influencia religiosa,
concentró muchos esfuerzos en proponer referentes éticos en la conducción de
los asuntos públicos. En este sentido, “la idea del ‘bien común’ como objetivo
de la ley y su asociación con el ‘bien individual’ es quizás la formulación más
conocida”.[11] Pero el
movimiento de la Ilustración supuso la voluntad de emancipar de los
determinantes religiosos externos la libertad individual; los parámetros éticos
de la acción de gobierno debían ser accesibles a la razón humana. Así, el ‘bien
común’ no se definía en relación a la doctrina cristiana, sino respecto a lo
que cada autor consideraba pertinente. Además, planteado el problema de los
límites del poder, se examina también su justificación en nombre del bien
común. Ya no es evidente que el bien común pueda imponerse siempre al bien
individual, o que esté siempre asociado a él. Para Montesquieu, por ejemplo,
“si el bien particular debe ceder ante el bien
público cuando está en juego la libertad del Ciudadano, el bien público
puede imponerse al particular cuando se trata de la propiedad”.[12]
Cuando más tarde el liberalismo consagre la
economía de mercado, al homo economicus le será mucho más familiar la
constatación de que el interés preside muchas motivaciones de las conductas
individuales. El bien es una categoría ética que se sitúa en un plano menos
inmediato al individuo que el interés. Bentham, a mediados del siglo XIX,
discutió la noción de interés común y, de paso, la propia noción de comunidad:
“The community is a fictious body, composed of the individual person who are
considered as constituting as it where its members. The interest of the
community then is, what? -The sum of interest of the several members who
compose it”[13].
Y no encaja demasiado bien con esta concepción
liberal individualista el que los poderes públicos, y no cada Ciudadano, se
ocupen de un interés común distinto del interés de los ciudadanos. A pesar de
todo, junto a esta concepción que entiende el interés colectivo como un mero
agregado de intereses individuales, el liberalismo contribuye a engendrar un
movimiento político que atenúa el individualismo: el nacionalismo se fundamenta
en la titularidad del poder político supremo atribuida a la nación, y en la
consideración del interés nacional como interés superior al interés individual.
Sintomáticamente, la defensa de la nación es la que justifica la economía de
guerra, drástica limitación de la economía de mercado.
No hay, en realidad, ninguna situación
histórica sin un poder público que actúe en función de algunos intereses
Comunes; “por lo menos el de asegurar un mínimo estatus vivendi entre los
intereses parciales”[14]
desigualmente servidos.
Pero también hay que constatar la dificultad
actual de concretar en cada coyuntura el interés Común. En primer lugar, hay
que mencionar factores internos, entre los cuales el más importante es
probablemente la multiplicación de intereses parciales que se manifiestan y a
los que los poderes públicos deben responder. En una sociedad democrática en las
que las demandas sectoriales pueden expresarse libremente, los poderes públicos
han de considerarlas, de modo que su actuación no puede moverse sólo por propia
iniciativa. Por el contrario, son los poderes públicos quienes por su propio
carácter deben orientar su actuación en función del interés Común.
Hay dos momentos en los que una democracia
representativa (en la que participan los ciudadanos como electores, y no como
miembros de un sector determinado) puede formularse el interés Común, por lo
menos determinando prioridades: las elecciones, en las que cada fuerza política
presenta un programa de gobierno, y la legislación. Las elecciones son previas
a la formación de gobierno, pero quienquiera que resulte de ellas deberá
sentirse obligado a tomar como referencia sus propios programas electorales.
Esto, como es sabido, no obsta para que una vez en el gobierno, los que estén
en él cambien de orientación alegando que ‘las circunstancias han
cambiado’. En cualquier caso, y en los
Estados de derecho, “la legislación es el momento en que a través de estos
procedimientos públicos se fija la pauta de actuación de los poderes de Estado”[15].
Por eso los grupos de presión con interés permanente procuran situarse cerca de
los legisladores a fin de influirles, especialmente donde la escasísima
disciplina del grupo parlamentario puede hacer más receptivo al legislador
individual. El caso de los Estado Unidos es el ejemplo más habitual, pero la
presión sobre el legislador puede operar de forma indirecta, por ejemplo, entre
sindicato y partido[16].
