COLEGIO INTERAMERICANO DE DEFENSA

DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS

CLASE XXXVIII

 

 

 

MONOGRAFIA

 

IMPLICANCIAS DEL NARCOTRAFICO EN EL MEDIO AMBIENTE DE

AMERICA LATINA

 

 

 

 

 

 

 

CURSANTE

DR. HECTOR GRELA CARBAJAL

Médico Internista – Toxicólogo

Ministerio de Defensa – Uruguay

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

WASHINGTON, D.C., MAYO DE 1999


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN INTENTO DE EVALUACION DEL TRAFICO DE DROGAS ILICITAS EN EL CONTINENTE

 

En la primavera de 1980 un subcomité del Congreso de los Estados Unidos afirmo que las actividades criminales organizadas, en particular el narcotráfico, se habían convertido en un problema de seguridad nacional.

 

Por primera vez el subcomité de investigaciones admitió que la seguridad de Estados Unidos era amenazada por una curiosa forma de subversión que no era militar, ni ideológica, sino económica. Cuando el Presidente Reagan declaro su “guerra” a las drogas a principio de los 80, Estados Unidos estableció una nueva era de la diplomacia de la droga en su política exterior hacia América Latina.

 

En una encuesta del New York Times/CBS News en marzo de 1988, el 48% de los encuestados indicó que el tráfico de drogas era el asunto más importante de la política exterior que enfrenta el país, contra un 22% para Centroamérica, 13% para el control armamentista y 9% para el terrorismo.  Cuando se preguntó si era más importante poner un alto al tráfico de drogas o apoyar a los líderes centroamericanos contra el comunismo, fue igualmente revelada que el 63% expresó la opinión de que detener el tráfico de drogas era la máxima prioridad, mientras que solo el 21% creía que detener el comunismo era lo más importante.

 

Durante 1988 varios factores se combinaron para renovar el interés en los Estados Unidos con respecto a las drogas: la explosiva epidemia del crack y la cocaína, acompañada por el incremento de la violencia y de las muertes relacionadas con las drogas en muchas ciudades americanas, la preminencia dada a las drogas por la campaña de la primera dama, Nancy Reagan – Just Say No-  y por el candidato demócrata Jesse Jackson, durante la campaña presidencial, así como muchos políticos de ambos partidos que le añadieron visibilidad adicional al asunto; el arresto, extradición y juicio de un conocido capo de la droga Carlos Lehder; la acusación contra el hombre fuerte de Panamá, Manuel Noriega y su continuo desafío a Washington.  Por último, la creciente conciencia de los círculos políticos de Estados Unidos y de América Latina acerca del potencial desestabilizante de los narcotraficantes en ésta, reafirmaron el problema de la droga como un asunto de seguridad nacional en Estados Unidos y en todo el hemisferio.

 

Siete países latinoamericanos y del Caribe dan razón del grueso de marihuana, cocaína y heroína contrabandeadas a Estados Unidos desde el hemisferio occidental cada año. Cerca del 90% de toda la marihuana importada que entra al mercado de este país proviene de Colombia, Jamaica y México, destacándose una producción local en ascenso.  De acuerdo e información oficial y a través del Centro de Inteligencia de El Paso, en 1996 se confiscaron 478 toneladas métricas a lo largo de la frontera del suroeste, lo que representa un incremento del 50% frente a 1995.  La marihuana es la droga ilegal más prevaleciente en los Estados Unidos, estimándose que 10 millones de personas son consumidores activos de la misma.

 

Virtualmente toda la cocaína (1996-97. 400 toneladas métricas) que se ha introducido clandestinamente se cultiva predominantemente en Colombia, Perú y Bolivia, aunque han emergido también como productores de coca, Brasil, Paraguay y Argentina, en menor escala.

 

Las actividades regionales de lucha contra la producción de drogas ilícitas y en particular de la coca, materia prima de la cocaína, han logrado una reducción neta del 9.6% en la producción total de coca en la región a través de los últimos dos años.

 

Durante los últimos años, Estados Unidos, Colombia y Perú han concentrado sus esfuerzos de interdicción en las aeronaves cargadas de drogas que vuelan entre las regiones de cultivo de coca en Perú y Bolivia y los laboratorios de elaboración en Colombia.

 

Como resultado de esta campaña y de los proyectos de desarrollo que proporcionan alternativas económicas a los cultivadores de coca se ha verificado una reducción en la producción de un 40% en el Perú y de un 15% en Bolivia en los últimos dos años (97-98).

 

El progreso experimentado en estos dos países ha sido lamentablemente contrarrestado por una expansión del 56% en el cultivo de coca en Colombia durante el mismo período.  Esta expansión ocurrió principalmente en zonas controladas por la guerrilla y las fuerzas paramilitares.  Las campañas de fumigación aérea con herbicidas sobre zonas muy amplias, pretende contrarrestar esa tendencia, lo que no es novedoso y será motivo de análisis más adelante.

 

Se estima que en Estados Unidos 1996, hay 3.5 millones de personas consumidoras crónicas de cocaína, y 1.7 millones de consumidores actuales.

 

Se entiende por “consumidor actual”, la persona que consumió una droga ilegal, en el mes precedente a la entrevista y un “consumidor crónico” es una persona que consume drogas ilegales en 51 o más días del año antes de la entrevista.

 

México y Colombia son productores de heroína que llega al mercado norteamericano para cubrir el consumo de 320.000 consumidores ocasionales y 850.000 consumidores crónicos.

 

La creciente disponibilidad de heroína de elevada pureza ha hecho que la aspiración y el consumo en forma de cigarrillos sea ahora la modalidad más comun de uso, a lo que se agrega un mayor consumo.  Se ha sugerido en efecto, que la heroína esta siendo cada vez más asequible en ciudades de los Estados Unidos.  La de alta pureza proviene de Asia y de Colombia y abunda en la mayoría de las regiones del país.  La heroína de alquitrán negro mexicano, de pureza inferior, es más común en el suroeste. 

 

Las organizaciones de narcotraficantes tratan de “lavar” 57.000 millones de dólares al año, gastados en el mercado de drogas ilegales de los Estados Unidos.  Cuan profundo penetran las organizaciones criminales dedicadas a la droga y cuanto se benefician de la cadena de distribución por debajo del nivel al por mayor no se sabe, pero por ejemplo, una organización criminal transnacional, como el Cartel de Medellín, probablemente gana entre 4 y 6 millones de dólares anualmente en el tráfico de cocaína, menos de la mitad del cual es repatriado.

 

El presupuesto nacional para Control de Drogas en los Estados Unidos asciende para el año fiscal 1999 a 17.100 millones de dólares, del que se destinan 45 millones para apoyar a los países de la Cuenca Andina que participan en las operaciones de interdicción y ejecución de la ley contra las drogas ilícitas.  Esta actividad pretende ampliar los programas de erradicación de cultivos y desarrollos alternativos.

 

Los datos manejados hasta el momento, no lo han sido en forma antojadiza, deben servir para ordenar una línea de pensamiento que desarrollaremos a continuación, apoyada en hechos constatados en la investigación realizada.  Ello impone estudiar fragmentariamente 30 años del fenómeno del tráfico de drogas ilícitas y su corolario de errores y horrores para desembocar en el Encare Actude, asumido por los distintos países, multilateral, más nacional y más ajustado al derecho internacional.

 

El 15 de julio de 1986, el gobierno de Estados Unidos envió una unidad de combate del ejército (a la brigada de infantería 193, estacionada en Panamá) con helicópteros Black Hawks a Bolivia para llevar a cabo la operación “Blast Furnace” dirigida a localizar y destruir laboratorios y centros de producción de cocaína.  Tres meses antes, en abril, Ronald Reagan había firmado la Directiva Presidencial número 221, declarando que las drogas constituían una amenaza letal contra la seguridad norteamericana y ampliando el papel de los militares en la lucha antinarcóticos.

 

En forma paralela, en el Congreso estadounidense se desarrollaban debates en torno a la ley antinarcóticos de 1986; en medio de crecientes reclamos y presiones se buscaba involucrar más directamente a la fuerzas armadas de Estados Unidos en “la guerra contra las drogas”.

 

Se hace entonces evidente el viraje hacia una estrategia más punitiva y represiva contra las drogas por parte del gobierno norteamericano; serán así la criminalización y la militarización  las notas predominantes de la ofensiva estadounidense contra los narcóticos a partir de ese año.  Ambas tendencias venían evolucionando desde comienzos de la década de los ochenta, pero se escalarán.

 

La nueva ley antinarcóticos de 1986 incrementó el criterio de penalización para el tráfico, distribución y consumo de drogas.  El operativo “Blast Furnace” implicó un salto cualitativo y cuantitativo en cuanto a la metodología de acción militar en el combate contra los narcóticos.  En una línea similar de “replanteamiento” del papel funcional de las fuerzas armadas en el combate contra los narcóticos para lograr más “efectividad” y menos “tensiones” entre la población civil local y los militares, se escuchaban pronunciamientos en Estados Unidos.

 

De acuerdo con la ley antinarcóticos de 1986 y con un Executive Order del Presidente Reagan del 5 de mayo de 1987, se debía convocar a una comisión que prepara un nforme para el primer mandatario en torno a cómo y con qué instrumentos, confrontar el fenómeno de las drogas.

 

Se reunieron 127 personas del sector público y privado, expertos en salud y justicia, congresistas, banqueros, educadores, sindicalistas y deportistas entre otros.  Este grupo presidido por Louis Herrington, evaluó distintas iniciativas y produjo un informe final.

 

Una de sus recomendaciones principales en el área de la erradicación, y respecto a la política estadounidense frente a los países productores, indicaba lo siguiente –“concentrar los recursos para la erradicación en la destrucción de centros de refinamiento y laboratorios de procesamiento en vez de la destrucción de cultivos ilícitos y agregaba “no apoyar” la sustitución de cultivos o programas de reemplazo de cultivos en el exterior con fondos de Estados Unidos.  En esta misma dirección de “reubicar” el rol de las FF.AA. en la lucha antinarcóticos, se pronunció, director asistente para operaciones de la D.E.A..

 

Por su parte, el Pentágono ha expresado sistemáticamente su renuncia a verse implicado en la guerra a las drogas, en parte a causa de la preocupación de que este desviara los fondos de su misión militar central de defender los intereses de los Estados Unidos en el exterior y en parte por la preocupación de que una extensión del rol militar podría exponer a las FF.AA de Estados unidos a influencias corruptoras  (1987 Gaspar Weinberger “Our Troops shouldn’t Be Drug Cops”).

 

En el terreno internacional 1988 será un año crítico para comprender la evolución de la lucha antinarcóticos en Estados Unidos.  Durante la campaña electoral los sondeos de opinión mostraron que uno de los temas centrales, lo constituía el problema de las drogas.    Para ese año el Congreso estadounidense estudiaba una nueva ley antinarcóticos.  Y en esta cuestión, todos los actores relevantes del proceso de toma de decisiones norteamericanas se mostraban favorables con una “línea dura”.

 

Si desde Harry Truman hasta Ronald Reagan, nadie –en el Legislativo o el Ejecutivo- quería parecer “soft” con relación al comunismo, en la década de los ochenta quería ser identificado como “blando” en la “guerra contra las drogas”.

 

En síntesis, lentamente tomo preeminencia la política oficial norteamericana que veía dibujándose años antes: escalar la militarización de la lucha contra las drogas.  Con el ascenso al poder del Presidente George Bush esta tendencia se ahondó.

 

Para el segundo semestre de 1988, los indicadores acerca de como se venía en Estados Unidos la “salida” al problema de los narcóticos, en particular en Colombia, eran demostrativos de la creciente “visión Bélica” de este asunto.  La ley antinarcóticos aprobada por el Congreso ese año, incluía 15 millones de dólares de asistencia para las FF.AA de Colombia y 5 millones para la protección de jueces.

 

Hacía octubre, Thomas Mc Namara que se desempeñaba como Director de Antiterrorismo y Narcóticos del Consejo de Seguridad Nacional, fue designado como embajador norteamericano en Bogotá.

 

Para 1989, ya se había aprobado una asistencia militar norteamericana superior a la de años anteriores y el Eximbank, es decir el Export-Import Bank de Estados Unidos, garantizó 200 millones de dólares en préstamos para Colombia destinados a la compra de material bélico, algo inusual en este banco que concede garantías de créditos para exportaciones.

 

El gran tema era llevar “la guerra: al sitio medular del presunto origen del problema, según la concepción dominante en los Estados Unidos.  De allí el salto espectacular en el envío estadounidense de material de guerra a Colombia; mientras en 1985 los recursos de ayuda militar alcanzaban 800 mil dólares en 1989 llegan a 72 millones de dólares, es decir un incremento del 900%.

 

Además el Plan Bennett contra las drogas anunciado por el Presidente Bush (9/set/1989) propuso y decretó 76 millones de dólares en asistencia militar adicional durante 1990.

 

Cuando el 18 de setiembre el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Richard Cheney declaró que el combate contra la drogas sería una misión de seguridad nacional prioritaria para el Departamento de Defensa, quedaba sellada la estrategia de militarización de “guerra contra los narcóticos”, en especial por sus efectos para los países andinos en general y para Colombia en particular.

 

El 20 de diciembre de 1989, el ejecutivo norteamericano ordenaba la invasión a Panamá.  El enfrentamiento bélico contra las drogas, cobraba su primera víctima: no era el General Manuel Noriega, sino el principio de no intervención-  Sin duda lo realizado, más allá de las mejores intenciones, era un acto contra el Derecho Internacional.

 

Las administraciones de Carter y de Reagan toleraron a Noriega durante años porque era un “elemento útil” a pesar de la creciente evidencia de que estaba implicado con el narcotráfico.  Fuentes de inteligencia de Estados Unidos vinculaban al General Noriega con el tráfico de drogas desde 1972.

 

Un estudio de 1985 revelado Estado fue tibia, el Pentágono no quiso perturbar el equilibrio y la CIA se opuso activamente a hacer cualquier cosa.  Muchas manos en un plato…

 

En 1986 el Vicepresidente George Bush habló de un “verdadero vínculo entre drogas y terrorismo”.  En 1987 los delegados de Estados Unidos en la Conferencia de Ejércitos Americanos, celebrada en Argentina, sugieren la unión de ejércitos latinoamericanos contra el “narcoterrorismo”.

 

En mayo de 1989, el Instituto de Estudios Estratégicos con sede en Londres informa que “el narcoterrorismo esta a la par del comunismo como amenaza a los intereses occidentales en América Latina.

 

 Así “los Estados Unidos debe realizar todo esfuerzo “para … “lograr el acuerdo de establecer y operar una fuerza antinarcóticos en el hemisferio occidental…” y están dispuestos a suministrar el equipo, entrenamiento y recursos financieros, para apoyar el establecimiento y operación de esta fuerza antinarcóticos” (Ley de Drogas Norteamericanas de noviembre de 1988).


OTROS INSTRUMENTOS DE LA POLITICA ANTIDROGAS DE LAS ADMINISTRACIONES NORTEAMERICANAS APLICADAS EN LATINO AMERICA

 

La fumigación con fiticidas (herbicidas) ha sido uno de los temas más controvertidos en la lucha contra la erradicación de cultivos ilícitos, en razón de la toxicidad de los mismos para el ser humano y por su acción destructiva de los ecosistemas.

 

Hacía 1978, Colombia se había convertido en el primer productor y exportador de marihuana con destino a Estados Unidos.  Se calculaba para la época que existían entre 25.000 y 30.000 hectáreas cultivadas.

 

Paralelamente durante la administración Carter, las piezas claves de la política antinarcóticos internacional de Estados Unidos, eran la interdicción y la erradicación.

 

La desrupción del contrabando de drogas ilícitas tenía una dimensión de problema de frontera: evitar su ingreso a territorio norteamericano y comprometer a los países productores y aquellos utilizados como fuente de tránsito, en la tarea de mejorar los sistemas de control y la represión de la salida de drogas.

 

Desde los 70, el esfuerzo por erradicar manualmente las plantaciones de marihuana ya no era percibido en Washington como suficiente y positivo.  La Casa Blanca y el Congreso comenzaron a coincidir en la necesidad de utilizar herbicidas para terminar con los cultivos, tanto de marihuana como de opio.