Hay que tener presente, además, que ni los
legisladores ni los gobernantes en Común pueden optar por cualquier respuesta a
cualquier demanda que se les formule. Su legitimidad política deriva del
acatamiento de normas, y por encima de toda la constitución. Sus formas de
actuación están limitadas, pero también, en muchos casos, les son impuestos
determinados valores constitucionales[17].
Así, no pueden responder a demandas que sean
contradictorias con la constitución: con los valores, derechos y procedimientos
recogidos en ella. Y en algunos países como España o los Estados Unidos, un
tribunal puede determinar si se ha producido o no una transgresión de la norma
suprema[18].
En segundo lugar, junto a factores internos hay
otros externos que también dificultan la formulación del interés Común. Hay que
recordar que la autoridad de los gobernantes de cada Estado hace ya tiempo que
ha dejado de ser plenamente soberana. Las decisiones de los gobernantes son
sólo relativamente independientes, como es fácil de ver con dos ejemplos. En
materia económica, el proceso de integración europea, y en defensa de la
participación en organizaciones militares supranacionales, no sólo limitan la
autonomía de decisión, sino que, en Europa, sitúan la definición del interés
Común fuera del ámbito estatal que es el propio de los gobernantes.
Se examina siempre los problemas de la
gobernabilidad teniendo en cuenta dos dimensiones. La legitimidad y la
eficacia. La legitimidad de los gobernantes proviene del carácter
representativo de las instituciones públicas desde las cuales ejercen el poder.
En las elecciones que renuevan periódicamente la representación popular,
participan candidatos con programas planteados en función del interés Común de
la sociedad.
Pero desde el momento en que alcanzan la
condición de gobernantes, su actuación se ve determinada por las demandas que
presentan grupos que defienden intereses sectoriales. Y a los gobernantes se
les valora por la eficacia con que responden a las peticiones de los grupos
portadores de intereses parciales. Estos grupos tienen una clara conciencia de
su propio interés, y pueden medir el grado con que es satisfecho. En cambio, no
sucede así con el interés Común, que con frecuencia responde más a un principio
ideológico susceptible de interpretaciones diversas, que a la percepción
subjetiva de una conveniencia concreta.
Demostrar
que la prosperidad de un país depende hoy de la prosperidad mundial, o que la
gobernación de una región o estado depende también de la mundial es demostrar
que hoy, el interés Común no reconoce fronteras. Y, por lo tanto, que la noción
de interés Común (de interés general) debe ser ampliada, hasta abarcar a la
humanidad completa. Se tarta de una tarea que, a pesar de su vasto alcance, no
es abstracta. Es una tarea práctica de gobierno tal y como se halla hoy la
situación de nuestro universo social, en el que tareas y problemas, escollos y
soluciones han sufrido un proceso de mundialización.
CAPITULO
IV
|
L |
a participación política tiene su manifestación
más clara y repetida en las elecciones. “A través del voto, todos los
ciudadanos jurídicamente capaces pueden participar en la designación directa o
indirecta de los gobernantes, mediante el ejercicio de un derecho que parece
obvio en una democracia contemporánea”[19].
Pero no lo encontramos en sus raíces liberales. Hasta la eliminación de las
discriminaciones económicas que conlleva el sufragio censitario, la
participación era considerada más una función política reservada a las minorías
(cultas y con propiedades o dinero), que un derecho de todos. El liberalismo de
la primera mitad del siglo pasado, que Benjamin Constant podría representar muy
bien, consideraba la libertad de participar en los asuntos públicos como una
característica del mundo de las ciudades-estado de la Antigüedad. Prefería
claramente la libertad entendida como autonomía individual, libre de
inherencias a fin de vivir su vida sin miedo al poder político[20].
Es la libertad como derecho a que los entes públicos dejen en paz.
La indiferencia respecto a la participación en
los asuntos públicos se corresponde con el sueño liberal de una sociedad sin
trabas para los individuos. Pero este sueño incluye un presupuesto que no se da
en las sociedades occidentales contemporáneas: la economía de mercado
‘perfecta’. El sufragio universal abrió la participación política a los
sectores marginados del primer liberalismo. Para poder incidir en las
decisiones públicas y mejorar las condiciones de vida de los asalariados, se
formaron partidos políticos de orientación socialista o socialdemócrata. Su
intención era rentabilizar a favor de los trabajadores la participación que
permitía el sufragio universal[21].
El resultado de su impulso es el Estado asistencial que, con su
intervencionismo, conlleva ciertas correcciones en el funcionamiento del
mercado. Actualmente, la participación en las instituciones políticas adquiere
una nueva trascendencia, dado el fenómeno de la expansión estatal.
Esta expansión ha permitido también aumentar
las áreas donde es posible la participación de los ciudadanos y “ha provocado
la multiplicación de los canales de participación”[22]
para que puedan circular las demandas de los individuos y los grupos. Las
instituciones tradicionales como el Parlamento y las organizaciones centenarias
como los partidos, ya no son las únicas que canalizan las demandas de la
sociedad, a pesar de que aún determinan considerablemente la respuesta que
obtienen. Se ha llegado, quizás exageradamente, a expresar la sospecha de que
“la representación política no es ya ‘representativa”[23].
Tal vez sea más prudente afirmar que no todas
las demandas encuentran los canales de participación para influir en la
respuesta que esperan los grupos que las formulan.
Hay que recordar que la participación
(institucionalizada o no) tiene como objetivo influir en una decisión[24]
y, en principio, parece que hay muchos centros de decisión fuera del alcance de
los ciudadanos. Las empresas transnacionales son el ejemplo más conocido. Pero
por lo que se refiere a las decisiones que toman los gobiernos, la relativa
falta de influencia de los ciudadanos en la actual democracia representativa se
ve compensada por la fuerza de ciertos movimientos sociales, como los
ecologistas y feministas, y la de las organizaciones corporativas a que ya se
ha aludido, y que constituyen de hecho importantes instrumentos de
participación como, por ejemplo, los medios de comunicación social (mass
media). En cualquier caso, en la medida en que provocan conflictos y
‘desordenan’ el ámbito político tradicional, parece bastante claro que crean
turbulencias políticas importantes que han transformado la situación política
contemporánea e incrementado el grado ‘aceptable’ de desobediencia cívica para
muchos gobiernos.
La tesis de la crisis de la gobernabilidad
remite directamente al grado de participación en las democracias
contemporáneas. Refiriéndose a los estados Unidos, Huntington presenta el ciclo
siguiente:
a)
el incremento
de la participación política lleva hacia una mayor polarización en la sociedad;
b)
el
aumento de la polarización produce desconfianza en las instituciones y la
sensación entre los individuos de una creciente ineficacia política;
c)
esta
sensación conduce a su vez a una baja en la participación[25].
Hay que decir que no parece haberse dado
ninguna relación proporcional entre participación y polarización. Los grupos
terroristas, los movimientos pacifistas, feministas y ecologistas han
protagonizado una ‘participación’ crítica[26]
respecto las instituciones que no siempre canalizan adecuadamente sus demandas.
Además, articulados flexiblemente[27]
en torno de un único tema, sus demandas han contribuido a la ‘sobrecarga’ del
sistema político.
La eficacia de
la acción de gobierno, durante el último medio siglo, se ve afectada por
las presiones sociales que obligan a formular objetivos insólitos (el
equilibrio del medio natural) y a emplear instrumentos discutibles para la
tradición liberal como la discriminación positiva (affirmative action),
destinados a hacer igual la igualdad de oportunidades. Así, a la expansión del
ámbito del gobierno generada por los mandatos constitucionales o por la
decisión de los partidos parlamentarios, hay que añadir la que resulta de las
demandas de estos movimientos. En este sentido, quizá sí podría establecerse
una relación inversamente proporcional entre participación y gobernabilidad.