 

La presión del Presidente Carter para hacer más firme el compromiso gubernamental colombiano contra las drogas ilícitas, se incrementó visiblemente en el segundo semestre de 1978.

 

Junto a Carter, el Director de la D.E.A. (Drug Enforcement Administration), Peter Bensinger, comenzó a insistir en la necesidad de mano dura contra el tráfico de drogas, fenómeno que definió como de “seguridad nacional” para Colombia; lo cual irritó a funcionarios nacionales que verán en esa opinión una muy poco delicada intromisión en asuntos internos.

 

En Latinoamérica la táctica de erradicar por vía de desfoliantes se manifestó en dos casos: México y Jamaica.  En particular en México, la llamada “Operación Cóndor”, diseñada a mediados de los 70, condujo a la erradicación de las plantaciones de marihuana (acompañadas de labores de interdicción México-norteamericana) lo cual fue presentado como “éxito” resonante en la lucha contra las drogas.

 

De hecho los resultados iniciales parecieron muy alentadores: reducción del área cultivada, disminución de las exportaciones a Estados Unidos e interrupción temporal de los canales de acceso al mercado norteamericano. 

 

Para finales de la década la proporción de oferta de marihuana mexicana en Estados Unidos se redujo al 10%; sin embargo para mediados de los 80 volvió a representar el 35%.

 

Un factor que ayudó a la caída de las importaciones de marihuana mexicana fue la actitud del consumidor norteamericano al tratar de evitar la droga rociada con parquat, capaz de inducir severos problemas de salud.

 

El auge marihuanero en Jamaica data desde 1980, año en que tomo las riendas gubernamentales Edward Seaga –el decía “debemos darnos cuenta de que la ganja es un producto primario de exportación en Jamaica, cuyas posibilidades de exportación son aún mayores que las de bauxita”.

 

La “excelente” experiencia mexicana y la de la “operación Bucanero” en Jamaica, motivaron al gobierno norteamericano a persuadir a Colombia de seguir aquellos ejemplos.

 

En aquel momento en el propio seno de la sociedad norteamericana se suscitó un debate en torno al uso del paraquat y la polémica en cuanto al costo de su utilización (se calcula que para la operación mexicana, el aporte fue superior a los 12 millones de dólares).

 

Por otra parte hacia 1979-80 aún estaba en vigencia la Enmienda Percy a nivel del Congreso estadounidense, de acuerdo con lo cual se impedía la asistencia externa de recursos norteamericanos, para ser usados en la aplicación de herbicidas prohibidos  domésticamente.

 

En resumen, el gobierno colombiano de la época, la comisión que este nombró con calificados científicos para estudiar y evaluar la utilización de herbicidas y la decisión posterior del Consejo Nacional de Estupefacientes se rehusaron a poner en marcha un programa masivo de erradicación con paraquat, pese a la insistencia de la administración de Carter.

 

Aunque en 1981, el legislativo norteamericano derogó la enmienda Percy y las presiones del gobierno del ahora presidente Reagan, se redoblaron en materia de fumigación química, Colombia no cambió su conducta.  En realidad el ejecutivo colombiano tenía muchos elementos a su favor para probar “su mano dura” contra las drogas, y su estrecha colaboración con Washington en varias dimensiones de la lucha antidrogas (administración Turbay Ayala).

 

Durante la administración Betancourt Cuartas, después de negativas previas, el 22 de marzo de 1984, el gobierno conservador modificó su posición y para evitar la polémica que había generado la eventual utilización del paraquat, se opto por otro producto –el glifosato-.

 

En síntesis en pleno uso de la autodeterminación, se adoptaba la sugerencia norteamericana de fumigar, pero se contemplaba una opción “colombiana” de fumigación via otro desfoliante, el cual, presuntamente, causaba menos daño.

 

Resulta altamente ilustrativa la consulta de los Anales del Congreso colombiano –1986- donde la argumentación científica contra la utilización de agresivos químicos es por demoledora altamente dolorosa.  Las comisiones legislativas nortemericanas que visitaron en varias ocasiones el país reiteraban su respaldo y reconocimiento a las labores de fumigación ejecutadas por el gobierno colombiano.

 

La cobertura de fumigación con herbicidas llegó a 12.000 hectáreas.  Estas acciones condujeron a que el área de marihuana cultivada se redujera y a que las exportaciones a Estados Unidos descendieran.

 

Colombia parecía seguir la “exitosa” experiencia mexicana.  Los comentarios elogiosos de las autoridades norteamericanas se multiplicaban: US Congress, Select Committee, Narcotics Abuse and Control 1985.

 

Hacia 1985 según estimativos del Departamento de Estado solo se habían cultivado en el país 8.000 hectáreas de marihuana.  La oferta del producto colombiano –que había sido el 80% del total ingresado a ese país- disminuyó al 22% para ese año.

 

No obstante, en 1988 Colombia habría de convertirse nuevamente en el principal exportador de marihuana a Estados Unidos, con una producción cercana a las 8.000 toneladas métricas.

 

De hecho, el “gran triunfo” fue pirrico –la fumigación había dado resultados parciales alentadores, pero la producción ya se movía de la costa Atlántica al departamento del Cauca, donde el rendimiento por hectárea aumentaba de 1,1 tonelada métrica por hectárea a 3,5).

 

Se redujeron las dimensiones de los campos cultivados con marihuana y se incentivó su producción, como camuflada con cultivos lícitos.

 

Ahora bien, si la fumigación química de marihuana en Colombia no arrojó resultados satisfactorios ni permanentes; en el área de erradicación de coca con herbicidas las conclusiones no fueron más alentadoras.

 

A partir de 1984 y con el apoyo norteamericano –la Dow Chemical Corporation- pone a disposición para ser usado en Colombia el herbicida Garlon 4.

 

En 1986 se optó por discontinuar esta práctica y “coincidentemente” la compañía del herbicida decidió rehusar su provisión a Colombia por temores serios de que se iniciaran demandas por su utilización.  Los datos en los que se podría abundar son realmente espeluznantes y se alejan del objetivo final de este estudio véase US General Accounting Office, Drug Control US –Supported Effort in Colombia And Bolivia.  Washington, DC.  Government Printing Office 1998 y Clifford D. May “U.S. Secretary Grows Coca To Find Way to Destroy Cocaine’s.  Source The New York Times, 12 June 1988.

 

En 1986 el presidente Virgilio Barco hereda una situación más intrincada y preocupante que las dos administraciones anteriores en cuanto al tráfico ilícito de drogas.

 

Los ingresos del país por concepto del negocio de la cocaína se estimaban en 2.000 millones de dólares anuales.  La renta anual de los traficantes se calculaban en US$40.000 millones.  El 80% de la cocaína y el 25% de la marihuana consumida en Estados Unidos era provista a mediados de la década, por delincuentes colombianos.

 

Los indicadores de la demanda norteamericana no mostraba un descenso del consumo (aproximadamente 30 millones de consumidores de los diversos estupefacientes, sicotrópicos y aluginógenos).

 

Socialmente y de acuerdo con distintas regiones, la penetración de los carteles era creciente.  Políticamente por medio del soborno, la intimidación, el uso directo de la fuerza y la cooptación, la presencia y la proyección del negocio de las drogas se manifestaba en franco ascenso y consolidación.  Además, la violencia generada por este fenómeno se multiplicó después de la ejecución de la extradición en 1989 –y se incrementó visiblemente a través de las organizaciones paramilitares con centros de operación en diferentes regiones del país. La presencia de la guerrilla será tratada más adelante.

 

El presidente Barco preocupado por las dimensiones impresionantes que asumía el problema, creía necesario abordar el fenómeno en todos sus aspectos.

 

Se pensó que la fumigación debía continuar en cuanto a la marihuana mientras se impulsara la erradicación manual de la producción de coca.  Desde el INDERENA (Instituto Nacional de Recursos Renovables del Ambiente) Ministerio de Agricultura, se denunció la devastación de reservas ecológicas, con pruebas incontentables.  En 1987 se intensificaba la fumigación áerea con glifosato alcanzando a 10.500 hectáreas de marihuana.

 

En ese momento los reclamos de la población en varias regiones donde se llevaba a cabo la erradicación se multiplicaban, no solo por las consecuencias ecológicas, sino también por la carencia de programas de sustitución de cultivos, de envergadura, que hicieran frente a la pérdida de cultivos de productos ilícitos que resultaban más rentables. 