Dentro y fuera de las instituciones aumenta la participación de grupos,
proliferan las demandas contradictorias y los gobernantes tienen que dar
respuesta a problemas imprevistos. Además, la respuesta gubernamental establece
un precedente: se tenderá a exigir la misma receptividad al mismo tipo de
demandas de forma permanente. Difícilmente la eficacia de la acción de gobierno
puede mantenerse constante si los objetivos que desea o que debe asumir se
multiplican indefinidamente.
Sin embargo, también podría decirse que cada
demanda dirigida a los gobernantes comporta un reconocimiento de la función que
cumplen, aunque sea critica respecto a sus orientaciones o ponga en
dificultades su capacidad de actuar eficazmente. En otras palabras, el
incremento de la participación, en ciertos casos, ofrece a las instituciones
gubernamentales la oportunidad (quizás no deseada) de ensanchar la propia
legitimidad. Dentro de la democracia gozan de la legitimidad necesaria
proveniente de su carácter representativo y de su actuación respetuosa con el
imperio de la ley. Con algunos sectores, que lleven la participación critica hasta
el extremo de cuestiones de principio (como los grupos nacionalistas
independentistas, que no reconocen la legitimidad originaria de la
representatividad política) el enfrentamiento es inevitable.
Pero los grupos que participan para obtener
decisiones concretas, y no para cambiar el centro del cual emanan, no se pone
en juego lo que podríamos llamar el mínimo constitucional de legitimidad, sino
el grado de satisfacción que cada sector o grupo considera suficiente en
función de la respuesta que reciben sus demandas.
La pretensión de restringir la participación a
fin de facilitar la gobernabilidad limitando las demandas[28]
parece ocultar el fantasma del despotismo ilustrado, por no evocar otros más
próximos y desagradables.
En cualquier caso, resulta una tentación
demasiado fácil, pero incompatible con una sociedad democrática regida por
gobernantes representativos y lo suficientemente libre para que sus miembros
expresen sus pretensiones legítimas y consigan una mínima respuesta por parte
de los gobernantes.
CAPITULO
V
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Y |
a se ha dicho que la legitimidad de los
gobiernos democráticos es patente en las instituciones representativas. La
estructura de las que hoy conocemos sigue el patrón organizativo del
constitucionalismo liberal inspirado por Montesquieu, el principio de la
‘separación de poderes’[29].
Con esto se quería conseguir un mecanismo de contrapesos adaptado a los
criterios de lo que debía ser la acción de gobierno: la mínima intervención
posible en la vida de sociedad. Hay que recordar, sin embargo, que no es este
el liberalismo al que se asocia la idea actual de democracia[30].
El sufragio universal es lo que hace posible la democracia y permite el paso
del gobierno por consentimiento a una
forma indirecta de autogobierno como la democracia representativa. Con esta
fórmula política el parlamento legislador adquiere una gran importancia: de él
depende la producción normativa a la que los poderes públicos han de someterse,
comenzando por el poder ejecutivo.
La denominación de ‘ejecutivo’ parece indicar
una carencia originaria de iniciativa del órgano así designado, procedente de
un tiempo en que gobernar era entendido como realización (ejecución) de los
mandatos de la voluntad general que se expresaban por boca de los legisladores.
Obviamente, la realidad es muy distinta desde hace tiempo. “La potestad
legislativa ya no es monopolio del Parlamento, sino que el constitucionalismo
moderno[31]
reconoce también, con limitaciones explícitas, la facultad de dictar normas al
gobierno, sea como propia o delegada por el Parlamento. Más aún, la producción
legislativa parlamentaria es con mucha frecuencia el resultado de iniciativas
gubernamentales, salvo en el caso notorio de los Estados Unidos, a causa de la
rigidez constitucional de su separación de poderes.
En cualquier caso, puede afirmarse que la
legitimidad del sistema democrático ha encontrado en el sufragio universal y en
la representatividad del poder legislativo dos componentes indispensables. Por el
‘imperio de la ley’, el Estado de derecho mantiene bien delimitadas las
atribuciones de sus gobernantes, para el bien de la libertad de los ciudadanos.