 

La política de erradicación-fumigación manual y áerea- no parece ofrecer resultados prácticos y para 1989-90 su lugar en la estrategia colombiana antidrogas pierde notablemente su gravitación.  El centro real de la guerra contra la producción y el tráfico de drogas, se ubicará en el campo militar y en la aplicación de la extradición.

 

 

 

- LA EXTRADICION Y LA CERTIFICACION

 

Bajo la administración Turbay Ayala, se comenzó con la tarea de confeccionar un instrumento jurídico bilateral que contemplase la posibilidad de extraditar nacionales de uno y otro país a su contraparte.

 

Colombia era participe de 14 tratados de este tipo en los cuales en 10 se prohibía la extradición de nacionales y en 4 era facultativa o no obligatoria (Brasil, Chile, Gran Bretaña y España).

 

Es decir que el argumento de la soberanía estaba en juego, al menos en la posibilidad de sentimientos nacionalistas que podrían surgir de las disputas jurídicas.  El recurso a esta posibilidad según la opinión de los connotados juristas colombianos tenía varias consecuencias: - implicaban una desconfianza casi total respecto a la aplicación de las leyes en Colombia; presumía que ese instrumento habría de contribuir decisivamente a la reducción del tráfico y consumo de drogas, abría la posibilidad a una enorme discrecionalidad por parte del gobierno de los Estados Unidos para determinar que ciudadanos (y por cuales delitos) podían llegar a solicitarse en extradición; sugería que solo la ley estadounidense era eficaz y correcta para el juzgamiento de las personas vinculadas al tráfico de drogas; colocaba un parámetro unilateral de medida para verificar el compromiso o no de las autoridades colombianas en la confrontación contra las drogas; alentaba la lógica de “law enforcement” como la prioritaria para enfrenta la problemática de las drogas; internacionalizaba –de hecho-  todos los aspectos –tanto los externos como los “nacionales” del problema de las drogas, reduciéndose los márgenes de “acción interna” del gobierno colombiano en esta materia; conllevaba a aceptar el: “diagnóstico”  y el “recetario” de alternativas norteamericanas para combatir el asunto de las drogas en este y otros terrenos de la lucha antidrogas, y ponía en entredicho el significado de la soberanía nacional en “la guerra contra las drogas” a favor de una racionalidad que, de facto, proponía la noción de soberanía limitada para el tratamiento de esta cuestión.

 

Finalmente por medio de la ley 27 del 3 de noviembre de 1980, se le dio sanción al tratado. El presidente Turbay debió usar todo el peso de su capacidad de maniobra, persuasión y presión para lograr la aprobación.

 

El Tratado de Extradición entre Colombia y Estados Unidos entró en su vigor en marzo de 1982.

 

Desde el principio de la gestión presidencial de Belisario Betancourt, el gobierno de Reagan comenzó una intensa política de persuasión y presión en torno a la aplicación del Tratado.

 

Según afirmaciones del presidente Bush, la intervención del sistema penal en la resolución de los conflictos presentados en materia de drogas no es motivo de discusión.  Las dudas se plantean, pero a propósito de las particulares formas de administrar la justicia en países como Colombia, Perú, Bolivia, etc.

 

Los argumentos que en estas “democracias débiles” la justicia es corrupta y que por lo tanto es necesario recurrir al apoyo de las “grandes democracias” a través de sus sistemas penales.  La figura de la extradición se convierte así, en el instrumento ideal para la represión oportuna y eficaz.  (discurso de Bush en el tiempo 21/1/89)

 

El 13 de noviembre de 1983 por resolución ejecutiva 217 apoyado en argumentos jurídicos y con el claro tono nacionalista, el presidente Belisario Betancourt negó la extradición de Emiro de Jesús Mejía.  El gobierno dejó en claro que no se había violado el tratado existente con la decisión de no extraditar nacionales.

 

El embajador norteamericano en Bogotá fue enfático “si nosotros vamos a colaborar juntos para la lucha contra esos sujetos, Colombia  tiene que colaborar recíprocamente y eso incluye la extradición”. 

 

La molestia norteamericana hacía el manejo del problema de las drogas dado por el gobierno Betancour, se efectivizó en el informe negativo de una Comisión de la Cámara de Representantes, y en la traba de exportaciones de algunos productos perecederos, y en las medidas punitivas contra aviones colombianos.

 

En forma concordante en nivel legislativo se adoptaron iniciativas como el PUBLICLAW 98-169 conocida como la enmienda Hawkins – Gilman que establecía el requisito de la presentación de un informe anual  al legislativo por parte del Bureau of International Narcotics Matters del Departamento de Estado sobre el cumplimiento y compromiso de los países en la lucha contra las drogas.  Este informe serviría de base para cortar la asistencia a las naciones que no demostraran notoriamente su esfuerzo y dedicación en la lucha contra las drogas.

 

Como era de esperar hacia finales de 1983 y principios del 84 las relaciones oficiales entre Colombia y Estados Unidos pasaron por uno de los momentos más difíciles y tensos de esa década.

 

En 1986 Estados Unidos negó 8.7 millones de dólares en ayuda económica y militar a Bolivia por su fracaso en la erradicación de 4.000 hectáreas de coca a finales de 1985. (Joel Brinkley “Bolivia Asks us for Big Loan To Make Up Last Cocaine Income- The New York Times Julio 31, 1986)

 

Acontecimiento de violencia extrema y en particular el asesinato del Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (30 abril 1984) ponen en marcha una serie de medidas tomadas por el presidente Betancourt, que decide la aplicación del Tratado de Extradición entregando al gobierno de los Estados Unidos cinco traficantes, entre ellos el tristemente muy conocido capo Carlos Lehder.

 

A partir de ese momento, con amplios sectores de la opinión pública a favor, la evidencia de una problemática interna creciente en cuanto a corrupción, intimidación, violencia, consumo de drogas – el presidente enfrentaba además dificultades adicionales en materia económica.

 

El Tratado de Extradición se transformaría en la piedra angular de la política antidrogas tanto para Bogotá como para Washington.  Sin duda la utilización del mismo por la administración Betancourt, mejoró la imagen colombiana entre los secctores decisorios en Estados Unidos.

 

Cuando en abril de 1985 Belisario Betancourt visita Washington, las relaciones pasaban por un momento de armonía y distensión; Colombia logra garantizar la consecución del denominado crédito jumbo –acompañado de la monitoría del FMI- mientras el ejecutivo asegura el mantenimiento de la estrategia antidrogas usada desde 1984.

 

La aplicación de la extradición si bien había tendido un puente entre los dos gobiernos, no modificaría los problemas de violencia y corrupción y el flujo de droga hacía Estados Unidos no disminuiría.

 

El gobierno de Virgilio Barco se queda en muy corto plazo sin el instrumento del Tratado cuando la Suprema Corte de su país declara la inexequibilidad de la mencionada ley para vicios en su creación y trámite.

 

Entre enero y junio de 1989 la violencia provocada por el sicariato del narcótrafico produjo 1216 asesinatos de civiles y 156 de funcionarios.

 

El 18 de agosto de 1989 haciendo uso de “estado de sitio” el decreto 1860 autorizaba la extradición por delitos de narcotráfico y conexos, estableciendo a tal efecto un procedimiento administrativo.  La Corte Suprema se pronunció favorablemente sobre el decreto 1860 del 3 de octubre.

 

La administración Barco efectuó catorce extradiciones hasta mediados de febrero de 1990.  Si bien resultaba plausible la tesis que la extradición se había convertido en el mecanismo más “temido” por los delincuentes de la droga, también era cierto que ese recurso no resolvía el problema del negocio de la droga ni la violencia derivada del mismo.

 

El valor de cualquier instrumento de poder se debe medir por los objetivos que pretende lograr.

 

Luego de 28 extradiciones entre enero de 1985 y febrero de 1990, debería haber sido lógico observar la eficiencia de su aplicación con relación a las metas que se habían deseado obtener.

 

Una solución práctica podría haber sido elaborar algunos parámetros para evaluar los resultados a través de ellos.  Por ejemplo:

 

¿Había significado la extradición, la reducción de la entrada de droga a Estados Unidos?

 

¿Había tenido un efecto positivo en cuanto a la disminución del consumo de drogas en Estados Unidos, en particular las procedentes de Colombia?

 

¿Había apuntado el fortalecimiento de la justicia colombiana el traslado de los casos de tráfico de drogas al aparato jurídico norteamericano?

 

¿Había servido para desmantelar el negocio doméstico de las drogas?

 

¿Había resultado ventajoso su utilización para eliminar las manifestaciones paramilitares del tráfico de drogas?

 

¿Había coadyubado a reducir los niveles de violencia nacional?

 

¿Había incidido en el debilitamiento político, social y económico del tráfico de drogas?

 

¿Había ayudado a fortalecer un manejo soberano y digo del problema de las drogas?

 

¿Había influido en la aparición de un concenso social y político en torno a una lucha contra el tráfico de drogas?

 

¿Había propiciado en la percepción ciudadana, que su uso era una solución factible de la problemática de la droga?

 

Resulta difícil encontrar algun indicador que demuestre que alguna de estas consideraciones fueron seriamente evaluadas o siquiera contempladas.

 

En enero de 1990 una “comisión de notables” compuesta por los ex-presidentes Alfonso López, Julio C. Turbay, y Misael Pastrana Borrero, el arzobispo de Colombia Mario Revollo y otros, hicieron un llamado a los traficantes –para liberar a secuestrados y para suspender sus embarques de drogas hacía el exterior, gestos que los haría acreedores de un tratamiento menos riguroso, que si insistían en procedimientos criminales.

 

El 16 de enero los traficantes respondieron con un comunicado que hicieron llegar con la liberación de secuestrados – “aceptamos el triunfo del Estado … Depondremos las armas y objetivos de lucha, nos acogemos al ordenamiento legal vigente con la esperanza de obtener del gobierno y de la sociedad el respeto por nuestros derechos y el reintegro a nuestras familias”.

 

“Nos ofrecemos como mediadores para obtener la paz con los grupos de esmeralderos, de los llamados paramilitares, y con los grupos denominados bandas de sicarios… hemos decidido suspender el envío de droga y entregar las armas, los explosivos, los laboratorios, las pistas clandestinas … hemos ordenado la suspensión de todo tipo de ejecuciones de líderes políticos, funcionarios gubernamentales y gremiales, funcionarios judiciales, periodistas, policías y militares.-

 

Se conocieron entonces opiniones del presidente Bush, insistiendo en “ganar la guerra a los narcos”

 

Las declaraciones del presidente Barco al culminar la Cumbre de Cartagena (16 feb 90) dejó en claro, que no había ni habrían diálogos.

 

El error estratégico crucial fue creer en la existencia de un espacio para “derrotar el enemigo” y no para “contenerlo”.  Primó una vez más la lógica de la guerra, que solo ha servido para retrasar el país y ampliar en forma alarmante los niveles de impunidad ante la exacerbación de la violencia en Colombia y en otros países de Latinoamérica.

 

Los pueblos debieran poder al finalizar el siglo, ejercer casualmente niveles dignos e --- de autodeterminación – y no tolerar ingerencias indebidas en asuntos internos – que menoscaben la dignidad nacional.

 

Hemos visto que la certificación es un proceso unilateral para evaluación punitiva que realiza Estados Unidos.  La misma determina que el presidente de los Estados Unidos tiene que informar anualmente al Congreso, a más tardar el 1o. de marzo sobre el desempeño de los países en la lucha contra las drogas.  La evaluación la realizan los ministerios competentes y agencias especializadas como la D.E.A. y la C.I.A. y puede derivar en sanciones económicas para el país descertificado.

 

-NARCOGUERRILLA – NARCOPARAMILITARISMO Y SEGURIDAD CONTINENTAL

 

Desde comienzos de los años 80 algunas autoridades norteamericanas habían comenzado a manejar el tema de la “narcoguerrilla”.  No fue sino hasta abril de 1984 que la teoría de la narcoguerrilla se empezó a consolidar.  A mediados de marzo de ese mismo año, la policía antinarcóticos, en la que fue calificada como la mayor operación realizada en el mundo contra las drogas, allanó una gigantesca planta procesadora de cocaína, ubicada en los márgenes del rio Yarí.  Allí se encontraron cerca de 10 toneladas de cocaína cuyo valor se estimo en 8.000 millones de dólares.  Se aseguró que dicho laboratorio pertenecía al clan Ochoa y a Pablo Escobar y que estaba protegido por las FARC.

 

Por esos mismos días el entonces embajador de los Estados Unidos en Colombia, Lewis Tambs, amnifestó que “las FARC tenían grandes cultivos de coca en las selvas colombianas de cuya comercialización obtuvieron 9.000 millones, que dedicaron a la compra de armamento”.

 

Un acta del senado de los Estados Unidos de fecha 21/3/84 afirma que el embajador Tambs informó al senador Jesse Helms que “la embajada estadounidense en Colombia había participado con el gobierno colombiano, en la mayor captura de cocaína en el mundo, por el valor de 1,2 billones de dólares en una planta procesadora que estaba protegida por las guerrillas comunistas”.

 

Poco después, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, en informe al senado, afirmaba la existencia de relaciones de cooperación entre la mafia y la guerrilla.

 

A partir de entonces cuando el tema laguidecía, la toma del Palacio de Justicia por el 

M-19 en 1986, volvió a darle actualidad al tema.  El Ministro de Justicia de entonces, manifestó a la opinión pública que el comando del M-19 había sido financiado por los traficantes, con el propósito de que se destruyeran los expedientes judiciales en que aparecían vinculados los principales jefes mafiosos del país.

 

Esta información nunca pudo ser demostrada y por el contrario la investigación adelantada por la Procuraduría concluyó que no existía evidencia alguna sobre la financiación del copamiento con dineros calientes, ni tampoco sobre la quema selectiva de expedientes de narcotraficantes por parte del M-19.

 

Lo que si se ha verificado es que hay regiones de cultivo donde la guerrilla ejerce el control territorial y cobra un porcentaje del 10% a cultivadores y traficantes a cambio de mantener la seguridad y el orden.

 

Estos arreglos fueron inestables para narcotraficantes y guerrilla; en 1986 estalló una confrontación entre la fuerza paramilitar organizada por Rodríguez Gacha y frentes de las FARC que operan en Caquetá.

 

Jaime Pardo Leal, Presidente de la UP (Unión Popular) denunció públicamente la alianza entre miembros del narcotráfico y paramilitares en asociación con miembros pertenecientes a ese partido político.

 

El asesinato en octubre de 1987 de Pardo Leal por órdenes del Cartel de Medellín, selló definitivamente la ruptura entre la mafia y las FARC.  En suma –en la actualidad los narcotraficantes más poderosos lideran una alianza cuya manifestación visible es la acción de grupos paramilitares.  Su existencia es la convergencia de cuatro factores principales: 

 

1)      La política de contrainsurgencia encaminada a crear grupos de autodefensa financiados por los propietarios más pudientes en regiones afectadas por las guerrillas.

 

2)      La ruptura de los acuerdos de cooperación que durante 5 años mantuvieron las FARC y algunos jefes del narcotráfico y el conflicto armado que se desató entre ellos.

 

3)      La creciente financiación y dirección de los grupos paramilitares por parte de los narcotraficantes más poderosos quienes los han orientado a tareas represivas e intimidatorias contra la población de las regiones donde han expandido sus territorios.

 

4)      La cooperación que algunos sectores de las FFAA y policía han prestado a las actividades de represión emprendidas por los paramilitares..

 

En síntesis el MAS (Muerte a Secuestradores) ente organizado y financiado por los narcotraficantes para enfrentar las pretensiones de los grupos guerrilleros, se desdibujó y se convirtió después en muerte a todo el mundo” dando origen a la modalidad delictiva conocida como los paramilitares.

 

Los movimientos guerrilleros existen y actúan en distintas zonas del país no constituyen un CARTEL de la droga de acuerdo a nuestra opinión.

 

-PRODUCCION DE DROGA – AFIANZAMIENTO – VIOLENCIA Y EXPANSION TERRITORIAL

 

La violencia y el afianzamiento y expansión de la producción y tráfico de drogas es un fenómeno asimilable a casi todas la zonas productoras de Latinoamérica.