Sin embargo, el problema no surge normalmente por lo que las normas prohiben
hacer a los gobernantes, sino en el hecho de que estos han de basarse en
normas para llevar a cabo su tarea.
Así, paralelamente al fenómeno de sobrecarga de demandas que se apuntaba como
posible factor de la crisis de gobernabilidad, se ha podido hablar de una
sobreproducción normativa propia de todo Estado asistencial, y que los
gobiernos conservadores de los años ochenta han querido corregir mediante la
llamada ‘desregularización’[32].
Pero independientemente del signo político de los
gobernantes, la estructura organizativa de la democracia contemporánea se
caracteriza por un peso determinante de los elementos normativos. Estos obligan
a calibrar la acción de gobierno no sólo con relación a la “eficacia técnica”[33],
entendida como consecución de los objetivos, sino por un impulso normativo
previo (y a veces ad hoc) a cada actuación material del gobierno. El gobierno
no puede desbordar el marco de legalidad, pero a veces entiende esto último
como la necesidad de que todas y cada una de las decisiones, individualmente
consideradas, debe ir precedidas por alguna norma precisa[34].
Si con esta práctica quizás aumenta la
seguridad jurídica de los ciudadanos, lo cierto es que se paga un precio nada
despreciable por lo que respecta a la eficacia del funcionamiento de la máquina
gubernamental, a causa de la hipertrofia normativa que ello provoca y la lenta
toma de decisiones consiguientes. El viejo principio jurídico legem patere quam
fecisti, destinado a presidir el régimen jurídico del gobierno como
manifestación de principio de legalidad, describe también ciertas consecuencias
negativas que la sobreproducción normativa tiene sobre los propios legisladores
y sobre los gobernantes.
Esto puede explicar la pesadez y lentitud que
con tanta frecuencia se reprochan la acción de gobierno y que se intenta
corregir reconociendo la autorregulación generada por los acuerdos entre
determinados grupos sociales: ya hemos visto cómo los convenios colectivos
entre empresarios y trabajadores son un ejemplo característico de la difusión
material del poder normativo en las sociedades contemporáneas[35].
Algunos ven esta situación como la vía de salida de la crisis de Estado
asistencial[36], pero ello
plantea más de una dificultad. Quizás la esencial sea la de los efectos a
terceros: las normas generadas por los acuerdos entre corporaciones pueden
afectar negativamente a ciudadanos que no están vinculados a ellas, que no han
podido participar ni directa ni indirectamente en su elaboración y que, a menudo, no pueden beneficiarse de la
garantía que supone el control jurisdiccional de las normas públicas.
Se trata, pues, de un importante efecto
perverso del corporatismo. No se debe olvidar que la democracia representativa
lo es de toda la sociedad con la participación formal de los electores
individuales, y no de las diversas organizaciones de intereses. De todas
formas, la inercia parece ir en sentido contrario, al del abandono de las
potestades normativas públicas. Es más, en algunas ocasiones los gobiernos
llegan a elevar a categoría oficial algunos acuerdos entre ‘interlocutores
sociales’. Otras veces, la necesidad de producir normas lleva a entendimientos
informales (y de constitucionalidad más que indiscutible).
Todo esto nos induce a pensar que la estructura institucional de la democracia representativa, muy bien dotada en teoría de controles y garantías frente a posibles excesos de los gobernantes, presenta aspectos que no acaban de encajar con las necesidades o las prácticas de la acción de gobierno. En particular, el indispensable sometimiento a las leyes es una condición que no resulta suficiente por sí misma para asegurar la consecución de los objetivos de la acción, aunque sea la premisa bajo la que es controlada por los tribunales. La producción normativa no equivale a la formulación de las políticas públicas adecuadas a la consecución de los objetivos gubernamentales. Por esto hay que buscar, más allá de la legislación[37], en el proceso de ejecución material de la acción de gobierno, criterios que permitan al público su evaluación a fin de juzgar tanto su