 

Se puede concluir que la economía de la cocaína por ser un negocio ilegal, tiene riesgos aumentados, pero más aún el margen de ganancia.  En esas condiciones los beneficios que se obtienen con poco capital no son comparables a los vigentes en la economía legal.

 

La mayoría de los campesinos que han visto en la siembra de coca por primera vez la oportunidad de huir de la pobreza de la economía de subsistencia han recibido siempre el pedazo más pequeño de la torta.  En cambio los exportadores, siempre y cuando puedan colocar su “mercadería”, embolsan extraordinarias ganancias y esto aún más en tanto ellos mismos controlan varios escalones de la cadena de producción y distribución.

 

Las altas oportunidades de ingresos y ganancias y el potencial de violencia son los principales medios para regular las relaciones internas del negocio y obliga al silencio al gran círculo de participantes en el mismo; la guerra de los carteles muestran que la violencia es también implantada para incidir en la competencia.

 

Quien dispone entre los traficantes, de grandes recursos económicos, dispone por lo general de su equipo de coacción, para garantizar su seguridad así como imponer y garantizar las condiciones del negocio.

 

Pero no solo las relaciones internas del ramo son reguladas por medio del dinero y la violencia; la corrupción, la extorsión y la violencia son implantadas para neutralizar el embargo y la persecución penal y para crear grandes sistemas de complicidad.

 

Los asesinatos de jueces, políticos y periodistas han hecho de la economía de la cocaína y especialmente de la individualización y persecución de los capos un tema prohibido.

 

Pero no solo los factores dinero y violencia son los que aseguran el negocio, no hay que pasar por alto la efectividad de otros mecanismos sociales que ayudan a la protección contra la represión política y legal – el mecenazo ejercido ante los pobres, el doble papel de delincuentes traficantes de drogas- y capitalistas legales enraizados en la  economía legal como socios de negocios y finalmente la posibilidad de ganar influencia en la política, al menos como financistas y contar con apoyo político contra medidas de represión tales como confiscación de bienes e incluso extradición.

 

Esta particular ambivalencia  de la situación social es especialmente clara en su papel activo en la “guerra sucia”; actuando como nueva clase terrateniente que con tolerancia o con apoyo activo de otros terratenientes son centro de organizaciones como hemos visto de grupos paramilitares.

 

La expansión de la siembra de coca a través de pequeños campesinos tiene su base directa en la atrasada infraestructura social y política de muchas regiones latinoamericanas, lo que induce a los campesinos a una economía de subsistencia.

 

El negocio del tráfico de drogas tiene en resumen un doble impacto en el desarrollo de conflictos sociales –como productor de una nueva fuerza opera como un canal de ascenso social y económico para algunos grupos de población, con lo cual se crea una via de escape a conflictos de distribución de ingresos, que de otra forma exigirían la realización de reformas; como inversión de capital, especialmente en tierras, asume agresivamente su rol como adversario de quienes pretenden la realización de reformas sociales.

 

Como hemos venido diciendo los márgenes de control estatal a los aspectos nacionales del negocio del tráfico de drogas son limitados por tres ordenes de factores:

 

a)      la complicidad difusa pero efectiva de propietarios de tierras, empresarios y banqueros que aprovechan el flujo de capital proveniente del negocio,

 

b)      la ineficiencia de la represión estatal que los delincuentes aseguran mediante el soborno, cooptación e intimidación,

 

c)      por las limitaciones que se derivan de la existencia de una alianza práctica y clandestina motivada por comunes intereses ante subversivos que comparten algunos estamentos del régimen político, algunos traficantes de drogas, grupos y personas de las FFAA y algunos propietarios y empresarios.

 

Un fenómeno distinto al del poder territorial del tráfico de drogas, es la protección de cultivos de coca por campesinos.  La planta de coca es poco exigente en cuanto a la calidad del suelo y condiciones climáticas; el ecosistema americano es por lo tanto apto para su cultivo, mientras que la mayoría de los productos agrícolas sufren disminuciones radicales de productividad luego de dos o tres años del desmonte de la selva.

 

La economía campesina legal es una empresa destinada a resultados malos, por los altos costos del transporte entre otros motivos.  Los cultivos de coca han conducido a acentuar las situaciones de monocultivo y han causado un desordenado proceso de urbanización de algunos poblados cuyo número de habitantes fluctúa según lo hacen los precios de la coca.

 

No queremos cerrar este capítulo sin mencionar el impacto del crecimiento de la economía subterránea en los países productores en lo referente a la industria ilegal de la droga.

 

Sin duda esta industria ha contribuido a un incremento sustancial de los ingresos nacionales, pero también ha generado efectos negativos que exceden a cualquiera de los efectos positivos que pueda tener.

 

El  auge de la droga ha lesinado el desarrollo de las actividades agrícolas y manufactureras; ha bajado la calidad de las inversiones, puesto que ellas han sido orientadas cada vez más hacia el corto plazo; ha debilitado las instituciones del gobierno y ha corroído el respeto público por su eficacia y finalmente ha socavado la capacidad de los países para continuar por la senda de un crecimiento estable o para competir en los mercados internacionales en el futuro.

 

-         IMPLICANCIAS DEL TRAFICO DE DROGAS EN LA SEGURIDAD CONTINENTAL

 

En este desarrollo entiéndase por hemisféricas, aquellas realidades que involucran a América Latina – Canadá y los Estados Unidos; por regional, aquellas situaciones que involucran a estados latinoamericanos y por subregional aquellas circunstancias y realidades que implican a solo algunos de los estados americanos, en espacios regionales circunscritos.

 

Existe una diversificación de los enfoques e interpretaciones del tema de la seguridad.  Para nosotros la seguridad existe cuando se evidencia que lo esencial en un determinado sector de la actividad humana, está funcionando concreta y regularmente, sin perturbaciones sensibles.  Será causa de inseguridad, la evidencia de un mal funcionamiento grave.  Más allá es, la condición de existencia y de preservación de un organismo, para la conquista de sus fines y propósitos.

 

No existe seguridad nacional sin desarrollo nacional y viceversa, pues el fortalecimiento o debilitamiento de uno afecta en el mismo sentido al otro.

 

La seguridad nacional se entiende entonces, como la capacidad o condición que tiene un Estado para eliminar o neutralizar las vulnerabilidades y/o áreas sensibles, que impidan el desarrollo del poder nacional para la consecución  de los objetivos nacionales.  La noción  de seguridad defiere entre los países; razones de seguridad para un estado pueden significar la inseguridad para otros, luego podría decirse que la seguridad continental o hemisférica no se corresponde con la sumatoria de las seguridades de todos los estados del continente.

 

En definitiva se puede concluir que la seguridad es la condición que se alcanza mediante un conjunto de acciones que permitan el desarrollo armonioso de un sistema. La seguridad es un fin, mientras que la defensa es uno de los medios para alcanzarla.

 

La defensa reconoce que hay un adversario que dispone de la capacidad para alcanzar sus propios objetivos.  Defensa sería pues el conjunto de medidas y recursos empleados mediante la acción de la disuasión para hacer frente a un conflicto que amenaza los objetivos de un sistema.

 

A nuestro criterio, la producción y tráfico de drogas ilícitas configura un muy serio problema que vulnera la seguridad nacional y hemisférica y debe implicar acciones de defensa a nivel nacional, subregional y hemisférica.

 

A diferencia de numerosas opiniones altamente calificadas, creemos que las FFAA podrían desempeñar un rol fundamental en esta tarea de largo aliento, en áreas muy específicas y a nivel subregional, ejerciendo solo tareas de intelegencia  en el ámbito doméstico.

 

Desde la perspectiva hemisférica, la seguridad debe ser multilateral, cooperativa y sostenida, posibilitando el mantenimiento de los balances regionales y subregionales.  Esto requiere superar la rígida, ineficiente y obsoleta institucionalidad hemisférica en materia de seguridad, accediendo a subsistemas flexibles y adecuados a los nuevos intereses latinoamericanos.

 

La percepción regional de los problemas de seguridad esta basada en sus propios objetivos y aspiraciones regionales, sus necesidades básicas y sus sistemas de valores, así como en sus definiciones propias de lo que constituye una amenaza.

 

Es conocida que en la post guerra fría se ha creado una nueva situación económica a nivel mundial caracterizada por un aumento de la globalización económica.  Esta globalización esta siendo dinamizada por la revolución tecnológica.  En América Latina un proceso en pleno desarrollo es la decidida inserción de los países de la región en una economía-mundo de carácter global.

 

Sin embargo esta globalización también se caracteriza por su segmentación; esto es, no arrastra o involucra a la totalidad de las dimensiones económicas, ni a todos los países de la región o a todos los sectores sociales en cada país.

 

De acuerdo a estimaciones serias, alrededor de 180 millones de personas –es decir 2 de cada 5 viven en la pobreza en América Latina; la mitad de estos –90 millones- viven en condiciones de pobreza abyecta, es decir, con ingresos inferiores a los necesarios para comprar alimentos imprescindibles.

 

Así en el continente americano esta inserción segmentada en el proceso de globalización, esta reordenando las estructuras y procesos económicos, políticos y sociales domésticos e intraregionales, generando tensiones domésticas como los que se observan actualmente en Ecuador, Perú, México, Venezuela y Colombia.

 

En suma el panorama hemisférico actual muestra importantes disonancias económicas, políticas y estratégicas.

 

Para los países latinoamericanos hay un cuerpo de iniciativas concretas que apuntan a erradicar la pobreza y discriminación; a promover y fortalecer la democracia, a asegurar el acceso a la educación y la salud, a profundizar la integración económica y el libre comercio y hay una decidida determinación para lograr la plena aplicación de la estrategia antidrogas en el hemisferio, sobre la base de principios irrenunciables que competen al respeto a la soberanía y a la jurisdicción territorial de los estados, a la reciprocidad, a la responsabilidad compartida, a la integridad y al equilibrio en el tratamiento del tema, de conformidad con los respectivos ordenamientos jurídicos.  Estos enunciados dejan en evidencia la disonancia total con las concepciones de las administraciones norteamericanas anteriores al Presidente Clinton.

 

La CICAD dentro del marco de la O.E.A. es una respuesta muy clara de los gobiernos democráticos de la región, estableciendo una estrategia antidrogas para el hemisferio, un reglamento modelo sobre delitos de lavado relacionados con el tráfico de drogas y otros delitos graves y un reglamento modelo para el control de precursores y sustancias químicas, máquinas y elementos.

 

Por su parte la “estrategia nacional de Estados Unidos, para el control de drogas 1996 y 1998” es un plan auténticamente integral de largo plazo, de amplio alcance, basado en conocimientos científicos, orientada a los resultados y democrática –lo que implica cambios sustanciales y altamente positivos, al enfoque de administraciones anteriores.

 

Las relaciones hemisféricas asimétricas en el campo de la seguridad, constituyen un área altamente sensible en las relaciones interamericanas, toda vez que ella involucran a actores muy centrales en la vida política de las naciones latinoamericanas, tales son las FF.AA.

 

La movilización de las FF.AA. latinoamericanas contra organizaciones y gobiernos de izquieda, profundizó el involucramiento de Estados Unidos en la política latinoamericana, teniendo en las FF.AA. uno de sus principales soportes.

 

Posteriormente algunos gobiernos militares a los cuales Estados Unidos prestaron apoyo y aprobación en sus comienzos fueron condenados por administraciones norteamericanas (ej: Carter) como violadores de los DD.HH.

 

Finalmente el uso unilateral de la fuerza militar estadounidense en la región, ha sido un factor adicional de controversia, el que sumado a elementos anteriores ha producido un cuadro de relaciones en las cuales los temores, recelos y apoyos se confunden generando un síndrome altamente complejo.

 

Para avanzar en la materialización de nuevas relaciones interamericanas en materia de seguridad cooperativa, es preciso reconocer el actual estado de la evaluación estratégica de Estados Unidos, sus aplicaciones eventuales en América Latina, las limitaciones de la acción militar de los Estados Unidos en la región y las forma de involucramiento constructivo en el área.

 

En la actualidad, es básico crear las mejores condiciones para establecer mecanismos e instituciones eficientes y eficaces para lograr una paz hemisférica sustentable.

 

Medidas complementarias para el desarrollo de un sistema de seguridad cooperativo en el hemisferio son, como ya lo hemos expresado –el desarrollo de regímenes específicos de seguridad subregional, circunscritos a grupos de países, y en torno a dimensiones o amenazas específicas.

 

Para avanzar positivamente en la creación de este nuevo sistema es preciso definir la seguridad hemisférica como multidemensional; ello implica como hemos visto la creación de un sistema en el cual coexisten coordinados, nuevos regímenes de seguridad.

 

La creación de un sistema efectivamente multilateral significaría una renuncia explícita de los Estados Unidos al uso unilateral de la fuerza en el hemisferio y al margen de los mecanismos multilaterales existentes.

 

La certificación como medida unilateral, también contraviene los principios que hemos venido exponiendo.

 

- ANALISIS DE POSICIONES PARA LA LUCHA CONTRA EL TRAFICO DE DROGAS ILICITAS EN SUS DIVERSAS FACETAS – ORGANIZACIONES REGIONALES.

 

1)                  Reducción de la oferta

 

La acción se orienta frente a todas las categorías de drogas, es decir la de origen natural, las sintéticas y las sicoactivas de origen farmacéutico, que derivan en ilícitas al ser desviada de sus propósitos.  Propiciar programas de eliminación de cultivos, con establecimiento de cultivos alternativos que proporcionen a los agricultores incentivos para abandonar la práctica ilegal.

 

Producir la interdicción de expediciones de droga.  Las operaciones contra laboratorios productores de clorhidrato de cocaína, perturban las actividades de producción en una etapa crítica.  Los programas de interdicción también apuntan a perturbar vínculos de transporte y suprimir instalaciones de elaboración de drogas.

 

Evitar el desvío de productos químicos –la producción de drogas ilegales requiere enormes volúmenes de productos químicos precursores-.  La limitación de su desvío y el seguimiento de su movimiento puede ser de gran utilidad.  CICAD ha elaborado un reglamento modelo para el control de precursores, sustancias químicas, máquinas y elementos.

 

Tratar de interferir y detener el lavado de dinero; incorporar el reglamento modelo (CICAD) sobre delitos de lavado relacionados con tráfico de drogas y otros delitos graves.

El desmantelamiento de las organizaciones delictivas y sus redes de apoyo debe ser otro de los objetivos claves de la lucha contra el tráfico ilícito de drogas y delitos conexos.

 

2)                  El modelo  médico-jurídico

 

Basados en el debate médico acerca de la nocividad de ciertas sustancias, se ha hecho especial énfasis en aspectos como –potencial de abuso, dependencia, nocividad y peligrosidad- bajo estos supuestos se desarrolla la teoría de la escalada según la cual el peligro del abuso se ve acompañado en progresión sucesiva, de un consumidor hacia drogas más peligrosas.

 

Si bien, muchos de estos conceptos están en revisión, resulta indudable y sobre todo con la evidencia de ciertas formas de consumo (mezcla indiscriminada), que nocividad y peligrosidad son argumentos válidos para prohibirlos y que el sistema penal es uno de los mecanismos idóneos para luchar contra las organizaciones y personas que atentan contra la salud pública.

 

Adicionalmente los gobiernos se ven en la obligación de defender sus sociedades mediante la persecución de los traficantes extranjeros.  Se plantea entonces el problema en forma bilateral, entre “país consumidor” y “país productor”.

 

Creemos que esta denominación es inadecuada y refuerza modelos de violencia institucional, como sucede en la clasificación entre países deudores y acreedores, países ricos y pobres, países víctimas y victimarios, en fin, “países buenos y países malos”.  Estos conceptos tendrían que modificarse, dado que por otra parte los fenómenos de globalización también se dan en este terreno y no se puede negar que Estados Unidos entre otros países, es también un importante productor de drogas ilícitas.

 

3)                  El modelo económico político

 

Se sustenta en conceptos que también compartimos; a los aspectos de salud pública, cuando la morbilidad y mortalidad por consumo de drogas ilícitas aumenta en forma alarmante, se suman el impacto desorganizado de los miles de millones de dólares que en todas las naciones propenden a la corrupción, a la violencia y la desmoralización, que evidentemente nos daña a todos.

 

El peligro se ubica además en otros campos de la vida social, facilitando  el tráfico de armas de fuego, subversión, terrorismo internacional y otras actividades criminales organizadas.

 

En esta medida aparecen en el escenario preocupaciones de orden político, económico y social, lo que apoya que la legislación antidrogas y antiterrorista, debe actualizarse e internacionalizarse, identificando a estos delitos como de lesa humanidad.

 

Se puede concluir que como fundamento de la consideración internacional, es insoslayable que la producción, el tráfico y el consumo de drogas son una causa evidente de desestabilización política, social y económica.

 

Hay discursos contrarios a esta forma de pensar que según afirman se contraponen al que denominan despectivamente el discurso oficial –que es el adoptado por la mayoría de los gobiernos del mundo y de los actores políticos dominantes y el característico de las convenciones internacionales sobre la materia.

 

Según los detratores ese discurso oficial promueve una política criminal de derecho penal máximo y de “guerra contra las drogas” con sus tácticas penales, políticas y militares, que rechazan.

 

El segundo discurso, la propuesta del derecho penal mínimo, afirma que el uso excesivo del derecho penal en materia de drogas ha producido efectos nocivos para la sociedad, la democracia y el estado de derecho.  De esta forma promueve una política criminal de derecho penal mínimo, para reducir algunos aspectos problemáticos, como el manejo de la represión estatal y los parámetros de violencia y corrupción.

 

El tercer discurso, la propuesta discriminalizadora –hace énfasis en el elemento social como factor de desarrollo del Estado y a diferencia de los anteriores plantea la cuestión de las drogas en términos de factores sociales negativos relacionados directamente con la utilización de la herramienta penal y represiva.

 

De esta manera, propone despenalizar el fenómeno de las drogas como el mecanismo más eficaz (dicen) para eliminar los costos sociales ajenos a ella y propios de su prohibición (violencia, corrupción, terrorismo) para desplazar la búsqueda de la solución al terreno de la investigación de los problemas estructurales en cada sociedad.

 

Según siguen afirmando, muchos de los fundamentos que sostienen el discurso oficial, tales como la problemática de la adicción, la peligrosidad del consumo, la teoría de la escalada que se desataría con la demanda de estupefacientes, son hoy día revaluadas, en buena parte, o en el mejor de los casos, sometidas a una fuerte crítica por parte de los expertos en la materia.

 

Alexander Shulgin es un químico estadounidense, que algunos han bautizado como el Calvin Klein de las drogas de diseño.  Ha inventado más de 150 sustancias y para colmo de males, además ha publicado dos libros sobre el tema: Pihkal (1991) y Tihkal (1995) donde argumenta sobre los efectos positivos del uso “responsable” de los sicolépticos.  En los 80 se hizo famoso por reinventar la sustancia MDMA (“éxtasis”) que había sido sintetizada por un laboratorio en 1910, descartando cualquier aplicación terapéutica.

 

El discurso de despenalización, materializado y ampliamente publicitado en las III Jornadas sobre enteógenos (sustancias sicoactivas) organizado por el Instituto de Prospectiva Antropológica de la Universidad de Barcelona, donde Shulgin fue la “estrella” se completó con el análisis jurídico donde se refiere  la falta de coherencia en la estratetegia adoptada por el “discurso oficial” su ausencia de alternativas, desconociendo en su momento principios básicos tales como los referentes a la necesidad de la plena identificación del bien jurídico a tutela, la claridad sobre la nocividad y la peligrosidad de las conductas a sancionar y el uso del sistema penal como mecanismo de “control e intimidación” ante la inexistencia de opciones político-sociales –para el manejo del problema (sic).

 

La política criminal propugnada –continuan- resulta así contradictoria desde sus inicios, es errática en su desarrollo y es dudosa en sus efectos sociales.  Preguntan entonces ¿en qué momento hay que “considerar solucionado” el problema de la droga? y cual es la dosis  de represión “necesaria” para alcanzar esa meta?  Como en realidad el interrogante no tiene respuesta clara, pues en la medida en que sea imposible fijar un objetivo preciso, también es imposible e improbable determinar cuando se resolverá satisfactoriamente el problema del tráfico de drogas y cuanta sería la represión necesaria –según los mismos siempre más, por un proceso que auto alimenta permanentemente.

 

Holanda cuenta desde 1976 con una política pública de tolerancia con las drogas blandas.  Despenalizó su consumo y aunque las drogas denominadas duras (heroína, cocaína, éxtasis, etc) continúan siendo ilegales, casi 25 años después, se ha transformado en el sitio de peregrinación de todos los adictos de Europa  -con la posibilidad manifiesta de acceder a cualquier tipo de droga.

 

Las cifras allí indican que éxtasis –es el sicodélico más popular y es después de la cocaína –la droga de más consumo entre la juventud.  Los estudios realizados sobre el perfil del consumo, presentan a un joven, edad promedio 20 años, con nivel educativo medio, el consumo es colectivo –grupal y se mezcla con otras sustancias, alcohol, tabaco, cocaína, lo que hemos denominado “la dialéctica de la destrucción”, se materializa en esos numerosos coffee shops de Amsterdam donde los jóvenes pueden concurrir a consumir drogas blandas y sobre todo duras bajo la cínica complicidad de la despenalización.

 

Como no pueden faltar a la cita y a título anecdótico –finalizamos mencionando que hay ONGs que protestan contra el “discurso oficial” alegando una violación a los DD.HH., ya que no se protege la libertad del consumidor de drogas.

 

No hay ninguna duda que los principios democráticos, los derechos humanos y las políticas internacionales de control de drogas se complementan mutuamente.  Cada vez que se cultivan o producen en volumen, drogas, elementos criminales poderosos, corrompen, el predominio de la ley.  En consecuencia, el fortalecimiento de la democracia es parte integral del control internacional de drogas.

 

La reducción de la demanda debe ser un componente clave de las políticas que pretenden enfrentar el problema de la droga.  La demanda sigue siendo una poderosa fuerza que impulsa la producción y el tráfico.  Cada país de la comunidad global tiene la responsabilidad de abordar el tema de la demanda y disminuir este incentivo –ello implica programas integrales que tiendan a su objetivo y aplicación de la ley.

 

Los programas nacionales de reducción de la demanda deben tener en cuenta las condiciones culturales, sociales y económicas de los grupos de población a los que se dirigen, pues resulta evidente que el perfil de abuso de drogas es diferente en distintas zonas geográficas del continente.

 

El tratamiento y la rehabilitación que se debe proporcionar a los consumidores configuran todo un desafío pleno de interrogantes en cuanto a resultados sanitarios y costos.

 

Educar a los jóvenes y  adultos a rechazar los drogas ilegales así como el alcohol y el tabaco, propicia aumentar la seguridad ciudadana, reduciendo sustancialmente la criminalidad y la violencia relacionada con las drogas.  La efectividad de esa tarea también redunda en el abatimiento de los costos sociales y de salud que propicia el consumo ilegal de drogas.

 

COOPERACION MULTILATERAL PARA EL CONTROL DE DROGAS

 

La creciente tendencia hacia una mayor cooperación en el hemisferio esta creando oportunidades regionales de control de drogas, sin precedentes.

 

Las instituciones y muchos de los mecanismos que se necesitan para mantener una cooperación eficaz están instituidos o en vías de establecimiento.

 

La Cumbre de las Américas celebrada en Miami en 1996, contó con 34 países democráticos que firmaron un programa de acción que está siendo ejecutado.  La Comisión Interamericana de Control del Abuso de Drogas (CICAD) elaboró como hemos comentado, una legislación modelo contra el lavado de dinero y el desvío de productos químicos, así como un sistema de recopilación de datos para estadísticas sobre oferta-demanda.

 

Todos los países de la Cumbre han ratificado o accedido ahora a la Convención de Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Drogas        Narcóticas y Sustancias Sicotrópicas de 1988.

 

La cooperación internacional, el intercambio de información, la puesta en práctica de legislaciones “agiornadas”, el compromiso real de una tarea permanente y sin claudicaciones, ha de brindarnos las mejores posibilidades.

 

La clave para reducir el abuso de drogas es la prevención unida al tratamiento –esto es un reto continuo que no admite pausas y constituye una enorme tarea de largo plazo. 

 

Nuestro hemisferio ha comenzado a transitar por buen camino y con buen paso.


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